Bruno Gelber: tres universos diferentes en una velada de excepción
Junto a la Orquesta Sinfónica de la UNT, sabiamente conducida por Pedro Ignacio Calderón, el concertista regaló pasajes de virtuosismo al piano en el Concierto en Mi menor, de Chopin. La "Inconclusa" de Schubert y "Tarco en flor" de Gianneo completaron el programa
Un pianísimo de chelos y contrabajos corre el telón. Una ráfaga de cuerdas desemboca en un Si menor de oboes y clarinetes. La penetrante melodía vestirá luego en allegro moderato a toda la orquesta. Pensamientos sombríos. Un dramatismo que se asienta en la sonoridad de los trombones. El destino tal vez se despierta. La melodía es un eco lejano que se aproxima y envuelve en una danza a la vida... Tenía apenas 25 años cuando la escribió. El misterio le puso una zancadilla a su Sinfonía Nº 8 que vio la luz en 1865, 43 años después. Alguien podría preguntarse si lo perfecto puede estar inconcluso. Sólo hubo conjeturas. Nunca se supo por qué el casillero sinfónico número ocho quedó inacabado. Tal vez sólo precisó dos movimientos para expresar lo que otros necesitaron decir en tres o cuatro. El austríaco Franz Peter Schubert (1797-1828) no se enteró de que su Sinfonía "Inconclusa" escribiría su nombre en el corazón de la música.
La Orquesta Sinfónica de la UNT, guiada por la sensibilidad maestra de Pedro Ignacio Calderón, pareció recuperar muchos de sus buenos momentos a lo largo de sus 62 años de historia y se zambulló en el universo de Schubert, creando climas y sensaciones de profundidad y refinamiento. El conjunto sonó compacto; se destacaron los vientos, en particular los oboes y clarinetes.
A la inversa de lo anunciado en el programa, en la velada del jueves, enmarcada en el 50º Septiembre Musical Tucumano, la Sinfónica prosiguió con "Tarco en flor", una obra con la que tal vez Pedro Calderón quiso recordar a su maestro Luis Gianneo, que vivió 20 años en Tucumán, así como su paso por la orquesta de la UNT, a la cual dirigió una temporada en sus mocedades, en 1958.
Enamorado de la exuberante naturaleza tucumana, Gianneo, fervoroso hincha de Ferrocarril Oeste, se inspiró en nuestra tierra y el norte para componer varias piezas con raíces telúricas. La belleza de los tarcos se anudó en sus retinas y la convirtió en un poema sinfónico, en el que fusionó elementos del folclore, del neorromanticismo y del lenguaje neoclásico al cual adhirió en la década de 1930, como integrante del Grupo Renovación. La orquesta recorrió con eficacia estos diez minutos de música descriptiva, sin duda, uno de los más bellos de la producción nacional.
Las ramas nacionalistas y stravinskianas del tarco tucumano despejan el camino para que el Mi menor de un alma polaca se pose bajo los dedos de Bruno Gelber. Un sonido vigoroso y brillante se apodera del Concierto Nº1 para contar las vicisitudes de un corazón romántico, cargado de preguntas, de contradicciones, también de frescura y pasión, en un alegre majestuoso.
El Romance (larghetto), donde posiblemente se incuban los Nocturnos que sobrevendrán en su etapa parisina, invade la atmósfera del teatro San Martín con una melancolía calma.
El Rondó (vivace) da pie al pianista para lucir su técnica y correr con virtuosismo por el teclado con un sonido brillante entre ostinatos de las cuerdas y pizzicatos de los contrabajos. Una catarata de semicorcheas se convierte en un torbellino y estalla en un final explosivo. Apenas veinte años tenía Federico Chopin (1810-1849) cuando dibujó en los pentagramas este sentimiento en Mi menor que pasó a la historia y que Bruno Gelber expresó con su habitual profesionalismo.
Un concertista y un director, de excepción, y una sinfónica universitaria que estuvo a la altura de las circunstancias, dejaron contento al público con una hora y media de hermosa música.
Largos aplausos... y no hubo bis
El público prácticamente colmó el Teatro San Martín para escuchar a Bruno Leonardo Gelber, uno de los pianistas preferidos de los tucumanos. Tras la ejecución del Concierto en Mi menor Op. 11, de Federico Chopin (se está celebrando el bicentenario de su nacimiento) los oyentes premiaron con largos aplausos al concertista, que salió a saludar varias veces, pero no lograron, sin embargo, que volviera a sentarse al piano para ofrecer un bis.
La Orquesta Sinfónica de la UNT, guiada por la sensibilidad maestra de Pedro Ignacio Calderón, pareció recuperar muchos de sus buenos momentos a lo largo de sus 62 años de historia y se zambulló en el universo de Schubert, creando climas y sensaciones de profundidad y refinamiento. El conjunto sonó compacto; se destacaron los vientos, en particular los oboes y clarinetes.
A la inversa de lo anunciado en el programa, en la velada del jueves, enmarcada en el 50º Septiembre Musical Tucumano, la Sinfónica prosiguió con "Tarco en flor", una obra con la que tal vez Pedro Calderón quiso recordar a su maestro Luis Gianneo, que vivió 20 años en Tucumán, así como su paso por la orquesta de la UNT, a la cual dirigió una temporada en sus mocedades, en 1958.
Enamorado de la exuberante naturaleza tucumana, Gianneo, fervoroso hincha de Ferrocarril Oeste, se inspiró en nuestra tierra y el norte para componer varias piezas con raíces telúricas. La belleza de los tarcos se anudó en sus retinas y la convirtió en un poema sinfónico, en el que fusionó elementos del folclore, del neorromanticismo y del lenguaje neoclásico al cual adhirió en la década de 1930, como integrante del Grupo Renovación. La orquesta recorrió con eficacia estos diez minutos de música descriptiva, sin duda, uno de los más bellos de la producción nacional.
Las ramas nacionalistas y stravinskianas del tarco tucumano despejan el camino para que el Mi menor de un alma polaca se pose bajo los dedos de Bruno Gelber. Un sonido vigoroso y brillante se apodera del Concierto Nº1 para contar las vicisitudes de un corazón romántico, cargado de preguntas, de contradicciones, también de frescura y pasión, en un alegre majestuoso.
El Romance (larghetto), donde posiblemente se incuban los Nocturnos que sobrevendrán en su etapa parisina, invade la atmósfera del teatro San Martín con una melancolía calma.
El Rondó (vivace) da pie al pianista para lucir su técnica y correr con virtuosismo por el teclado con un sonido brillante entre ostinatos de las cuerdas y pizzicatos de los contrabajos. Una catarata de semicorcheas se convierte en un torbellino y estalla en un final explosivo. Apenas veinte años tenía Federico Chopin (1810-1849) cuando dibujó en los pentagramas este sentimiento en Mi menor que pasó a la historia y que Bruno Gelber expresó con su habitual profesionalismo.
Un concertista y un director, de excepción, y una sinfónica universitaria que estuvo a la altura de las circunstancias, dejaron contento al público con una hora y media de hermosa música.
Largos aplausos... y no hubo bis
El público prácticamente colmó el Teatro San Martín para escuchar a Bruno Leonardo Gelber, uno de los pianistas preferidos de los tucumanos. Tras la ejecución del Concierto en Mi menor Op. 11, de Federico Chopin (se está celebrando el bicentenario de su nacimiento) los oyentes premiaron con largos aplausos al concertista, que salió a saludar varias veces, pero no lograron, sin embargo, que volviera a sentarse al piano para ofrecer un bis.







