La maldición de un naufragio

Por Roberto Espinosa 14 Abril 2012
El cimbronazo les hizo tartamudear el corazón. Instintivamente, él la atrajo hacia su pecho. Un olor fétido los envolvió. El segundo impacto hizo pestañear las luces y una ola ingresó violentamente al cuarto. Un horizonte de gritos los estremeció. Shahriyar levantó en brazos a Scheherezade para que no se mojara. El ruido se volvió insoportable. El piso se movía. Salieron. La desesperación chapoteaba en la cara de mujeres y hombres: "¡Chocamos!" "¡Dónde está el capitán!" La hediondez era una enredadera en la noche. La tempestad se apoderó de la confusión.
El rey y la doncella hicieron equilibrio entre los objetos que caían y se hacían añicos, entre los empellones de la gente. Las luces se apagaron. El clamor cundió. La nave se zamarreó como si estuviesen tamizando desdicha. Un hombre intentaba treparse al mástil. "¡Preparen los botes! ¡A ponerse los salvavidas!", aulló un oficial en medio de la oscuridad. La lluvia era ahora un azote. Las nubes se deshacían en pestilencia. La pareja se trepó a unos aparejos quebrados. Las voces golpeaban el viento: "¡Chocamos! ¡Nos hundimos!" "Contra qué chocamos? ¿Moby Dick resucitó?" El hombre corpulento hizo pie en el mástil y vociferó: "¡Alguien me metió palos en la rueda! ¡Seguro que es un autoconvocado de la salud o un jubilado! ¡Son los disconformes de siempre! ¡No hay botes para todos! ¡Luego volveremos a rescatar a los que queden!" Un seguidor lo interrumpió: "¡Vos tenés que ser el primero en salvarte, jefecito, tu familia... tus amigos... después los demás... Dios y la patria...!" Una anciana indignada lo interpeló: "¡Primero los changuitos y los viejos...!" Otro fanático la acalló: "Hay que darles oportunidad a los gobernantes. ¿Qué harían ustedes sin él? ¡Acábenla con esa máquina de impedir! ¡Déjenlo entrar en la historia, pobrecito!" Un viejo le pegó un bastonazo: "¡Insolente! Es cierto que estamos en la última etapa de la vida, pero queremos terminarla con justicia, ¡páguennos el 82% móvil! ¡No nos dejen morir en la indignidad con una jubilación mínima de $1.687!" Estribor se convirtió en un caos. Llantos y alaridos se enloquecieron. Se escuchó un gruñido terrorífico, que parecía provenir de un monstruo acechante. Al Rachid y su cortejo se perdieron rápidamente en la oscuridad, mientras la nave seguía sumergiéndose en las aguas pestilentes. Un silencio insondable los envolvió. Se acercaron a un anciano que repetía: "Es la maldición del... tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. Miren..." Bagres, bogas, ramas de algarrobo, sábalos, tarariras, mojarras, flotaban sin vida. El oleaje comenzó a devolver objetos varios, butacas inteligentes, el brazo y la cabeza de una estatua con una placa que decía: "Al Rachid, fuente de toda razón, justicia y riqueza"; bolsones, carteles con las leyendas "El nepotismo al poder", "Sí, a la obsecuencia militante", retazos de pulmones verdes, cocheras, leyes impopulares, expedientes de negociados... Scheherezade salió del mutismo: "¿Qué es esa legión de...? ¿De ojos?" - Sí, ellos son los ojos del monarca, él les paga con plata del pueblo para que vigilen, para que vean lo que él no ve y le cuenten..." - Hablaste de maldición, morador, ¿a qué os referís? ¿Cómo se llama este mar maloliente? ¿Qué significa este naufragio?", dijo Shahriyar. - No es un mar, es un dique tucusantiagueño, cuyas aguas industriales y gobernantes, que siempre se hicieron los distraídos, han envenenado..." 
La mirada de Scheherezade interrogó el rostro adusto de Shahriyar. "Lo que sale a la superficie es lo que carece de valor. La decencia, la dignidad, el amor, la justicia moran en la profundidad, no es fácil sacarlas a la luz", dijo, mientras un dorado gigante les fagocitaba las mil y sesenta y tres noches.

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