26 Abril 2002 Seguir en 
"El otro día un simpático escritor decía que ya no esperaba gran cosa de la literatura, le bastaba con ser leído dentro de doscientos años. Hice la cuenta, en mi caso equivale a desear que un tataranieto me recuerde como un esforzado filósofo. No sé por qué se me ocurre que vamos a estar distraídos en otras cuestiones. A lo sumo, y con suerte, seremos pasto de tesis de algún doctorado de una disciplina en desuso. Si es que sobreviven los pastos, o las tesis.
La filosofía tiene el desafío de la aceleración. Debe enfrentar un tema de hoy que quizá no será mañana. La realidad es un duelo, exige esgrima, fintas, decisiones intelectuales y singulares. Por eso el filósofo de hoy no tiene la misión de buscar la verdad, y menos de enunciarla, sino de equivocarse con la mayor precisión posible. Una inteligencia del error. Por eso ya tampoco sirven los matriceros del pensamiento: los ideólogos. Aplicar un mismo molde a la realidad es azotar el océano para que se calme. Tomar posición de acuerdo con cada situación, pensar sin prever el resultado, admitir la complejidad de la oferta a pensar. Decidir un camino de acuerdo con un reflejo cuasibiológico, hacer un uso no culposo de la inteligencia, recibir los juegos y las alegrías del baile de las ideas, eso es lo que espero que encuentren en estas páginas en las que se habla de todo y de muchos que habitan nuestro escenario nacional. He tenido anticipaciones de relieve. Sugerí en 1998, cuando nadie lo hacía, que Simeone debía ocupar el lugar de volante central en la selección nacional de fútbol y dispuse un equipo a lo Bielsa en tiempos de Passarella. Vean mi nota ?Hinchas compactados? del diario Perfil de aquel año. Hay muchos anticipos de gran inteligencia que me corresponden, como otros tantos devaneos por el país del candor y de cierta senilidad. Acerté con el Cholo Simeone, me equivoqué con Graciela Fernández Meijide. Creo que, de todos modos, mi acierto ha sido más importante que mi equivocación. En estas maniobras de pensamiento rápido que aquí presento, espero que se puedan apreciar estampas de la sociedad argentina reciente. Es un viaje de ida y vuelta varias veces realizado por nuestro tiempo presente. La mayoría de los artículos fue escrita cuando el acontecimiento aún estaba en carne viva, con su sangre caliente. La actualidad despierta emociones fuertes. No hay que dejar que se calmen. La filosofía a veces hierve, no siempre es un remanso. Creo que la filosofía hoy vive y no en el discurso pastoral, que es el que mejor vende, sino en la batalla de los hombres en su lucha por la vida. Es parte del mismo desconcierto y de la misma ignorancia. La filosofía de hoy no tiene por qué tener pretensiones de Saber. Nuestros dos grandes maestros, Sócrates y Diógenes, no se ubicaron en ese lugar. El filósofo trabaja para opinar y mostrar. Opinólogo es una buena palabra, lástima que sea horrible. Prefiero doxólogo, respeta nuestras fuentes griegas. El filósofo es un esforzado disciplinario doxólogo.
Ya la novela ha dejado de ser funcional para describir una sociedad. No estamos en tiempos de Balzac. La literatura no vehiculiza información. Si queremos saber cómo vive una sociedad debemos acudir a los documentos y los testimonios que circulan en sus nuevos simulacros. La filosofía le agrega al periodismo su vejez, y una discapacidad, la presbicia: necesita alejarse para ver mejor"".
La filosofía tiene el desafío de la aceleración. Debe enfrentar un tema de hoy que quizá no será mañana. La realidad es un duelo, exige esgrima, fintas, decisiones intelectuales y singulares. Por eso el filósofo de hoy no tiene la misión de buscar la verdad, y menos de enunciarla, sino de equivocarse con la mayor precisión posible. Una inteligencia del error. Por eso ya tampoco sirven los matriceros del pensamiento: los ideólogos. Aplicar un mismo molde a la realidad es azotar el océano para que se calme. Tomar posición de acuerdo con cada situación, pensar sin prever el resultado, admitir la complejidad de la oferta a pensar. Decidir un camino de acuerdo con un reflejo cuasibiológico, hacer un uso no culposo de la inteligencia, recibir los juegos y las alegrías del baile de las ideas, eso es lo que espero que encuentren en estas páginas en las que se habla de todo y de muchos que habitan nuestro escenario nacional. He tenido anticipaciones de relieve. Sugerí en 1998, cuando nadie lo hacía, que Simeone debía ocupar el lugar de volante central en la selección nacional de fútbol y dispuse un equipo a lo Bielsa en tiempos de Passarella. Vean mi nota ?Hinchas compactados? del diario Perfil de aquel año. Hay muchos anticipos de gran inteligencia que me corresponden, como otros tantos devaneos por el país del candor y de cierta senilidad. Acerté con el Cholo Simeone, me equivoqué con Graciela Fernández Meijide. Creo que, de todos modos, mi acierto ha sido más importante que mi equivocación. En estas maniobras de pensamiento rápido que aquí presento, espero que se puedan apreciar estampas de la sociedad argentina reciente. Es un viaje de ida y vuelta varias veces realizado por nuestro tiempo presente. La mayoría de los artículos fue escrita cuando el acontecimiento aún estaba en carne viva, con su sangre caliente. La actualidad despierta emociones fuertes. No hay que dejar que se calmen. La filosofía a veces hierve, no siempre es un remanso. Creo que la filosofía hoy vive y no en el discurso pastoral, que es el que mejor vende, sino en la batalla de los hombres en su lucha por la vida. Es parte del mismo desconcierto y de la misma ignorancia. La filosofía de hoy no tiene por qué tener pretensiones de Saber. Nuestros dos grandes maestros, Sócrates y Diógenes, no se ubicaron en ese lugar. El filósofo trabaja para opinar y mostrar. Opinólogo es una buena palabra, lástima que sea horrible. Prefiero doxólogo, respeta nuestras fuentes griegas. El filósofo es un esforzado disciplinario doxólogo.
Ya la novela ha dejado de ser funcional para describir una sociedad. No estamos en tiempos de Balzac. La literatura no vehiculiza información. Si queremos saber cómo vive una sociedad debemos acudir a los documentos y los testimonios que circulan en sus nuevos simulacros. La filosofía le agrega al periodismo su vejez, y una discapacidad, la presbicia: necesita alejarse para ver mejor"".







