Nuestra única casa

Juan Manuel Montero
Por Juan Manuel Montero 22 Enero 2012
Ya pasaron 420 años. En 1592 el conquistador español Juan Ramírez de Velazco, llegó hasta allí buscando "el oro del Famatina". El hombre, que había sabido ser gobernador de Tucumán, por orden del Rey, llegó hasta lo que él mismo llamó La Rioja, como un homenaje a la tierra a la que había nacido. Ya entonces se hablaba del oro de Famatina. Ya entonces se decía que los minerales de las montañas podían hacer rico a cualquiera. Famatina está 320 km al norte de la capital provincial. Tiene 6.300 habitantes, casi tantos como Burruyacu o Graneros en Tucumán. Pero no les hizo falta ser muchos para hacerse oír. Y tuvieron el empuje necesario para que su protesta se viera reflejada en las redes sociales. Twitter y facebook ardieron con el grito de los vecinos de Famatina. Y es un grito que cada vez se escucha más. Es el grito de la tierra. Es el grito de aquellos que quieren vivir sin el peligro en ciernes de males invisibles. Y así como hace algunos años fue Gualeguaychú y su pelea contra Botnia, hoy todos deberíamos al menos interesarnos en lo que sucede en ese pequeño pueblo riojano. No puede ser un tema más. Nos pasa a nosotros mismos, a los tucumanos, que estamos en el centro del debate por los millares de peces que cada tanto flotan sin vida en el dique El Frontal. Los deberíamos saber nosotros cada vez que vemos el humo que tapa nuestro cielo por las quemas de cañaverales. Es difícil que en Famatina puedan frenar el avance de la minería. En Gualeguaychú no pudieron contra la pastera. En Tucumán no se hace todo lo que se debiera para vivir en un lugar mejor. Seguimos sin cuidar nuestro mundo, en definitiva, el único que tenemos.

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