El antiguo y prodigioso poder de la música

Los antiguos griegos sostenían que una melodía tiene el poder de curar al hombre. Hoy, los investigadores demuestran que esa creencia es real. El japonés Masaru Emoto, por ejemplo, estableció que la música provoca distintos efectos en las moléculas de agua. Y el violinista tucumano Néstor Eidler advierte que la música puede curar enfermedades... pero también generarlas.

SEDUCCIÓN EN ESCENA. Emma Shaplin, prestigiosa representante del pop lírico, hizo vibrar hasta la última fibra a los espectadores tucumanos. LA GACETA / FOTO DE JORGE OLMOS SGROSSO
SEDUCCIÓN EN ESCENA. Emma Shaplin, prestigiosa representante del pop lírico, hizo vibrar hasta la última fibra a los espectadores tucumanos. LA GACETA / FOTO DE JORGE OLMOS SGROSSO
Por Gustavo Martinelli 10 Octubre 2011
Aseguran los filósofos que la música es el idioma del alma. Es la gimnasia del cuerpo, según Platón (427-347 AC); la certidumbre de la vida, según Friedrich Nietzsche (1844-1900); y el verdadero rostro del mundo, según Arthur Schopenhauer (1788-1860). Y no se equivocaban. La música no sólo es sinónimo de libertad, sino también de belleza, armonía, paz y grandeza. Tal vez por eso, Jorge Luis Borges decía que componer melodías es la forma más perfecta del arte, ya que involucra todos los sentidos.

Pero, además, una melodía no sólo es capaz de generar sensaciones en quien la escucha. También provoca bienestar físico y espiritual. Por eso se dice que la música cura el alma.

Esto lo sabían muy bien los antiguos pensadores griegos, quienes reconocían que los acordes y las melodías tenían un poder mágico que los hombres no entendían. Es conocida la imagen de Orfeo encantando a la naturaleza en pleno con el poder de su música. O de Anfión construyendo milagrosamente los muros de Tebas con los acordes de la lira que le entregó el dios Hermes. También es famosa la leyenda de Medea, que cedió al influjo de un canto mágico mientras perseguía enloquecidamente a Jasón.

Un vehículo universal

Esta concepción se afianzó con el paso de los siglos. Creció tanto, que llegó a convertirse casi en una verdad revelada.

Sin embargo, el violinista tucumano Néstor Eidler hace un aporte inusual. "La música no tiene palabras y, por eso mismo representa un vehículo universal para mejorar la vida del hombre", sostiene. Eidler, que vive actualmente en Barcelona, ha realizado diversas investigaciones sobre los efectos de las vibraciones musicales en la mente y en el cuerpo.

"La música tiene el poder de curar los males del hombre, pero también de generarlos", apuntó el artista en una visita a LA GACETA hace un par de años. Así, por ejemplo, escuchar a Bach genera un bienestar que no brinda el heavy metal. Y lo que provocan Mozart y Beethoven es muy distinto de lo que suele generar un recital de Marilyn Manson. Por otra parte, ¿a quién no se le escapa una lágrima cuando escucha el tema de amor que Ennio Morricone compuso para "Cinema Paradiso"? ¿Quién no tiene ganas de volar con la suite de John Williams para "E.T. El extraterrestre"?

Las conclusiones de Eidler, por supuesto, no son nuevas. Pero representan un paso adelante en una tendencia mundial que ya está provocando cambios en Europa. De hecho, uno de los investigadores más controvertidos de los últimos tiempos es el médico japonés Masaru Emoto, que está revolucionando la medicina alternativa con sus trabajos holísticos sobre el poder del agua.

Emoto ha realizado experimentos para determinar el efecto de la música sobre las moléculas de agua. Sus conclusiones aparecen en el libro "Los mensajes del agua", que está acompañado por pasmosas fotografías captadas por un microscopio electrónico en el preciso momento en el que se forman los cristales de hielo.

Al igual que Eidler, el japonés afirma que las moléculas de agua se comportan de manera distinta según la música o los sonidos a las que son expuestas durante la congelación. Así, por ejemplo, el agua destilada expuesta a la sinfonía Nº 40 en Sol menor de Mozart originó cristales con formas delicadas y simétricas.

Pero cuando esas moléculas se expusieron a las vibraciones de la canción de Elvis Presley "El hotel de la tristeza" los cristales helados se partieron en dos. Asimismo, cuando las muestras de agua fueron bombardeadas con música heavy metal, no se formaron cristales sino estructuras caóticas y fragmentadas.

Arrebato sonoro

¿Qué tiene esto que ver con el hombre? Según Emoto, todo. Porque el ser humano está conformado en un 70% de agua. Y, por lo tanto, las moléculas responden de la misma manera dentro del cuerpo humano.

Claro que estas conclusiones pueden parecer más una divagación propia de un charlatán que una sólida verdad científica. Pero nadie puede negar que escuchar el "Aleluya" de Hændel, la Novena Sinfonía de Beethoven o la cantanta "Carmina Burana" arrebata el espíritu y conmociona hasta la última fibra del cuerpo. Que lo digan, si no, los numerosos tucumanos que durante el mes pasado llenaron los teatros para escuchar a Emma Shaplin, a la Orquesta Estable, al Coro de Jóvenes o al grupo Quattro. La música es mágica. Y vale la pena escucharla.

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