Por la Rusia de los sesenta

(De "La boca del tigre", por Abel Posse, Emecé, Buenos Aires).

27 Abril 2002
"Otra vez Rusia, treinta y tres años después. Ahora se trata del cadáver de un Imperio. Imprudentemente vengo a revisitarlo (es una idea de mis amigos Jorge Naveiro y Bonifacio del Carril). En Cheremétievo, el aeropuerto, el mismo desorden hostil, cierta ineficacia telúrica que une al coloso soviético abolido con este descarado capitalismo advenedizo...(...)...
El auto, un Volvo azul, hace el mismo camino hacia La Boca del Tigre que recorriéramos entonces con Martini, que había venido a buscarme al aeropuerto (¿era Nochebuena?) con la deliciosa Solange Susana y aquel Germán desaparecido en España, aunque vivo.
Hoy no hay nieve ni camiones llevando bloques de hielo en la penumbra gris. Ahora es un mediodía soleado. Vamos por la Leningradskoie Chaussée pero no la reconozco. Hasta que noto que una mosca zumbona cosquillea la nuca sudada del chofer, que sacude su cabezota con un gesto de malhumor. Luego la mosca -imprudente o demasiado provocadora- se posa en el cristal del parabrisas y veo la mano espesa, con vello rubio, que desciende con insospechada velocidad y la mosca queda aplastada en un manchón amarillento. Devuelta a la eternidad; las cosas estaban en su sitio.
La Rusia de los sesenta tenía la atracción de lo excepcional y de lo vagamente peligroso. Ir era realmente meterse en la boca del tigre. Sobre todo viniendo desde un país de poca historia, como lo es Argentina. Un país infante, como marginal a la Historia de los grandes, de los mayores. Nos habíamos deslizado indemnes, casi olvidados, por los fenomenales escándalos del siglo. Habíamos visto las dos guerras en los noticieros del cine Astro de la calle Corrientes o en el Novedades de Florida. Teníamos, los argentinos, la mirada calma de los terneros que ven pasar la vida de la ruta desde los cuatro hilos del alambrado protector.
La Historia era un grand guignol sangriento que ocurriría en otras latitudes. Era como un lujo y una carga de la adultez. Algo que tenía que ver con el pleno desarrollo, con la sexualidad. Y nosotros éramos impúberes, mirones. Habíamos tenido políticas con sentido de historia, como las de Roca, Perón o Frondizi, pero más bien eso parecía un agregado antinatural en la llanura gris de la marginalidad.
En esa época Buenos Aires todavía estaba viva. Infinitas noches de café. Curiosidad cultural. Se hablaba y se sabía mucho de Rusia. Uno escuchaba las ingenuidades de sus demonizadores y la angelidad tonta de sus adictos ideológico-partidarios. Teníamos un PC duramente stalinista, obediente, que disimulaba las atrocidades con una implacable lógica -o paralogismo- política. Un stalinismo de obediencia ovina, en Rodolfo Ghioldi, en Rubéns Iscaro. Inexorablemente excomulgaban a los no iniciados, e invariablemente temían ser expulsados de la iniciática iglesia roja hacia las ?tinieblas exteriores?. El peronismo, el mayor movimiento popular-social de la historia argentina, estaba mal visto por los comunistas. Ya Stalin, en Yalta, había murmurado una amenaza de sombrío castigo para la ?Argentina profascista?".

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