"La pieza clave no es la inversión en equipamiento, ni en bibliotecas ni en netbooks. La clave está en la formación docente. La inteligencia en el proceso de enseñanza del docente es la cuestión clave de toda esta situación". Lo dijo hace unos días, de paso por Tucumán, María Rosa Almandoz, titular del Instituto Nacional de Educación Técnica (INET). Una reflexión de ese talante por parte de una funcionaria nacional, en un contexto institucional de "elogio de las nuevas tecnologías", no es una cuestión menor. El planteo de Almandoz se suma a numerosas voces que insisten en que no hay revolución tecnológica que valga si antes no ha habido una apropiación de esos recursos por parte de los docentes. A tono con ese discurso, emerge algo así co en ciernes, un tanto silenciosa.
La animan numerosos docentes que han empezado a preguntarse si tiene sentido pararse frente a un aula ante un grupo de "desconocidos" (niños, jóvenes, adolescentes) cuyos intereses y necesidades aparecen cada vez más difusos. El eje se ha corrido del "qué hacer con los chicos" al "qué hacemos nosotros" (léase, los docentes).
Ese malestar, traducido en acción, se transparenta en la flamante primera camada de profesores tucumanos de Educación Técnica, en la cual hay ingenieros y arquitectos casi prontos a jubilarse que han vuelto al aula, ahora como alumnos, para aprender a enseñar en el siglo XXI. En la misma sintonía resuenan las reflexiones de una profesora de Física de la UNT, Patricia Cáceres. "Creo que los que estamos formando docentes, y los propios docentes, hemos mantenido nuestra distancia, porque es más seguro estar en un lugar ya conocido que ponerse en el zapato del otro... Si yo quiero que aprendan la Matemática como yo la aprendí, el chico no la va a aprender", apunta Cáceres, que es parte de ese movimiento que todavía no se ha legitimado de modo institucional, y cuya esencia es la certeza de que ya no hay saberes comprados y sellados para siempre.
Como Almandoz, Cáceres pone el foco en la matemática. Pero, la incertidumbre no respeta disciplinas. Como dice Eduardo Russo, profesor de la flamante licenciatura en Cine, Video y TV de la UNT. "¿Qué podemos impartir hoy en una escala de la carrera que pueda ser compatible con un panorama que no sabemos cuál va a ser de acá a cinco años...?"
Russo sabe que los datos pasan, absorbidos por una marea informativa que ha puesto en cuestión el concepto de "presente". Y que lo que cuenta son las estrategias de comprensión, la capacidad para entender procesos, a salvo de la fugacidad del presente.
En esa línea, Melina Furman, una doctora en Ciencias Biológicas que coordina el método de enseñanza de las ciencias "Sangari", que se aplica en escuelas tucumanas, defiende el método de "enseñanza por indagación". "Consiste en poner a los alumnos en el lugar de generadores de conocimiento, con mucha ayuda, a partir de una pregunta relacionada con el tema que yo quiero enseñar; de ir guiándolos hasta encontrar una respuesta válida", explica.
No se aleja demasiado de la estrategia con la que Cáceres intenta convencer a sus alumnos de que en la matemática hay belleza. "Se trata de saber cómo sé que comprendo. Cuando digo que sé un tema, cómo sé que lo sé. Trasladado al docente, la pregunta es ¿cómo hago para saber si mi alumno comprendió lo que que yo quiero que comprenda? Todas estas estrategias pueden llevar a buenos resultados si se ajustan mecanismos de evaluación de proceso y de producto. Y el resultado -subraya - es que el chico aprenda, no que apruebe". Así en la matemática como en la vida.
La animan numerosos docentes que han empezado a preguntarse si tiene sentido pararse frente a un aula ante un grupo de "desconocidos" (niños, jóvenes, adolescentes) cuyos intereses y necesidades aparecen cada vez más difusos. El eje se ha corrido del "qué hacer con los chicos" al "qué hacemos nosotros" (léase, los docentes).
Ese malestar, traducido en acción, se transparenta en la flamante primera camada de profesores tucumanos de Educación Técnica, en la cual hay ingenieros y arquitectos casi prontos a jubilarse que han vuelto al aula, ahora como alumnos, para aprender a enseñar en el siglo XXI. En la misma sintonía resuenan las reflexiones de una profesora de Física de la UNT, Patricia Cáceres. "Creo que los que estamos formando docentes, y los propios docentes, hemos mantenido nuestra distancia, porque es más seguro estar en un lugar ya conocido que ponerse en el zapato del otro... Si yo quiero que aprendan la Matemática como yo la aprendí, el chico no la va a aprender", apunta Cáceres, que es parte de ese movimiento que todavía no se ha legitimado de modo institucional, y cuya esencia es la certeza de que ya no hay saberes comprados y sellados para siempre.
Como Almandoz, Cáceres pone el foco en la matemática. Pero, la incertidumbre no respeta disciplinas. Como dice Eduardo Russo, profesor de la flamante licenciatura en Cine, Video y TV de la UNT. "¿Qué podemos impartir hoy en una escala de la carrera que pueda ser compatible con un panorama que no sabemos cuál va a ser de acá a cinco años...?"
Russo sabe que los datos pasan, absorbidos por una marea informativa que ha puesto en cuestión el concepto de "presente". Y que lo que cuenta son las estrategias de comprensión, la capacidad para entender procesos, a salvo de la fugacidad del presente.
En esa línea, Melina Furman, una doctora en Ciencias Biológicas que coordina el método de enseñanza de las ciencias "Sangari", que se aplica en escuelas tucumanas, defiende el método de "enseñanza por indagación". "Consiste en poner a los alumnos en el lugar de generadores de conocimiento, con mucha ayuda, a partir de una pregunta relacionada con el tema que yo quiero enseñar; de ir guiándolos hasta encontrar una respuesta válida", explica.
No se aleja demasiado de la estrategia con la que Cáceres intenta convencer a sus alumnos de que en la matemática hay belleza. "Se trata de saber cómo sé que comprendo. Cuando digo que sé un tema, cómo sé que lo sé. Trasladado al docente, la pregunta es ¿cómo hago para saber si mi alumno comprendió lo que que yo quiero que comprenda? Todas estas estrategias pueden llevar a buenos resultados si se ajustan mecanismos de evaluación de proceso y de producto. Y el resultado -subraya - es que el chico aprenda, no que apruebe". Así en la matemática como en la vida.







