En un cañaveral

Luis María Ruiz
Por Luis María Ruiz 30 Abril 2012
Noche fría y cerrada, angosto sendero de tierra bordeado por cañaverales. Eterno parece el trayecto, porque el vino hace que nada sea lo que aparenta. Roberto y Miguel, tras largas partidas de billar en el club del pueblo, ya van soñando con sus aposentos, llevando los bolsillos vacíos y un hedor del que no se dan por enterados.

Esto pasó cuando iban por la mitad del camino. Se veía sólo la luz de la galería de la casa de Roberto, detrás de los eucaliptos, pero todavía faltaban más de 300 metros para llegar. Iban callados.

Ni el viento los acompañaba; a la madrugada, el silencio del campo les transmite seguridad a quienes saben entenderlo.

En eso, las cañas empezaron a crujir. Serán las pisadas de algún perro, pensaron ellos. Pero se sobresaltaron cuando escucharon el llanto. Era una mujer. Balbuceos y quejidos ahogados que los petrificaron. De golpe, la criatura apareció en el medio del sendero y dio un grito, mitad animal, mitad humano. En efecto, eso era. Las pezuñas clavadas en el piso; los pelos duros en las fornidas ancas como de mula. De la cintura hacia arriba, el torso desnudo de una vieja que ya no tenía edad. La cara desencajada; los brazos agitándose; y las uñas filosas que se acercaban como machetes hacia donde ellos estaban parados.

Miguel reaccionó primero. Sacó la sevillana del bolsillo y apretó con fuerza el botón del mango. No fuera a ser que la hoja se quedara trabada. Roberto tardó un poco más. Pero el movimiento de su amigo lo avispó; bajó la mirada y, para su suerte, encontró una piedra más que conveniente para la ocasión.

Cuando hablé con ellos no recordaban más que algunos momentos puntuales de la escena. Miguel dijo que sintió cómo el arañazo abría un surco ardiente en su muslo derecho. Y que la sevillana atravesó el cuello de la vieja como si fuera un queso. Roberto contó que aprovechó la ocasión para estrellarle la piedra en la cabeza a la criatura.

Describieron cómo cayó, cómo siguieron atacándola hasta que pensaron que le habían dado muerte. Y corrieron, dijeron, rezándole a Dios para que aquello no se levantara.

Salió el sol. Ellos no habían dormido. Roberto tenía la pierna envuelta por un trozo de sábana (su mujer se había levantado para hacerle las curaciones, sin hacer preguntas ni cuestionamientos). Él fue quien propuso volver a buscar la criatura. Miguel tenía miedo, aunque se dejó convencer.

Pero eso que creían haber matado ya no estaba. En la tierra sólo había un reguero de sangre ennegrecida que llevaba hacia los cañaverales. Me dijeron que prefirieron no seguir el rastro. Ni volver a cruzar ese camino otra vez en la vida. Eso contaron Roberto y Miguel.

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