Adiós "compromissum"

Por Gustavo Martinelli 29 Febrero 2012
Hay muchas maneras de entender el compromiso, pero sólo una de ejercerlo. Esa única manera tiene que ver más con cumplir la palabra empeñada que con lanzar promesas al viento. Porque el compromiso es hermano de la honestidad. Compromiso es, por ejemplo, el que tuvo Belgrano, que con sus rebeldías efectivas (y no anunciadas) consiguió motorizar nada menos que la Independencia argentina. O el que ejercitó San Martín, que dio todo sin pedir nada a cambio. También es un ejemplo de compromiso el que tuvo esa generación de tucumanos ilustres que iluminó el centenario con leyes, emprendimientos y mejoras sociales que hoy gozamos todos sin detenernos a pensar siquiera en lo que costó conseguirlas. Compromiso es el que tienen hoy muchos tucumanos anónimos que trabajan dignamente para mejorar el azaroso destino de nuestra sociedad. Personas que, sin embargo, son cacheteadas por una clase dirigente que no tiene escrúpulos a la hora de aprobar aumentos en sus propios sueldos, cuando el del resto de los mortales sigue congelado. Para una gran porción de esta clase dirigente el compromiso es individual, no colectivo. No importa lo que juraron ante la Biblia. Lo que importa es aparentar lo que nunca se podrá ser. Hoy el pueblo vive de las promesas, y los dirigentes, del agua que llevan a su propio molino. Ayer, la entrada al nuevo edificio de la Legislatura parecía la pasarela del teatro Kodak, donde el domingo se entregaron los Oscar. Un derroche de lujo y ostentación esperaba en este Olimpo a un vicepresidente cuestionado que nunca llegó y a sus acólitos tucumanos en un acto que criticó hasta el último lector. Mientras, a pocas cuadras, los docentes peleaban para cerrar un acuerdo que les permita resarcir su dignidad. Lo consiguieron, pero a un costo mayúsculo. Una vez más, el compromiso -esa esquiva palabra derivada del latín "compromissum" y que significa palabra dada- estuvo ausente. Tan ausente como la esperanza de un cambio genuino.

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