03 Marzo 2012 Seguir en 
Los papás de Nino estaban separados; sus hermanos, casados y ocupados en sus respectivas familias. Él vivía en la digna y pobre casa de su mamá y su historia era, hasta ahí, igual a muchas otras. Pero algo la distinguía y enriquecía: la disminución intelectual con la que había nacido.
Nino terminó la escuela diferencial en la que había aprendido a leer y a escribir hace 12 años. Al poco tiempo se acomodó con agilidad a las tareas de la cocina de la ONG Cooperadora de Talleres Protegidos (Cotapro). Desde hace 26 años esta institución capacita a personas mayores de 16 años con discapacidades mentales. Hasta ahí, su vida dentro de la institución era bastante parecida a la del resto de los operarios.
Pero en 2004 se produjo un cambio: el Gobierno le pidió a la ONG que seleccionara a dos operarios para que fueran a trabajar en la cocina de la Casa de Gobierno. Nino, que resultó ser uno de los elegidos, se vistió de mozo y empezó a caminar los pasillos con la bandeja a cuestas.
Pasaron ocho años y él sigue viviendo con su mamá. Pero hay una diferencia: ella ya no puede trabajar debido a problemas cardíacos y es él quien sostiene el hogar. De hecho, hizo remodelar la vivienda y construir un nuevo baño ¿Sorprende? Tal vez un poco, pero no debería: Nino forma parte del grupo de nueve operarios de Cotapro que ya se insertaron en el mercado laboral (tres están en Casa de Gobierno; dos, en un supermercado; otro, en la Dirección de Transporte; el séptimo, en la Secretaría de Trabajo; el octavo, en una pizzería; y la última, en una empresa láctea).
Nino y sus ocho ex compañeros de los talleres prueban que las historias de las personas con capacidades mentales diferentes pueden ser muy parecidas a las del resto. De hecho, la discapacidad las enriquece, porque les permite demostrarnos que todo se puede.
Nino terminó la escuela diferencial en la que había aprendido a leer y a escribir hace 12 años. Al poco tiempo se acomodó con agilidad a las tareas de la cocina de la ONG Cooperadora de Talleres Protegidos (Cotapro). Desde hace 26 años esta institución capacita a personas mayores de 16 años con discapacidades mentales. Hasta ahí, su vida dentro de la institución era bastante parecida a la del resto de los operarios.
Pero en 2004 se produjo un cambio: el Gobierno le pidió a la ONG que seleccionara a dos operarios para que fueran a trabajar en la cocina de la Casa de Gobierno. Nino, que resultó ser uno de los elegidos, se vistió de mozo y empezó a caminar los pasillos con la bandeja a cuestas.
Pasaron ocho años y él sigue viviendo con su mamá. Pero hay una diferencia: ella ya no puede trabajar debido a problemas cardíacos y es él quien sostiene el hogar. De hecho, hizo remodelar la vivienda y construir un nuevo baño ¿Sorprende? Tal vez un poco, pero no debería: Nino forma parte del grupo de nueve operarios de Cotapro que ya se insertaron en el mercado laboral (tres están en Casa de Gobierno; dos, en un supermercado; otro, en la Dirección de Transporte; el séptimo, en la Secretaría de Trabajo; el octavo, en una pizzería; y la última, en una empresa láctea).
Nino y sus ocho ex compañeros de los talleres prueban que las historias de las personas con capacidades mentales diferentes pueden ser muy parecidas a las del resto. De hecho, la discapacidad las enriquece, porque les permite demostrarnos que todo se puede.





