Peatones desamparados y motociclistas sin casco

01 Marzo 2012
En Tucumán, el conductor de vehículos -sean ellos de dos o de cuatro ruedas- se caracteriza por la tenacidad con que se complace en infringir las normas de regulan el tránsito, a pesar de que las conoce perfectamente. Con la única excepción del toque de bocina, generalmente pasa alegremente por encima de todas las demás.

A esto lo puede comprobar cualquiera que se detenga, por un momento, a observar lo que ocurre en las calles, avenidas o rutas. Esa es la razón por la cual, periódicamente, nuestras columnas de opinión o las cartas de lectores deben tocar críticamente el tema.

Nos interesa hoy subrayar únicamente, elegidas entre la maraña de infracciones cotidianas, dos que pertenecen al grupo donde está implicada claramente la seguridad de las personas, lo que las reviste de un carácter especialmente grave.

Unas de ellas es la ignorancia respecto de la prioridad del peatón, que está consagrada desde tiempo inmemorial en cualquier ordenanza de tránsito. En nuestra ciudad, constituye letra muerta esto que se respeta en cualquier ciudad argentina, empezando por la Capital Federal. Quien atraviesa una esquina confiando en aquella teórica prioridad, se arriesga a ser embestido por el automotor que en ese momento gira. Y si éste se detiene, su conductor lo entiende como un favor, generalmente lanzando insultos al transeúnte.

Es decir, estamos ante un caso bastante similar al de ignorar las luces del tránsito. Quien avanza con la luz verde, parte de la base de que, en la otra calle, los conductores se han detenido. Y de igual modo, quien cruza convencido de su prioridad, descuenta que el conductor habrá de respetarla. Apuntemos que jamás se ve que un agente de tránsito haga sonar el silbato y levante el acta de infracción al transgresor.

El segundo caso es el del casco de los motociclistas. Sabemos que la ordenanza rige, y en algún momento -sólo por un momento- se establecieron controles rigurosos. Pero la realidad es que hay un muy elevado porcentaje de conductores de motocicletas que circulan con la cabeza descubierta. Eso sí, la mayoría lleva colgado el casco en el manubrio, como para advertir que conoce la existencia de la norma, aunque no la obedezca. Recuerda a esos funcionarios del Cabildo colonial que, cuando llegaba una cédula del rey que contrariaba sus hábitos, hacían una reverencia ante el papel y lo besaban, pero aclaraban al pie: "se acata pero no se cumple".

No se necesita decir que el casco no es un capricho municipal, sino que es lo único que puede salvar la vida al motociclista en caso de accidentes. Ya se sabe que los percances en estos vehículos suelen ser mortales, precisamente por los golpes en la cabeza del conductor.

Pareciera que urge construir una nueva disciplina del ciudadano: el asentamiento de una conciencia que se ubique en la región sutil de la conducta diaria. Hay que ser optimistas y pensar que eso ocurrirá algún día, cuando la mentalidad de la actual población de transgresores evolucione hasta otro estadio.

Pero, entretanto, hay un modo de crear esa conciencia, y no es otro que aplicar el máximo rigor para exigir el cumplimiento de la ordenanza, es decir, la sanción rigurosa de todo aquel que la infrinja, sin excepción alguna y en todos los casos. Está implicada en ese punto la seguridad de las personas, nada menos.

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