El discurso de las sensaciones va ganando la elección

La emotividad gana cada vez más espacio en los mensajes de la actual campaña, por encima de los relatos y -por supuesto- de las propuestas. Del "hablar con imágenes" y la construcción del obstáculo se pasó a la indignación y a las clases de jefes de trabajos prácticos

DIRECTO AL CORAZÓN. Sostiene Beatriz Sarlo en La audacia y el cálculo que las prédicas del kirchnerismo rinden al máximo como discursos de mazas. DYN
DIRECTO AL CORAZÓN. Sostiene Beatriz Sarlo en La audacia y el cálculo que las prédicas del kirchnerismo rinden al máximo como discursos de mazas. DYN
Por Redacción Política 30 Julio 2011
A partir del retorno de la democracia, el discurso político ha ido sufriendo variantes en la escena argentina. Raúl Alfonsín, el primer presidente de este ciclo, hizo campaña con el Preámbulo de la Constitución Nacional como columna de su mensaje. Y ya en esa instancia, con aserciones como "constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad", enseñaba un perfil discursivo que luego acentuaría: "hablar con imágenes". En ese contexto se inscriben "La casa está en orden" o "Con la democracia se come, se cura y se educa".

Claro está, "hablar con imágenes" no era garantía de estar manifestando verdades sobre la coyuntura, ni tampoco conceptos ajustados acerca del sistema de gobierno, y a eso vendría a contrastarlo ese monstruo grande que fue la hiperinflación. Contra su fuerte pisada luchaba el cordobés Eduardo Angeloz que repetía (o rogaba) "Se puede". Carlos Menem, en cambio, trabajó en lo que, semánticamente, puede definirse como "la construcción del obstáculo". Sin llegar a extremos anti-sistema, apuntó hacia la "reforma del Estado" (ese sería, luego, el nombre con el que se conoció a uno de sus más trascendentes decretos), concepto que profundizaría paulatinamente con fe neo (y ultra) liberal. En su discurso, Menem era -por supuesto- el que sabía cómo saldar el escollo. De allí, "Siganmé, no los voy a defraudar".

El uno a uno

La cuestión no varió mucho a la hora de buscar la reelección, a mediados de los 90, después de que a principios de esa década Domingo Cavallo estableciera la Convertibilidad (la paridad cambiaría de 1 a 1 entre el peso y el dólar). Si bien del lado del elector se identificó el "voto cuota" (la de la hipoteca, la del plan de ahorro, la del préstamo personal, la de la tarjeta de crédito, todo en ello en dólares en el caso de buena parte de los argentinos), del lado del menemismo la construcción del obstáculo se mantuvo vigente: Menem había logrado vencer a ese dragón que quemaba los salarios y había que darle otro mandato o, de lo contrario, volver al infierno de la inflación.

Lenguaje y acción

Tanto fue así que años después, ya renunciado como vicepresidente y luego del monumental desastre que fue el malogrado gobierno de la Alianza, Carlos "Chacho" Alvarez testimoniaría en Sin excusas, el libro que escribió con Joaquín Morales Solá, que cada vez que el Frepaso advertía en el seno del Gobierno que había que abandonar la convertibilidad (de manera ordenada y no como se daría luego, fácticamente), Fernando De la Rúa e hijos (y demás funcionarios), se escandalizaban. ¿Cómo iban a ser los radicales los que pusieran fin a eso que había exterminado la hiperinflación legada por los radicales? Ese no hacer también impregnaba el discurso, hasta el punto de que para la escritora y ensayista Beatriz Sarlo, "el caso más patético de performatividad cero fue De la Rúa". El concepto de performativo, en la teoría del filósofo del lenguaje John Austin, refiere a la capacidad que tiene el lenguaje de llevar a cabo una acción.

Sarlo, justamente, dedica el quinto capítulo de La audacia y el cálculo al análisis del discurso kirchnerista. El de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández.

