Historias del Colón

(De "Palco, cazuela y paraíso. Las historias más insólitas del Teatro Colón", por Margarita Pollini, Sudamericana, Buenos Aires).

25 Abril 2002
¿Tiene sentido, aunque esta sea una página inicial, hablar aquí del Colón con la solemnidad con la que se suele hablar de él?
Personalmente, creo que no: todos saben que se trata de la sala mayor de la ciudad de Buenos Aires y del país; que pocos grandes han estado ausentes de su escenario; que su acústica sea tal vez la mejor del mundo; que la fama de sus talleres es enorme y merecida, que sus 3.500 butacas son ocupadas en cada noche de ópera, ballet o concierto por apasionados conocedores. Tampoco se justifica que yo nombre aquí toda la gloria de la Besanzoni, la Muzio, Arrau, Melchior, la Nilsson, Galeffi, Nijinsky, Furtwängler o Pavlova si el tiempo me ha negado la posibilidad de verlos o escucharlos en vivo. Más interesante que eso es -me parece- hablar de la intención y del desarrollo del trabajo cuyo resultado está en manos del lector.
A raíz de haber tratado frecuentemente a algunos de sus artistas, caí en la cuenta de que en el Colón (ese coloso al que yo tanto respeto guardaba) había -como en cualquier gran institución- una historia de transmisión oral, que iba creciendo día a día, y que también iba perdiéndose con la desaparición de cada libro viviente. Había que preservar ese squarcio di vita.
A veces las paradojas tienen una elocuencia difícilmente superable. Desde su primera concepción, los arquitectos que han proyectado y construido el Teatro pensaron en la cara oeste del edificio, es decir la que está sobre la calle Libertad, como la más representativa, la más conocida, la más importante de las cuatro. El destino, sin embargo, dispuso lo contrario: en virtud de haber desaparecido la manzana sobre la cual se extiende hoy la avenida 9 de Julio, es la parte trasera -la que da a la calle Cerrito- lo que más a la vista ha quedado, y es la imagen con la que el porteño y el visitante asocian al Colón desde hace varias décadas.
Recopilar estas anécdotas implicaba franquear esa puerta restringida al público, tratar cotidianamente y durante meses con libros y personas. Y ese trato dio como resultado lo que ya se sospechaba: el Colón fue, es y será el lugar de la belleza, de lo efímeramente eterno, de lo sublime, de lo irrepetible. Pero no exclusivamente de eso. Todos -artistas, investigadores, críticos, espectadores- hablamos de El Colón como objeto inanimado, impasible; pero, como fruto del hombre, tiene sus mismas grandezas y debilidades y ha pasado por momentos de gloria y de oscuridad.
Ha llegado el momento de abrir (o al menos dejar entornada) la puerta tanto al espectador que visita el Colón cada año como al que no ha ingresado nunca, y ve desde afuera esa imagen de castidad artística en la que tantos quieren sumirlo (especialmente algunos que desde su sombrío rincón de la historia del Teatro pretenden proyectar luz sobre él). No es este el trabajo de una mente con criterio historicista; es el de un espíritu curioso, cuyo amor y gratitud hacia el Colón por tantas alegrías vividas en él han querido manifestarse de esta manera...(...)...".

Tamaño texto
Comentarios