La lapicera, el anotador, el grabador. Listo. La ficha de la causa y los datos del imputado. Listo. Un golpe al alma. Para eso no estaba lista. Hace unos días cubrí el inicio de audiencias del quinto juicio por crímenes de lesa humanidad que se desarrolla en Tucumán. Si bien la imparcialidad -no entendida como sinónimo de insensibilidad- debería ser el corset que ciñe una cobertura, ¿cómo hacerlo cuando un corazón recuerda, grita y se desgarra delante de uno? Durante la primera audiencia, la crudeza del relato de doña Emma Aguirre -la única víctima en esta causa- había condicionado cualquier pretensión de distancia periodística. El ama de casa secuestrada y torturada pudo poner en palabras su calvario por primera vez en 35 años. Primer golpe.
A la segunda jornada, llegué una hora y media más temprano. En el hall del TOF, sólo había gendarmes. De pronto, una señora de unos sesenta y tantos entró y se sentó justo al lado mío. Había una docena de sillas más, pero eligió la de la par. "Qué calor, ¿no?", rompió el hielo sonriente. Agradable y amena, charlamos un rato de esas cosas de las que se hablan con un desconocido. Luego, me preguntó si había ido el día anterior. Cuando le contesté que sí, se lamentó porque no había podido asistir. Entonces, comencé a contarle -tratando de mantenerme en el eje periodístico- los detalles de las declaraciones más fuertes, las del imputado y las de doña Emma. Me escuchó con atención. "Él (por el acusado) allanó a mi casa", anunció y su risa se fugó. Y así, me dejó con la boca cerrada. Su hijo está desaparecido y cree que estuvo en la ESMA. Y así, tres frases suyas esfumaron mis intentos de "distancia". Nocaut. Deslizó que fue testigo de una causa y que estaba esperando para que se hiciera justicia (¡qué fuerte sonó esta palabra en su boca!). No era (en este caso) protagonista; sin embargo puso en la realidad un relato. Ella (una hija, una hermana, una madre o una abuela) podría ser la vecina de la otra cuadra, la profesora de su hijo o la señora que le vende cospeles. Quería abrazarla, agradecerle por seguir, decirle que todo estará bien. No lo hice. Pero la maldita objetividad que alguien alguna vez quiso endilgarnos, quedó en el fondo del bolsillo, guardada, donde debía estar. Ella me acercó (y me liberó).
A la segunda jornada, llegué una hora y media más temprano. En el hall del TOF, sólo había gendarmes. De pronto, una señora de unos sesenta y tantos entró y se sentó justo al lado mío. Había una docena de sillas más, pero eligió la de la par. "Qué calor, ¿no?", rompió el hielo sonriente. Agradable y amena, charlamos un rato de esas cosas de las que se hablan con un desconocido. Luego, me preguntó si había ido el día anterior. Cuando le contesté que sí, se lamentó porque no había podido asistir. Entonces, comencé a contarle -tratando de mantenerme en el eje periodístico- los detalles de las declaraciones más fuertes, las del imputado y las de doña Emma. Me escuchó con atención. "Él (por el acusado) allanó a mi casa", anunció y su risa se fugó. Y así, me dejó con la boca cerrada. Su hijo está desaparecido y cree que estuvo en la ESMA. Y así, tres frases suyas esfumaron mis intentos de "distancia". Nocaut. Deslizó que fue testigo de una causa y que estaba esperando para que se hiciera justicia (¡qué fuerte sonó esta palabra en su boca!). No era (en este caso) protagonista; sin embargo puso en la realidad un relato. Ella (una hija, una hermana, una madre o una abuela) podría ser la vecina de la otra cuadra, la profesora de su hijo o la señora que le vende cospeles. Quería abrazarla, agradecerle por seguir, decirle que todo estará bien. No lo hice. Pero la maldita objetividad que alguien alguna vez quiso endilgarnos, quedó en el fondo del bolsillo, guardada, donde debía estar. Ella me acercó (y me liberó).





