Un aventurero que emigró a Madrid y encontró su hogar en la fotografía
Se fue con su familia luego de 2001, cuando era un adolescente. Sintió que era el fin del mundo. En estos diez años que pasaron, la fotografía se convirtió en su refugio. Detrás del lente descubrió paisajes y personas inolvidables. El espíritu de un nómade.
27 Enero 2012 Seguir en 
... Y un día te das cuenta de que el hogar puede ser cualquier lugar en este mundo. Puede ser Madrid y un bar donde tocan folclore tucumano todos los miércoles por la noche. Puede esconderse detrás del lente de una cámara, ser las caricias de una madrileña y hasta por unas semanas encontrarlo en una vieja ambulancia rumbo a Mongolia.
La condición de hogar cambió radicalmente el día que Roberto Aráoz dejó Tucumán y pisó España para radicarse con su familia. A miles de kilómetros de sus amigos y familiares, pero cerca de la milanesa con papas fritas de su "vieja" ("por las que muero", jura).
Hoy, casi 10 años después, eso que al principio le parecía el fin del mundo se fue transformando en un hogar. "Los años y la distancia te demuestran que el hogar no es un espacio fijo predeterminado por nuestro lugar de nacimiento", comenta.
No lo dice, pero quizás la fotografía le sirvió para testear esa realidad de inmigrante a la que se enfrentaba. A los 25 años se transformó en todo un profesional y sus trabajos se publicaron en varias revistas españolas. "Esta es una de esas profesiones que te definen, no es que sea una parte más de tu personalidad, sino que es la columna vertebral de tu ser, con todo lo que ello implica, claro", explica.
Música y fotografía hacen buena pareja, así que él decidió unirlas y convertirse en fotógrafo de bandas y filmar videoclips (algunos ya circulan por YouTube). "La fotografía de directos es maravillosa, te hace sentir un recital de una manera totalmente diferente. He tenido la suerte de poder fotografiar a bandas que me encantan y de bastante éxito a nivel nacional e internacional como Vetusta Morla, Bebel Gilberto, Mando Diao, Miguel Ríos, entre muchos otros, pero son muchísimos más los que quedan por fotografiar. No pararía nunca", cuenta. Si bien estudió en la Universidad, se reconoce "descaradamente fan de la metodología autodidacta".
A Mongolia
Y si de buscar otros hogares se trata, entonces "Chopi" (el apodo que conserva desde antes de saltar el charco) siempre anda metido en proyectos que puedan llevarlo a rumbear hacia otras geografías. Sin dudas lo que nunca olvidará será su loca expedición a Mongolia, que retumbó en el resto de España. Lo describe como algo "quijotesco", de esas cosas que si las pensás dos veces no las hacés.
"Con tres amigos formamos un equipo ("El Equipo A Mongolia") y conseguimos que el Ayuntamiento de Majadahonda (localidad de Madrid) nos donase una ambulancia que tenían en desuso", relata. A esa ambulancia la llenaron con medicamentos, ropa y alimentos que les donaron. Con todo eso debían recorrer los 18.000 kilómetros hasta Mongolia. En el camino regalaron un poco de esas donaciones a gente que lo necesitaba. Una vez en Ulan Bator, capital de Mongolia, entregaron la ambulancia. ¿Y la vuelta? A dedo con un cartel muy sugerente: "Home".
Atravesaron 18 países, entre ellos, Uzbekistán, Turkmenistán, Kazakhstán, Rusia y Mongolia. "Nos patrocinaron entidades bastante importantes como la Fundación Atlético de Madrid, que nos regaló muchísimo material deportivo para los niños". Gran parte de los donativos los entregaron a Christina Noble?s Children Foundation, que lleva a cabo proyectos de inserción social para niños con problemas familiares a lo largo y ancho de Mongolia.
Los peligros no estuvieron ausentes porque en el trayecto los asaltaron kazajos borrachos a punta de pistola y en la frontera Uzbeka los detuvieron un día entero para sacarles dinero. "Caminamos una noche por el desierto y se nos reventó el radiador en medio del desierto del Gobi. Cuando llegamos a Ulan Bator éramos ocho, en vez de cuatro, porque en el camino levantamos a dos españoles, un francés y una americana cuyos coches habían muerto en medio de las arenas", recuerda.
Llegaron a dormir en yurtas mongolas con toda una familia que los acogió en las heladas noches. "Experiencias que sólo pueden pasar en situaciones extremas como las que vivíamos cada día".
En estos años no ha perdido el tiempo: ha trabajado en la cobertura de un encuentro entre mujeres de España y África, recorrió Europa de punta a punta, tuvo un programa de radio, apareció en la tele y algún que otro periódico y conoció a viejas glorias de la movida madrileña de los 80, que se han convertido en grandes amigos.
