La ecuación única

Por Gustavo Martinelli 02 Marzo 2012
A estas alturas ya deberíamos haber asumido que Tucumán es una provincia de contrastes marcados. Que nada aquí es blanco o negro sino que hay sobre todo grises. Y que son justamente esos grises lo que nos definen. Grises que trastocan la realidad hasta niveles inconcebibles y que convierten a esta tierra de logros gloriosos en una eterna letanía. Basta salir a la calle para comprobar cómo el respeto mutuo y los buenos modales han sido cambiados por insultos, malos tratos y comportamientos propios de una sociedad que ha perdido el rumbo. En lugar de educar para el trabajo, se premia la pereza sin siquiera advertir que el futuro no se construye sin sacrificio. Que trabajo arduo y sacrificio son dos de las virtudes que nos legaron los padres de la patria y que más tarde supieron cultivar nuestros abuelos. En Tucumán, por ejemplo, más de 400.000 personas viven de algún tipo de subsidio, lo cual atenta contra todo tipo de progreso social. Al mismo tiempo, se prioriza el consumo y se descarta el ahorro; se justifica todo tipo de excesos en nombre de las libertades individuales y hasta se les dice a los que menos tienen que es mejor humillarse y estirar las manos hacia un Estado generoso en subsidios que capacitarse para dejar de ser esclavos. En este colmo de la subversión, hay personas que crecieron sin ver trabajar a sus padres. Y, por reflejo, asumen que la vida puede ser vivida sólo a través de la dádiva y los subsidios. ¿De qué otra manera se entiende entonces que mujeres sanas, en plena edad productiva y, en muchos casos, con planes sociales, se instalen en la puerta de los bancos a mendigar unas monedas para sus hijos en brazos? El sociólogo español Mariano Fernández Enguita, catedrático de la Universidad de Salamanca, asegura por el contrario que una sociedad no puede vivir del aire, ni del maná, sino del trabajo y del ahorro. Pero también advierte que la cultura del esfuerzo y de las buenas costumbres no debería ser algo impuesto a través de exámenes en los claustros. Muy por el contrario. Debería transmitirse en forma espontánea a través del ejemplo: primero en la familia, después en la escuela y finalmente en la comunidad.

Tal vez el desafío de la sociedad actual sea entonces volver a las fuentes; a las viejas y sanas costumbres de nuestros abuelos. No para ratificar que "todo tiempo pasado fue mejor", sino para recuperar aquella mística que hizo grande a la provincia. Recuperar, por ejemplo, el buen trato al pasajero en el taxi y al chofer que no siempre saluda, al turista que busca orientación y que no siempre la encuentra, al cliente que pregunta y que muchas veces no compra, al alumno que no entiende de entrada un planteo o al profesor que no es claro al exponer un tema. Recuperar la idea de que el trabajo dignifica y que la limosna agrede; que la ociosidad no es una virtud como lo plantea la televisión, sino una deshonra, y que la tan promocionada distribución de la riqueza siempre implica, en la Argentina, la explotación del sector social más desprotegido. Recuperar, en definitiva, el orgullo de ser personas bien nacidas que supieron entender y capitalizar el esfuerzo de nuestros abuelos. Eso es en realidad lo que nos da alas.

Leonardo Da Vinci se propuso volar como los pájaros y le resultó imposible. Verne solo pudo imaginar el Nautilus pero no construirlo. Y Miguel Angel sólo pudo capturar una parte de la esencia divina en sus frescos de la Capilla Sixtina. Pero la búsqueda de la perfección a través de la superación personal siempre fue y será una constante en el hombre. Es esa dimensión la que debemos rescatar a toda costa. Y ese rescate empieza en el seno de la familia, prosigue en la escuela y se completa en la calle. No hay otra ecuación.

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