Mi hijo me mira, muy serio, y me dice: "ya estás viejito". Señala las nieves del tiempo que platean mis sienes y mueve la cabeza, escéptico. Desde la impunidad de sus siete años me pone la mano en el hombro, condescendiente, y me espeta: "siempre te voy a querer". Desarmado, me disciplino y termino armando barcos con Rasti hasta las tres de la mañana, disputando reñidísimas partidas al Jumanji y sobreviendo entre una horda de salvajes que aclaman cada vez que Thor alza el martillo en "Los Vengadores".
Disfrutá las pequeñas cosas de la vida, me digo una y otra vez. Perseguí esos ratitos de felicidad y guardalos en algún rincón inaccesible para el resto de los mortales. Si esos mecanismos no se mantienen aceitados nos cocinamos en el horno de los espantos cotidianos.
¿Qué le pasó a esa chiquita?, me pregunta mi hijo, muy serio, con el dedo sobre la foto de Mercedes Figueroa. Intento explicar lo inexplicable. ¿Por qué?, inquiere. Y ahí ya no hay justificación que valga. Se conmueve. Sigue interrogando con la mirada.
Más tarde lo veo dormido y ensayo esas cosas que hacemos los padres. Una proyección. ¿Cómo será dentro de 20 años? ¿Qué clase de sociedad integrará? Ese instante, el de la plena certeza de que nuestras redes de protección ya se habrán extinguido, es el más complicado. Disfrutá de las pequeñas cosas de la vida, me repito.







