Las sombras siempre han tenido connotaciones casi mágicas en gran parte de las culturas, despertando los sueños y el inconsciente. Estas formas inestables invitan a la imaginación y a la creación, y estimulan la fantasía. Por ello, las sombras representan historias de fuerte contenido fantástico por la capacidad de mutar, de insinuar sin dejar ver y hasta deformar la realidad. La sombra, debe reflexionarse, es intocable y permanece en un plano ajeno. La obra "En tren a Rumi Punco 19:65", que dirige Nerina Dip, del grupo Die Pinken Clauden, es un espectáculo de estas características. Está basado en un texto de Cecilio López que, a su vez, se inspiró en el accidente del tren El Aconquija ocurrido en el Ferrocarril Mitre de esta ciudad, en febrero de 1965. Pero así como se señala que el teatro de sombras tiene la capacidad de deformar la realidad, digamos que la obra hace lo suyo, porque el accidente aludido aparece como una pista, como un disparador para una obra que no tiene nada que ver con el siniestro. Aunque, en rigor, el tren a Rumi Punco también es la historia de un proyecto que descarriló, como El Aconquija.
La puesta está planteada como un tríptico en el que los espectadores asisten a diferentes imágenes construidas tanto por los actores (ubicados siempre detrás del gran plano blanco) como por los objetos manipulados por ellos; en cada cuadro del tríptico a veces se continúa la acción comenzada en uno o funciona independiente del otro. El teatro de sombras, visto así, es teatro de imagen, y vale recordar a Freud para sostener lo escrito en el primer párrafo, cuando sostenía que la imagen está en mejores condiciones que el pensamiento consciente y el lenguaje para dar forma a los procesos inconscientes.
Desde este punto de vista, está claro que la puesta logra su gran objetivo: activar la imaginación del receptor, en un clima casi mágico de gran concentración que se percibe en la sala, en la que escasean los diálogos y sólo se presentan diferentes acciones, con un despliegue actoral medido y cauto, sin grandilocuencia ni exageraciones. Todo ello habla de las correctas interpretaciones de Cecilio López, Vicky Pérez, María José Sánchez y Alvaro Alderete, y del acertado trabajo de dirección de Nerina Dip y de Federico Terzi.
Un detalle importante para la historia de la obra fue la presencia en la función del estreno del hijo del maquinista de El Aconquija, con el que se planteó luego un intercambio de ideas y anécdotas sobre el accidente.
La puesta está planteada como un tríptico en el que los espectadores asisten a diferentes imágenes construidas tanto por los actores (ubicados siempre detrás del gran plano blanco) como por los objetos manipulados por ellos; en cada cuadro del tríptico a veces se continúa la acción comenzada en uno o funciona independiente del otro. El teatro de sombras, visto así, es teatro de imagen, y vale recordar a Freud para sostener lo escrito en el primer párrafo, cuando sostenía que la imagen está en mejores condiciones que el pensamiento consciente y el lenguaje para dar forma a los procesos inconscientes.
Desde este punto de vista, está claro que la puesta logra su gran objetivo: activar la imaginación del receptor, en un clima casi mágico de gran concentración que se percibe en la sala, en la que escasean los diálogos y sólo se presentan diferentes acciones, con un despliegue actoral medido y cauto, sin grandilocuencia ni exageraciones. Todo ello habla de las correctas interpretaciones de Cecilio López, Vicky Pérez, María José Sánchez y Alvaro Alderete, y del acertado trabajo de dirección de Nerina Dip y de Federico Terzi.
Un detalle importante para la historia de la obra fue la presencia en la función del estreno del hijo del maquinista de El Aconquija, con el que se planteó luego un intercambio de ideas y anécdotas sobre el accidente.







