De villano patadura a justo campeón

Atlético hizo la de Jekyll & Hyde: de ser superado pasó a convertirse en un monstruo y golear.

Por Leo Noli 23 Enero 2012
La justicia en el fútbol casi siempre sentencia un fallo con el resultado puesto. La traducción al español del dictamen camina a la par de un argumento llamado gol. Si los hay, no habrá dudas de quién es el ganador y quién el perdedor. Está claro eso, ¿no? Bueno, reducido el margen de error de la subjetividad, la revancha del clásico dejó a un club demasiado bien parado y al otro tambaleando cual curda de año nuevo. A ver...

Atlético ganó, bailó y se llevó merecidamente la Copa 100 años LA GACETA. San Martín perdió, sí, pero dio la impresión de que podría haberse llevado algo menos que un lapidario 3 a 0 en contra a La Ciudadela... Los goles no se merecen, se hacen. Y en ese rubro, los de 25 de Mayo y Chile fueron unos verdaderos decanos.

Atlético la pasó mal, realmente mal en el primer tiempo y la culpa no fue totalmente suya, sino del odiado primo que supo cómo, dónde y cuándo achicarle los estribos a un dueño de casa obligado a llevarse el mundo por delante, aunque haya hecho lo contrario. Atlético no tenía salida ni opción de pase y recurría al pelotazo llovido.

La otra cara de la moneda era el vecino. Seguro en sus líneas y con un Ibáñez abonado al éxito en estos duelos, fue dominador de un acto cerrado en tablas. Balvorín se comió dos buenas y el juez Capraro otro par, al no cobrar dos claros penales a favor del dueño de casa. Pero, más allá de los errores técnicos y del reglamento, salvo un cabezazo manso de Barone, el anfitrión no había hecho nada.

Todo cambió en el complemento. Llop tiró orejas y sus discípulos las piernas. Entró a jugar otro Atlético. Ingresó Longo, la llave de la victoria. ¿Por qué? Porque después de una buena pared con Galíndez sacó un cachetazo criminal al palo izquierdo de Hoyos. La bola astilló el poste. "Monti" la mandó a guardar. Esa conquista fue el principio del fin del visitante. Perdió la brújula.

La estantería se le vino abajo mal. Derrapó feo San Martín, porque el resultado adverso le cambió los esquemas, la estética, su necesidad de corregir un barco que lo tenía bien encallado y cómodo. Ahí arrancó el festival albiceleste. Los espacios, antes nulos, se transformaron en un arco iris. Y el primero en dibujar esa parábola perfecta fue Fondacaro. Enganchó de adentro hacia afuera, levantó la vista y sacó una bomba con rosca al ángulo derecho de Hoyos. Qué golazo, por Dios. Qué golazo.

Esa daga, con el tiempo gastando sus últimos cartuchos, terminó de enterrar la ilusión del empate. En realidad, Longo y Palacios taparon de tierra la esperanza enemiga. "Sebas" asistió y el uruguayo pasó por caja antes de desgarrar su garganta con el dale campeón.

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