Es un mundo de cuatro patas que está rodeado de sillas. El café es la flora y los entre seis y ocho ocupantes, su fauna. Allí, inevitablemente, una o dos veces por semana los habitantes desnudan almas, abren las mentes para dar consejos, revientan las gargantas al hablar de fútbol, afilan los ojos cuando en el horizonte aparece la dueña de un físico espectacular y activan las neuronas con el fin de encontrar el chiste o la cargada justa.
Ese espacio, al aire libre por pedido de los fumadores, es al fin el único diván a cielo abierto. Durante una hora, sin importar los bocinazos o las frenadas, siempre e inevitablemente se tocan los mismos temas: fútbol, salidas, mujeres -las propias y las desconocidas-, política, laburo y comidas. Como si se tratara de un partido de ping pong, las ideas van de un lado a otro. Algunas se debaten y otras son descartadas rápidamente.
Una mesa de café, sin importar lo que digan, es un escape. Durante años los argentinos rieron o lloraron con "Polémica en el bar", el programa que mostraba las ocurrencias de un grupo de amigos. Lo tenía el incomparable Roberto Fontanarrosa en su querida Rosario ("El Cairo") y fue conocida como "la mesa de los galanes". Lo descubrió el técnico Humberto Zuccarelli cuando se desempeñó como entrenador de Atlético a fines de los 90. "Nunca antes en mi vida sentí todo esto. En esta provincia, cafetera por excelencia, descubrí lo importante que es desahogarse con los amigos", comentó el "Flaco", que sabe muy bien lo que es soportar presiones.
Sentado, con un pocillo de por medio y con buena compañía, cualquiera tiene derecho a sentirse dueño del mundo. Por una, dos y hasta tres horas, las palabras pueden transformarse en una máquina que genera sueños. Desde organizar una salida de fin de semana, pasando por una excursión de pesca y hasta un asado nocturno de urgencia.
Por eso, así como se está revalorizando el sandwich de milanesa, debería hacerse una campaña para incentivar las mesas de café. Seguramente el país y la provincia no cambiarán, pero al menos, sus habitantes tendrán una hora de tranquilidad. Y, por el ritmo de vida que llevamos, es mucho.
Ese espacio, al aire libre por pedido de los fumadores, es al fin el único diván a cielo abierto. Durante una hora, sin importar los bocinazos o las frenadas, siempre e inevitablemente se tocan los mismos temas: fútbol, salidas, mujeres -las propias y las desconocidas-, política, laburo y comidas. Como si se tratara de un partido de ping pong, las ideas van de un lado a otro. Algunas se debaten y otras son descartadas rápidamente.
Una mesa de café, sin importar lo que digan, es un escape. Durante años los argentinos rieron o lloraron con "Polémica en el bar", el programa que mostraba las ocurrencias de un grupo de amigos. Lo tenía el incomparable Roberto Fontanarrosa en su querida Rosario ("El Cairo") y fue conocida como "la mesa de los galanes". Lo descubrió el técnico Humberto Zuccarelli cuando se desempeñó como entrenador de Atlético a fines de los 90. "Nunca antes en mi vida sentí todo esto. En esta provincia, cafetera por excelencia, descubrí lo importante que es desahogarse con los amigos", comentó el "Flaco", que sabe muy bien lo que es soportar presiones.
Sentado, con un pocillo de por medio y con buena compañía, cualquiera tiene derecho a sentirse dueño del mundo. Por una, dos y hasta tres horas, las palabras pueden transformarse en una máquina que genera sueños. Desde organizar una salida de fin de semana, pasando por una excursión de pesca y hasta un asado nocturno de urgencia.
Por eso, así como se está revalorizando el sandwich de milanesa, debería hacerse una campaña para incentivar las mesas de café. Seguramente el país y la provincia no cambiarán, pero al menos, sus habitantes tendrán una hora de tranquilidad. Y, por el ritmo de vida que llevamos, es mucho.





