El represor Antonio Domingo Bussi no se llevó solamente su vida a la tumba. Con ella se marcharon miles de respuestas a preguntas que quedaron huérfanas. Miles de explicaciones que nunca dio. Miles de aclaraciones sobre cuestiones que hace más de 30 años deberían haber sido aclaradas.
Pero también se llevó consigo una única verdad: la condena social y pública a los tiempos más violentos y sangrientos de la historia nacional. Se llevó en sus oídos el alarido más ensordecedor: el de la Justicia, que lo condenó a perpetua y le arrancó el orgullo del que supo jactarse a lo largo de su vida: el rango militar. Antonio Domingo Bussi dejó este mundo completamente degradado.
Consigo también se fueron 262.000 votos de tucumanos y buena parte de la historia política local de los 90. Antonio Domingo Bussi supo camuflarse dentro de las instituciones para reciclarse en democracia. Supo exaltar las contradicciones de una sociedad desahuciada. Supo erigirse en una alternativa política cabalgando siempre sobre las divisiones.
Con la muerte de Bussi se cierra un ciclo en Tucumán. La topadora política que supo construir -envuelta en escándalos de corrupción nunca aclarados- hoy es parte del pasado. La Fuerza Republicana que pronunció con tanto énfasis en la erre hoy apenas se deletrea. Con él se fueron los enemigos de una amplia fracción política. Por eso, con su partida no son pocos los que deberán buscar otra forma de subsistir en política.
Ricardo y Luis José Bussi son conscientes de esa realidad. Hoy del bussismo no quedan más que esquirlas diseminadas. Algunas, recicladas en el alperovichismo, como los acomodaticios legisladores Víctor Lossi y Juan Gutiérrez; el concejal Javier Morof y el funcionario Miguel Brito. Y otras desperdigadas por la oposición, como Raúl Topa, Ernesto Padilla o Pablo Walter. El bussismo político es, literalmente, pasado. Lo que sus herederos deberán construir si pretenden subsistir en la vida pública local es el posbussismo. Del resto, sólo quedan unas cuantas migajas.
Travesuras de entrecasa
No habla bien de una sociedad y de sus dirigentes que la puja política esté monopolizada por las facciones internas del oficialismo.
Mientras esta semana el mundo estaba atento al estado de Bussi, en silencio amayistas y alperovichistas volvieron a dar señales de que no sólo nubarrones económicos pueden afectar la marcha de la gestión. "No queremos ser los próximos Juri", cuentan que, en más de una ocasión, repitió el secretario de Gobierno municipal, con asiento en el Concejo, Germán Alfaro. El ex diputado usó esa metáfora para justificar por qué el amayismo cedió el poder del cuerpo deliberativo. Sencillamente, porque no quieren adelantar los tiempos y acabar como el ex vicegobernador que desafió a Alperovich: con una banca legislativa y la presidencia de la comisión de Turismo.
El amayismo apuesta a largo plazo, pero cada vez que puede inquieta al gobernador y sus aliados. En la última sesión, por caso, el propio Alfaro le reclamó al Ejecutivo que refinancie la deuda municipal a 20 años, tal como lo hizo la Nación con la Provincia. O, días antes, cuando dejó en claro que ellos no avalarán un aumento del cospel. Son travesuras, pero que exponen al alperovichismo y lo irritan. Porque ningún concejal- amayista o alperovichista- dejará de levantar la mano en favor del tarifazo si la decisión de la Casa de Gobierno es esa. Los antecedentes sobran, y la lógica del poder así lo indica: uno manda hasta que deja de hacerlo. Porque no puede, o porque ya no lo escuchan.
Pero también se llevó consigo una única verdad: la condena social y pública a los tiempos más violentos y sangrientos de la historia nacional. Se llevó en sus oídos el alarido más ensordecedor: el de la Justicia, que lo condenó a perpetua y le arrancó el orgullo del que supo jactarse a lo largo de su vida: el rango militar. Antonio Domingo Bussi dejó este mundo completamente degradado.
Consigo también se fueron 262.000 votos de tucumanos y buena parte de la historia política local de los 90. Antonio Domingo Bussi supo camuflarse dentro de las instituciones para reciclarse en democracia. Supo exaltar las contradicciones de una sociedad desahuciada. Supo erigirse en una alternativa política cabalgando siempre sobre las divisiones.
Con la muerte de Bussi se cierra un ciclo en Tucumán. La topadora política que supo construir -envuelta en escándalos de corrupción nunca aclarados- hoy es parte del pasado. La Fuerza Republicana que pronunció con tanto énfasis en la erre hoy apenas se deletrea. Con él se fueron los enemigos de una amplia fracción política. Por eso, con su partida no son pocos los que deberán buscar otra forma de subsistir en política.
Ricardo y Luis José Bussi son conscientes de esa realidad. Hoy del bussismo no quedan más que esquirlas diseminadas. Algunas, recicladas en el alperovichismo, como los acomodaticios legisladores Víctor Lossi y Juan Gutiérrez; el concejal Javier Morof y el funcionario Miguel Brito. Y otras desperdigadas por la oposición, como Raúl Topa, Ernesto Padilla o Pablo Walter. El bussismo político es, literalmente, pasado. Lo que sus herederos deberán construir si pretenden subsistir en la vida pública local es el posbussismo. Del resto, sólo quedan unas cuantas migajas.
Travesuras de entrecasa
No habla bien de una sociedad y de sus dirigentes que la puja política esté monopolizada por las facciones internas del oficialismo.
Mientras esta semana el mundo estaba atento al estado de Bussi, en silencio amayistas y alperovichistas volvieron a dar señales de que no sólo nubarrones económicos pueden afectar la marcha de la gestión. "No queremos ser los próximos Juri", cuentan que, en más de una ocasión, repitió el secretario de Gobierno municipal, con asiento en el Concejo, Germán Alfaro. El ex diputado usó esa metáfora para justificar por qué el amayismo cedió el poder del cuerpo deliberativo. Sencillamente, porque no quieren adelantar los tiempos y acabar como el ex vicegobernador que desafió a Alperovich: con una banca legislativa y la presidencia de la comisión de Turismo.
El amayismo apuesta a largo plazo, pero cada vez que puede inquieta al gobernador y sus aliados. En la última sesión, por caso, el propio Alfaro le reclamó al Ejecutivo que refinancie la deuda municipal a 20 años, tal como lo hizo la Nación con la Provincia. O, días antes, cuando dejó en claro que ellos no avalarán un aumento del cospel. Son travesuras, pero que exponen al alperovichismo y lo irritan. Porque ningún concejal- amayista o alperovichista- dejará de levantar la mano en favor del tarifazo si la decisión de la Casa de Gobierno es esa. Los antecedentes sobran, y la lógica del poder así lo indica: uno manda hasta que deja de hacerlo. Porque no puede, o porque ya no lo escuchan.
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