EL RECONOCIMIENTO JUSTO. Jeanmaire sostiene en alto el Premio Clarín Novela, del que fue el merecido ganador durante la edición de 2009.
14 Marzo 2010 Seguir en 

Novela
Más liviano que el aire
Federico Jeanmaire
(Alfaguara - Buenos Aires)
Federico Jeanmaire (Baradero, Buenos Aires, 1957) ha devenido esos novelistas que jamás decepcionan. Desde la ya lejana Desatando nudos (1986), pasando por Miguel (1990), Montevideo (1997), Mitre (1998), Papá (2001), Países bajos (2004), La patria (2006) hasta llegar a Vida anterior (2008), Jeanmaire destaca por una prosa que amén de certera, y fluida, y lúcida, muta de registro con pasmosa solvencia. Sus personajes, los personajes de Jeanmaire, son más bien obras cinceladas con el rigor y el detalle de un escultor de calibre. Allá por 2005, cuando examinábamos la reedición de Mitre, que obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas, aludíamos a una suerte de ejercicio de exquisita crueldad, o a una compasiva postal de la miseria humana, o tal vez a ambas nociones al tiempo. Pues resulta que a su modo, Más liviano que el aire tiene puntos de contacto con Mitre. Sin repetirse, por cierto. Aquel texto iba de la historia de amor y desamor de Roberto y Mariela, dos desangelados que entre ingestas copiosas y divagues filosóficos se tejen y destejen en el trayecto José León Suárez-Retiro del ferrocarril Mitre.
Más liviano que el aire, a su vez, narra la historia de una anciana de 93 años que gracias a un ardid consigue encerrar en el baño de su casa al adolescente que había intentado asaltarla. Desde allí, desde el otro lado de la puerta, la mujer se aboca a narrar la historia de su madre. Escucharla es la condición que se le impone al chico para aspirar a recuperar su libertad. Así pasan horas y horas, así se pasa de un día a otro día. La anciana descerraja un monólogo delirante, mas también implacable: pulsan en ella las señales de una clase social, la dominante, con pocas dudas y demasiadas certezas acerca de por qué existen chiquilines como el que intentó victimizarla y terminó victimizado. Entretanto, la evocación del desenlace trágico de su madre, la historia misma de su madre, repone la genealogía de tensiones y versus de vieja data: la posesión y la desposesión, la incomunicación, la desconfianza, el resquemor, ergo, la violencia, simbólica, literal, brutal. Con todo, por diferentes que parezcan, y sean, la anciana y el muchacho son dos criaturas marcadas a fuego por la desesperación.
Pues en todo eso, y en última instancia en los agrios espesores de la soledad, cabalga el texto que se adjudicó el Premio Clarín Novela 2009.
Un premio, se sabe, y si no se sabe cabe recordarlo, no hará mejor ni peor a una obra, pero si se trata de esta obra en particular, es justo y debido subrayar que Jeanmaire ha sabido alcanzar alturas significativas. Más liviano que el aire, en fin, es una novela deliciosa.
© LA GACETA
Walter Vargas
Más liviano que el aire
Federico Jeanmaire
(Alfaguara - Buenos Aires)
Federico Jeanmaire (Baradero, Buenos Aires, 1957) ha devenido esos novelistas que jamás decepcionan. Desde la ya lejana Desatando nudos (1986), pasando por Miguel (1990), Montevideo (1997), Mitre (1998), Papá (2001), Países bajos (2004), La patria (2006) hasta llegar a Vida anterior (2008), Jeanmaire destaca por una prosa que amén de certera, y fluida, y lúcida, muta de registro con pasmosa solvencia. Sus personajes, los personajes de Jeanmaire, son más bien obras cinceladas con el rigor y el detalle de un escultor de calibre. Allá por 2005, cuando examinábamos la reedición de Mitre, que obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas, aludíamos a una suerte de ejercicio de exquisita crueldad, o a una compasiva postal de la miseria humana, o tal vez a ambas nociones al tiempo. Pues resulta que a su modo, Más liviano que el aire tiene puntos de contacto con Mitre. Sin repetirse, por cierto. Aquel texto iba de la historia de amor y desamor de Roberto y Mariela, dos desangelados que entre ingestas copiosas y divagues filosóficos se tejen y destejen en el trayecto José León Suárez-Retiro del ferrocarril Mitre.
Más liviano que el aire, a su vez, narra la historia de una anciana de 93 años que gracias a un ardid consigue encerrar en el baño de su casa al adolescente que había intentado asaltarla. Desde allí, desde el otro lado de la puerta, la mujer se aboca a narrar la historia de su madre. Escucharla es la condición que se le impone al chico para aspirar a recuperar su libertad. Así pasan horas y horas, así se pasa de un día a otro día. La anciana descerraja un monólogo delirante, mas también implacable: pulsan en ella las señales de una clase social, la dominante, con pocas dudas y demasiadas certezas acerca de por qué existen chiquilines como el que intentó victimizarla y terminó victimizado. Entretanto, la evocación del desenlace trágico de su madre, la historia misma de su madre, repone la genealogía de tensiones y versus de vieja data: la posesión y la desposesión, la incomunicación, la desconfianza, el resquemor, ergo, la violencia, simbólica, literal, brutal. Con todo, por diferentes que parezcan, y sean, la anciana y el muchacho son dos criaturas marcadas a fuego por la desesperación.
Pues en todo eso, y en última instancia en los agrios espesores de la soledad, cabalga el texto que se adjudicó el Premio Clarín Novela 2009.
Un premio, se sabe, y si no se sabe cabe recordarlo, no hará mejor ni peor a una obra, pero si se trata de esta obra en particular, es justo y debido subrayar que Jeanmaire ha sabido alcanzar alturas significativas. Más liviano que el aire, en fin, es una novela deliciosa.
© LA GACETA
Walter Vargas
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