Despues del vano intento de imponerse al Congreso, Eduardo Duhalde está enfrentando su propia crisis por carencia de liderazgo, una condición que es parte sustancial e indispensable del poder. Si su partido y el ocasional aliado radical no lo reemplazan en una nueva asamblea legislativa, se debe a la certeza de que ya no tienen margen político para hacerlo ante una ciudadanía que les vuelve la espalda y hasta los desprecia. En consecuencia, el Presidente ha perdido dramáticamente las condiciones constitucionales del ejecutivo fuerte que la situación del país demanda. Pero no puede pensarse que el Congreso sea en tales circunstancias el dueño del poder. Sobre todo si se lo observa cercado por una poderosa muralla policial que lo protege de la ira pública y le impidió sancionar una alternativa para salir del corralito a costa de los ahorristas. El poder -o al menos lo que del mismo permanece vivo- pasa ahora, bien o mal, por los gobernadores. Especialmente por los pocos que en sus provincias han conseguido superar en alguna medida el descrédito y la carencia de liderazgos nacionales de sus partidos. El interrogante por responder en estos momentos es qué puede esperarse de ellos para impedir que la sociedad termine por descreer en la democracia argentina y tome por otro camino.
Sin garantías
Suponer en tales condiciones que la ayuda externa y sin la cual no se advierten alternativas razonables para la crisis financiera, depende de lo hábil y sabio que sea el nuevo equipo económico, e inclusive del apoyo ocasional que pueda tener en la interna oficialista, no es razonable. La exigencia mayor que enfrenta el gobierno en ese orden es de confianza en que los compromisos se respetarán posteriormente, algo que el efímero y cautivo Eduardo Duhalde no está en condiciones asegurar. Por otra parte, la sorprendente mezcla ideológica de las consultas presidenciales durante la búsqueda del sucesor de Remes Lenicov, ha evidenciado que el jefe del Ejecutivo está lejos de tener una visión clara de lo conveniente. Un caso muy testimonial de esa realidad es la incertidumbre del presidente del Banco Central, Mario Blejer, quien hasta el momento de cerrar esta columna no sabía si renunciar o quedar al frente de su cargo autónomo. Blejer, -funcionario significativo del Fondo Monetario, en uso de licencia mientras está en el BCRA- ha sido una de las muy pocas cartas de crédito que el gobierno tuvo en Washington hasta su crisis.
La otra gran alternativa político-institucional es la de los gobernadores justicialistas de Santa Cruz y San Luis, Néstor Kirchner y Alicia Lemme, que esperan contar en poco más con el de Córdoba, José de la Sota, y consiste en convocar lo más rápidamente posible -noventa dias- a elecciones generales. La resistencia del mandatario cordobés, que hace cuatro meses lo reclamaba, parte de la imposibilidad de hacerlo sin llevar a cambio previamente una profunda reforma política, como la que ya comenzó en su provincia al pasar a un sistema unicameral de la legislatura.







