Por Marcos Novaro - Sociólogo, doctor en filosofía, historiador. director del Archivo de Historia Oral de la UBA
En el discurso kirchnerista hay una apelación al pasado y un relato, pero sobre todo hay -y con mucha mayor importancia que lo anterior- una representación de la subjetividad. En la apelación a la historia debe haber necesariamente un argumento. Con ello, se corre el riesgo de que el discurso sea interrumpido por otro, que apele a otros hechos para presentar una distinta interpretación de ese mismo ayer que uno está relatando.
En la representación de la subjetividad, en cambio, ya hay un avance en la reducción del discurso político a la experiencia subjetiva, que como tal es válida: la circunstancia que uno ha vivido no puede ser puesta en duda. El kirchnerismo, directamente, ya ha prescindido del relato y ha convertido todo cuanto hilvana en pura subjetividad. En un puro "esto soy yo". Un "Esta es Cristina". Ella habla como puede hacerlo cualquier estrella del espectáculo, o cualquier periodista estrella. Ella hizo de las instituciones el living de su casa. Lo cual pudo apreciarse con absoluta claridad en la presentación de su compañero de fórmula para las elecciones presidenciales de octubre. Todo fue armado para ella mostrara toda su magnificencia y señala con el dedo al elegido.
Eso es lo que está en juego en el discurso kirchnerista y no hay problemas en mostrarlo. Y esto no es una cuestión apolítica sino antipolítica. Porque la subjetividad es la negación de la política: la subjetividad no tiene que ver con los otros, ni está vinculada a parámetros de rendimiento o de resultados. Por el contrario, se consagra en su propia expresividad. De modo que no importa lo que se dice sino quién habla.
Esto se ha tramado en distintos escenarios. En el relato histórico se apela a la juventud, pero no a la actual sino a la de los 70: la juventud de los Kirchner y sus amigos, la de los jóvenes viejos. Y la memoria a la que se alude tampoco refiere a experiencias políticas de las que se aprende sino, nuevamente, a la subjetividad: la vivencia de las víctimas y de los familiares de las víctimas de la última dictadura militar. Entonces no se habla de hechos sino de experiencias verdaderamente terribles, de modo que, ineludiblemente, la subjetividad lo es todo.
Ricardo Alfonsín hace algo parecido. Él dice que viene a recorrer el camino de su padre, pero con una reiteración que es mucho más que memoria: es una vuelta. No habla de los temas pendientes o de las promesas de la democracia, sino que habla de su papá. Es una sensibilización completa de nostalgia alfonsinista, al extremo de vaciarlo por completo de proyectos. Todo es la fijación de él con el padre. ¿Es auténtico? Sí, es la relación hijo / padre, que genera identificación. Eso sí, en términos políticos, el discurso de Ricardo Alfonsín es más primitivo que el de su padre: uno lo escucha y, la verdad, está oyendo a Ricardo Balbín, con una prédica de carcamán. Con ello, apela a la sensibilidad de los cincuentones.
Con estas posturas discursivas, tanto la Presidenta como Ricardo Alfonsín se convierten en actores de la antipolítica, que hablan de la política pero que sostienen mensajes en los cuales la política no importa porque pasa por otro lado. Hay una sensibilidad que es auténtica pero que, al mismo tiempo, es hueca: está vaciada de sentido. Es decir, podrían estar perfectamente tanto en la tribuna desde donde pronuncian los discursos como en la televisión. Porque ellos despotrican contra la televisión pero bien podrían estar en una tira.
Por suerte, hay otros discursos.
En el discurso kirchnerista hay una apelación al pasado y un relato, pero sobre todo hay -y con mucha mayor importancia que lo anterior- una representación de la subjetividad. En la apelación a la historia debe haber necesariamente un argumento. Con ello, se corre el riesgo de que el discurso sea interrumpido por otro, que apele a otros hechos para presentar una distinta interpretación de ese mismo ayer que uno está relatando.
En la representación de la subjetividad, en cambio, ya hay un avance en la reducción del discurso político a la experiencia subjetiva, que como tal es válida: la circunstancia que uno ha vivido no puede ser puesta en duda. El kirchnerismo, directamente, ya ha prescindido del relato y ha convertido todo cuanto hilvana en pura subjetividad. En un puro "esto soy yo". Un "Esta es Cristina". Ella habla como puede hacerlo cualquier estrella del espectáculo, o cualquier periodista estrella. Ella hizo de las instituciones el living de su casa. Lo cual pudo apreciarse con absoluta claridad en la presentación de su compañero de fórmula para las elecciones presidenciales de octubre. Todo fue armado para ella mostrara toda su magnificencia y señala con el dedo al elegido.
Eso es lo que está en juego en el discurso kirchnerista y no hay problemas en mostrarlo. Y esto no es una cuestión apolítica sino antipolítica. Porque la subjetividad es la negación de la política: la subjetividad no tiene que ver con los otros, ni está vinculada a parámetros de rendimiento o de resultados. Por el contrario, se consagra en su propia expresividad. De modo que no importa lo que se dice sino quién habla.
Esto se ha tramado en distintos escenarios. En el relato histórico se apela a la juventud, pero no a la actual sino a la de los 70: la juventud de los Kirchner y sus amigos, la de los jóvenes viejos. Y la memoria a la que se alude tampoco refiere a experiencias políticas de las que se aprende sino, nuevamente, a la subjetividad: la vivencia de las víctimas y de los familiares de las víctimas de la última dictadura militar. Entonces no se habla de hechos sino de experiencias verdaderamente terribles, de modo que, ineludiblemente, la subjetividad lo es todo.
Ricardo Alfonsín hace algo parecido. Él dice que viene a recorrer el camino de su padre, pero con una reiteración que es mucho más que memoria: es una vuelta. No habla de los temas pendientes o de las promesas de la democracia, sino que habla de su papá. Es una sensibilización completa de nostalgia alfonsinista, al extremo de vaciarlo por completo de proyectos. Todo es la fijación de él con el padre. ¿Es auténtico? Sí, es la relación hijo / padre, que genera identificación. Eso sí, en términos políticos, el discurso de Ricardo Alfonsín es más primitivo que el de su padre: uno lo escucha y, la verdad, está oyendo a Ricardo Balbín, con una prédica de carcamán. Con ello, apela a la sensibilidad de los cincuentones.
Con estas posturas discursivas, tanto la Presidenta como Ricardo Alfonsín se convierten en actores de la antipolítica, que hablan de la política pero que sostienen mensajes en los cuales la política no importa porque pasa por otro lado. Hay una sensibilidad que es auténtica pero que, al mismo tiempo, es hueca: está vaciada de sentido. Es decir, podrían estar perfectamente tanto en la tribuna desde donde pronuncian los discursos como en la televisión. Porque ellos despotrican contra la televisión pero bien podrían estar en una tira.
Por suerte, hay otros discursos.
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