Lo que un día pareció diluirse, se fue armando (al igual que para miles de otros argentinos) en esa patria lejana, pero llena de colores que lo acercan a Tucumán. Un poco de Madrid, un poco de folclore, buenos amigos, el amor, la fotografía y las milanesas fueron componiendo un espacio muy parecido a un hogar.
La condición de hogar cambió radicalmente el día que Roberto Aráoz dejó Tucumán y pisó España para radicarse con su familia. A miles de kilómetros de sus amigos y familiares, pero cerca de la milanesa con papas fritas de su "vieja" ("por las que muero", jura).
Hoy, casi 10 años después, eso que al principio le parecía el fin del mundo se fue transformando en un hogar. "Los años y la distancia te demuestran que el hogar no es un espacio fijo predeterminado por nuestro lugar de nacimiento", comenta.
No lo dice, pero quizás la fotografía le sirvió para testear esa realidad de inmigrante a la que se enfrentaba. A los 25 años se transformó en todo un profesional y sus trabajos se publicaron en varias revistas españolas. "Esta es una de esas profesiones que te definen, no es que sea una parte más de tu personalidad, sino que es la columna vertebral de tu ser, con todo lo que ello implica, claro", explica.
Música y fotografía hacen buena pareja, así que él decidió unirlas y convertirse en fotógrafo de bandas y filmar videoclips (algunos ya circulan por YouTube). "La fotografía de directos es maravillosa, te hace sentir un recital de una manera totalmente diferente. He tenido la suerte de poder fotografiar a bandas que me encantan y de bastante éxito a nivel nacional e internacional como Vetusta Morla, Bebel Gilberto, Mando Diao, Miguel Ríos, entre muchos otros, pero son muchísimos más los que quedan por fotografiar. No pararía nunca", cuenta. Si bien estudió en la Universidad, se reconoce "descaradamente fan de la metodología autodidacta".
A Mongolia
Y si de buscar otros hogares se trata, entonces "Chopi" (el apodo que conserva desde antes de saltar el charco) siempre anda metido en proyectos que puedan llevarlo a rumbear hacia otras geografías. Sin dudas lo que nunca olvidará será su loca expedición a Mongolia, que retumbó en el resto de España. Lo describe como algo "quijotesco", de esas cosas que si las pensás dos veces no las hacés.
"Con tres amigos formamos un equipo ("El Equipo A Mongolia") y conseguimos que el Ayuntamiento de Majadahonda (localidad de Madrid) nos donase una ambulancia que tenían en desuso", relata. A esa ambulancia la llenaron con medicamentos, ropa y alimentos que les donaron. Con todo eso debían recorrer los 18.000 kilómetros hasta Mongolia. En el camino regalaron un poco de esas donaciones a gente que lo necesitaba. Una vez en Ulan Bator, capital de Mongolia, entregaron la ambulancia. ¿Y la vuelta? A dedo con un cartel muy sugerente: "Home".
Atravesaron 18 países, entre ellos, Uzbekistán, Turkmenistán, Kazakhstán, Rusia y Mongolia. "Nos patrocinaron entidades bastante importantes como la Fundación Atlético de Madrid, que nos regaló muchísimo material deportivo para los niños". Gran parte de los donativos los entregaron a Christina Noble?s Children Foundation, que lleva a cabo proyectos de inserción social para niños con problemas familiares a lo largo y ancho de Mongolia.
Los peligros no estuvieron ausentes porque en el trayecto los asaltaron kazajos borrachos a punta de pistola y en la frontera Uzbeka los detuvieron un día entero para sacarles dinero. "Caminamos una noche por el desierto y se nos reventó el radiador en medio del desierto del Gobi. Cuando llegamos a Ulan Bator éramos ocho, en vez de cuatro, porque en el camino levantamos a dos españoles, un francés y una americana cuyos coches habían muerto en medio de las arenas", recuerda.
Llegaron a dormir en yurtas mongolas con toda una familia que los acogió en las heladas noches. "Experiencias que sólo pueden pasar en situaciones extremas como las que vivíamos cada día".
En estos años no ha perdido el tiempo: ha trabajado en la cobertura de un encuentro entre mujeres de España y África, recorrió Europa de punta a punta, tuvo un programa de radio, apareció en la tele y algún que otro periódico y conoció a viejas glorias de la movida madrileña de los 80, que se han convertido en grandes amigos.
Lo que un día pareció diluirse, se fue armando (al igual que para miles de otros argentinos) en esa patria lejana, pero llena de colores que lo acercan a Tucumán. Un poco de Madrid, un poco de folclore, buenos amigos, el amor, la fotografía y las milanesas fueron componiendo un espacio muy parecido a un hogar.