Él

La autora de Escenas de la vida postmoderna, identifica el tipo de discurso del fallecido ex presidente ("Néstor gruñía, insultaba, repetía oraciones breves") por oposición al del líder bolivariano. Mientras que el del argentino se inscribe en el indignatio, el del venezolano es clásicamente retórico.

"En América Latina, quien tenía el gran discurso, comparado con estas limitaciones locales, era Hugo Chávez. La retórica nació en la misma cuna que la política, en el mundo griego mediterráneo. (...) Enseña a componer, a distinguir géneros según las ocasiones, a usar la ironía, la invectiva, las emociones. La única forma retórica afín a las cualidades espontáneas de Néstor Kirchner fue la indignatio, destinada según Cicerón a 'concitar gran odio y sentido de la ofensa'. La indignatio rinde al máximo como discurso de masas".

Sarlo advierte que Kirchner no pronunció grandes discursos de vasta perspectiva histórica, a diferencia de Chávez, que se presenta como portador de la herencia de Bolívar, Sandino y la revolución mexicana, y toma carrera desde los tiempos de la Colonia para arremeter contra el imperialismo.

"Para Kirchner, la historia es corta, con un origen anclado en la biografía personal que alcanza los años 70. Es la historia más corta que ha inspirado jamás al peronismo, donde la recapitulación del pasado comenzaba, por supuesto, con el propio Perón, pero habitualmente mucho más atrás, en el siglo XIX (el nombre adoptado por Montoneros es un ejemplo evidente)? Kirchner se presentaba como fundador sin muchos antepasados. No citaba demasiado a Perón por la distancia que él, como nuevo fundador, tomaba respecto de todos aquellos que lo antecedieron. Si a partir de 2007 comenzó a citarlo, porque era parte del rito formal de las lealtades bonaerenses, era muy evidente que utilizaba sólo un nombre, no un archivo de dichos ni de recuerdos".

Ella

"El género de Cristina Kirchner es el argumentativo, cuyo fin es persuadir a una asamblea sobre la conveniencia de adoptar tal acción y evitar tal otra", define Sarlo. Y recuerda cuando, en 2005, "Cristina era senadora y hablaba como una abogada o como una jefa de trabajos prácticos en ciencias sociales que ha preparado bien la clase".

Los mensajes de la Presidenta, advierte la intelectual argentina, presenta cuestiones que tienen un pasado breve ("-Cristina- no sabe ir hacia atrás, se pierde"), un desarrollo presente y alternativas futuras. "La política necesita del modo argumentativo (en las asambleas parlamentarias o en la escena mediática). Pero, correlativamente, necesita de políticos de formación intelectual sólida", contrasta.

La autora de La imaginación técnica, sueños modernos de la cultura argentina, quien dirigió durante tres décadas la revista de cultura y política Punto de vista, advierte que la indignatio que práctica el kirchnerismo, como tal, es tensa y rápidamente puede volverse su propia caricatura. "Un latiguillo cómico, como sucedió con el ¿Qué te pasa Clarín?, que tuvo tanto éxito en 'Gran Cuñado' como con los chicos del tercer cinturón del Gran Buenos Aires.

Por su parte, el discurso argumentativo se combina mal con los afectos políticos. Cuando Cristina Kirchner se pone coloquial se vuelve, inevitablemente, vulgar ('Le hacemos el aguante a Maradona' o 'No se hagan los rulos')", ejemplifica.

Temporalidades

El ecuatoriano Jaime Durán Barba, que tiene unas semanas muy mediáticas tras el triunfo de Mauricio Macri en la primera vuelta de los comicios porteños del pasado domingo 10, ha dicho reiteradamente que se asiste a un liderazgo de las sensaciones.

El analista y politólogo Rosendo Fraga, justamente, le dice a LA GACETA que el factor emotivo es cada vez más determinante en las campañas políticas. Y el historiador Marcos Novaro advierte a este diario que se han abandonado los relatos para instalar el imperio discursivo de la subjetividad.

La "historia corta" -acaso en exceso- del mensaje oficial encaja sin forceps en esos diagnósticos. Y en la construcción de una realidad política que pretende que todo es, y será, antes y después de K.

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