24 Abril 2002 Seguir en 
El diccionario académico de la lengua española define al realismo como "la forma de presentar las cosas tal como son, sin suavizarlas ni exagerarlas", algo que en el mundo de la política no ocurre frecuentemente pero que, tarde o temprano, termina por imponer la realidad. En esta ocasión, se ha recordado en el gobierno la inexorable regla que, cual principio matemático, constriñe al abandono de lo ilusorio.
Frente a la costosa polémica que está demorando el acuerdo sobre ayuda externa, se ha expresado sin reticencias ni circunloquios que se está a un paso de hacer un clic, de dar la vuelta, pero que se necesita de la comprensión de todos los que están en el Ejecutivo, en el Parlamento, y en las provincias.
La sociedad argentina tiene que ser consciente de que para salir de la crisis hay que ganar credibilidad e insertarse en el mundo, dicen. Pero la exhortación oficial ha sido aún más realista al afirmar que no cabe hacer una discusión sobre si el mundo está equivocado o no. Se tiene que actuar con mucho pragmatismo, y si todo el mundo va para un lado y van todos para allá, no se puede ser la excepción, sostienen.
No se trata de una simplificación de los graves problemas que finalmente enfrenta el país por haber desoído los principios de la buena administración, ni de someterlo a supuestas soluciones con costos sociales insuperables, sino de aceptar prudentemente que "la única verdad es la realidad", antes de que sea tarde.
Ninguno de los gobiernos que se sucedieron a partir de la agudización de la crisis pudo escapar a esa verdad fáctica ni logró eludir su rigor, de tal manera que tan sólo contribuyeron a agravar las causas, al tratar de supeditar las soluciones a los intereses partidarios y sectoriales. La Argentina es diferente, se ha repetido desde hace décadas, no sin soberbia, practicando en los hechos el aislamiento que llegó a configurar una doctrina insostenible de falso nacionalismo. Sus residuos aparecen todavía en el debate de estas horas decisivas proponiendo "vivir con lo nuestro", que no es otra propiedad para el caso que el desempleo, la pobreza y la parálisis del aparato productivo, con la alternativa de apelar al grifo emisor de la Casa de Moneda.
Entretanto, el mundo se aleja de nosotros, integrado por múltiples naciones con sistemas políticos diversos, pero con reglas de juego comunes donde las leyes fundamentales de la economía poco tienen que ver con ese autismo que ha convertido a la República en ejemplo inimitable.
Era bueno también escuchar al Gobierno manifestar que el bloqueo destructor del sistema financiero representado por el corralito debía terminar lo antes posible para sacar del colapso a la economía y poner el país nuevamente en marcha.
Demasiado tiempo ha debido transcurrir para advertirlo desde que se dispuso el calendario fantasioso de reintegro de los depósitos al amparo de una somnolencia populista que no hizo sino agravar la desconfianza interna y la externa en la suerte del país. Durante ese lapso, decenas de empresas han debido sumarse en distintos grados a la suspensión de pagos de sus obligaciones externas, que para el sector privado ascienden a sesenta mil millones de dólares.
Seguramente que el Poder Ejecutivo no tiene toda la razón cuando se enfrenta ahora con angustia política al Congreso ante la desveladora realidad, pero tampoco las mayorías legislativas están libres de ajustar a sus morosidades habituales y a su reprobado estilo de eludir lo evidente las urgencias planteadas por una sociedad tentada cada vez más por la violencia.
Frente a la costosa polémica que está demorando el acuerdo sobre ayuda externa, se ha expresado sin reticencias ni circunloquios que se está a un paso de hacer un clic, de dar la vuelta, pero que se necesita de la comprensión de todos los que están en el Ejecutivo, en el Parlamento, y en las provincias.
La sociedad argentina tiene que ser consciente de que para salir de la crisis hay que ganar credibilidad e insertarse en el mundo, dicen. Pero la exhortación oficial ha sido aún más realista al afirmar que no cabe hacer una discusión sobre si el mundo está equivocado o no. Se tiene que actuar con mucho pragmatismo, y si todo el mundo va para un lado y van todos para allá, no se puede ser la excepción, sostienen.
No se trata de una simplificación de los graves problemas que finalmente enfrenta el país por haber desoído los principios de la buena administración, ni de someterlo a supuestas soluciones con costos sociales insuperables, sino de aceptar prudentemente que "la única verdad es la realidad", antes de que sea tarde.
Ninguno de los gobiernos que se sucedieron a partir de la agudización de la crisis pudo escapar a esa verdad fáctica ni logró eludir su rigor, de tal manera que tan sólo contribuyeron a agravar las causas, al tratar de supeditar las soluciones a los intereses partidarios y sectoriales. La Argentina es diferente, se ha repetido desde hace décadas, no sin soberbia, practicando en los hechos el aislamiento que llegó a configurar una doctrina insostenible de falso nacionalismo. Sus residuos aparecen todavía en el debate de estas horas decisivas proponiendo "vivir con lo nuestro", que no es otra propiedad para el caso que el desempleo, la pobreza y la parálisis del aparato productivo, con la alternativa de apelar al grifo emisor de la Casa de Moneda.
Entretanto, el mundo se aleja de nosotros, integrado por múltiples naciones con sistemas políticos diversos, pero con reglas de juego comunes donde las leyes fundamentales de la economía poco tienen que ver con ese autismo que ha convertido a la República en ejemplo inimitable.
Era bueno también escuchar al Gobierno manifestar que el bloqueo destructor del sistema financiero representado por el corralito debía terminar lo antes posible para sacar del colapso a la economía y poner el país nuevamente en marcha.
Demasiado tiempo ha debido transcurrir para advertirlo desde que se dispuso el calendario fantasioso de reintegro de los depósitos al amparo de una somnolencia populista que no hizo sino agravar la desconfianza interna y la externa en la suerte del país. Durante ese lapso, decenas de empresas han debido sumarse en distintos grados a la suspensión de pagos de sus obligaciones externas, que para el sector privado ascienden a sesenta mil millones de dólares.
Seguramente que el Poder Ejecutivo no tiene toda la razón cuando se enfrenta ahora con angustia política al Congreso ante la desveladora realidad, pero tampoco las mayorías legislativas están libres de ajustar a sus morosidades habituales y a su reprobado estilo de eludir lo evidente las urgencias planteadas por una sociedad tentada cada vez más por la violencia.







