Impunidad

Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 19 Febrero 2012
Impunidad viene del latín, como la gran mayoría de las palabras que estructuran nuestro bellísimo idioma. Impunitas, impunitatis, equivalen a desenfreno, exceso que no recibe freno o castigo alguno. Está en la vereda del frente del verbo punire (castigo, condena en juicio). El impune es aquel que zafa del castigo, de la condena. El que gambetea la aplicación de la ley -con todas las garantías constitucionales- porque está amparado por fuerzas que le aseguran la impunitatis.

El reino de la impunidad es la condena de la república y sólo puede ampararse en el desequilibrio de los poderes. Si hay condicionamientos a la hora de punire se desmorona el sistema que nos sostiene. No hay Montesquieu que valga, porque saltamos de "El espíritu de las leyes" a "Cambalache" y terminamos en un mismo lodo todos manoseaos.

El politólogo Jahir Dabroy destaca que la impunidad genera un encadenamiento de componentes que tornan ilegítima la democracia: personas que transgreden, instituciones que no hacen cumplir la ley y entes de seguridad que sopesan su actuación en función de que el delito no será castigado. "Todo esto nutre al sistema político, al sistema de partidos, al sistema electoral y peor aún, al sistema de justicia y seguridad", resume.

Los anticuerpos a la impunitatis viven en el tejido social. En la reacción de esa sociedad radica la preservación del espíritu de la ley. De lo contrario, Tucumán seguirá siendo el jardín de los impunes.

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