Satchmo: entre el jazz y la inmortalidad

Hace 40 años moría en Nueva York el incomparable trompetista Louis Armstrong.

Por Roberto Espinosa 06 Julio 2011
Martes. El sudor le acaricia la frente. Parpadea Kiss of Fire en un rincón de la memoria. Las imágenes pueblan sus ojos. El olor a un burdel de Nueva Orleans lo despabila en la oscuridad. Ve a la lavandera Mary Ann dar a luz a un negrito jetón. Alguien murmura que ese 4 de agosto de 1901 no será un día cualquiera. Observa luego a Willie, jornalero en una fábrica de aguarrás, que los abandona. La abuela Josephine se ocupa de educar al changuito de cinco años. En la escuela aprende el gospel. La pobreza lo arrincona, pero no lo ahoga.

Un episodio policial lo enclaustra a los 13 años en un orfanato. Peter Davis, el celador, le muestra otro costado del destino. La trompeta convulsiona su alma. A los 14 años, se abraza fuertemente con su maestro y sale a la conquista de la libertad.

"Se me cayó la baba de puro contento cuando Joe Oliver me regaló su vieja trompeta York; la que tenía estaba toda doblada con agujeros en el pabellón. Esa noche los labios se me partieron de tanto tocar. Él fue quien en verdad me enseñó los secretos del instrumento. Éramos muy amigos pese a la edad que nos separaba. A cambio de sus lecciones, yo le hacía mandados a su esposa", dice. "King" Oliver lo bautiza "Satchmo" ("boca de valija") y lo lleva a Chicago. Luego parte al Misisipí, donde comienza a gestarse una leyenda.

La pianista de la banda, Lil Hardin, le apoya la cabeza en el hombro y Louis la lleva hasta el altar. Su conjunto "Hot five" nace en 1925. Johnny Dodds, Kid Ory, Johnny St. Cyr, Lil y Louis siembran revuelo en el jazz.

Satchmo boceta ya un estilo inconfundible: el scat (la sustitución de letras por sonidos silábicos y frases sin sentido). La voz aguardentosa se anuda en la sensualidad de su trompeta, convirtiéndola en otro instrumento. Con Bessie Smith hace un "Saint Louis Blues" que sacude las estrellas.

El deseo de un habano se enrosca en sus dedos. Observa su simpatía de dientes blancos y su canto en la pantalla grande. No existe rincón del planeta donde no conmueva su ternura y su jazz: "no soy desagradecido. He experimentado hermosos momentos, ovaciones que me sobrecogieron el alma. Pero me parece que más contento estaba cuando me criaba en Nueva Orleans sin hacer nada muy grande, tocando con los músicos de aquellos tiempos. Éramos pobres, pero teníamos la música por los cuatro costados".

Cuando Ella se le cruza en el alma fuegos de Fitzgerald estallan en "Porgy & Bess" de George Gershwin. El Embajador y la Primera Dama de la Canción dibujan el amor y la alegría; los pueblos se emocionan. "La música debe ser buena o mala. Lo antiguo y lo moderno poco cuentan. Lo principal es el corazón. Creo que si me dieran a elegir, en una nueva vida sería nuevamente trompetista", dice.

Un dolor le oprime el pecho. Observa a través de la ventana cómo ese 22 de abril de 1965 las manifestaciones de sus hermanos son reprimidas en Alabama. "Si Jesús fuese negro y participase de demostraciones, también le pegarían", murmura.

Una bocanada de viento le trae la imagen de los Hot Five, los Hot Seven, de Ellington, Peterson, Fats Waller, W. Handy... Le viene a la mente What a wonderful world: "Veo amigos dándose la mano, diciendo: ¿Qué tal estás? En realidad, están diciendo: te quiero..."

Cuando un reventón de spirituals se abroquela en su alma presiente la partida. "Los músicos no se retiran, paran cuando ya no hay música en ellos", dice. Nueva York. Ese martes 6 de julio de 1971, Louis Armstrong mira hacia el chorro de luz que sale de un túnel, pide un beso para construir un sueño y sus latidos se vuelven eternidad.

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