De las virtudes olvidadas

(De "Sabiduría cotidiana. El libro de las virtudes recuperadas", por Jean Guitton en conversaciones con Jean-Jacques Antier, Sudamericana, Buenos Aires).

24 Abril 2002
"Este libro nació de una conversación casual con Jean Guitton, en su apartamento frente al jardín de Luxemburgo. Era una de esas suntuosas tardes parisinas de otoño, en las que el sol poniente tiñe los árboles de oro y púrpura. Una intensa emoción me embargó, no por la idea de un mundo vegetal que va a morir a causa del invierno, sino por la de una profundización con miras a un próximo renacimiento.
De pronto, el filósofo rompió el silencio. Extrañas palabras salían de su boca. Decía que se preparaban cosas extraordinarias en este mundo y lamentaba ya no estar en él cuando se produjeran. Hablaba de mutación de la especie humana.Fascinado, yo miraba el querido rostro de ese hombre casi centenario, de ese sabio que me había aportado tanto. Luego vi pasar una sombra por su mirada visionaria. Inquieto, le pregunté:
-¿Quien dicen mutación dice sufrimiento?
No respondió. Su mirada permanecía vuelta hacia el interior. Insistí:
-¿Qué habrá que hacer?
Entonces dijo estas palabras:
-Volver a la ética. Aferrarse a ella como a una balsa en una tormenta. ¡Una nueva arca de Noé!
La ética. Esta antigua palabra despertó en mí reminiscencias escolares. ¡Aristóteles, Spinoza! La ética, la moral, la ciencia de las virtudes, todo un mundo olvidado, pero como se olvidan los cimientos de una casa. No se los ve, pero allí están, base insoslayable, un poco como Dios.
Volver a la ética. Durante semanas, la idea fue madurando en mí. Luego, con la ayuda de amigos, germinó. Un día, presenté al filósofo la sinopsis de Sabiduría cotidiana. El libro de las virtudes recuperadas. Su rostro se iluminó. Sonrió. Revivía su juventud de profesor de filosofía en los liceos, en Troyes, en Moulins, en Lyon, más tarde en las universidades, en Montpellier, en la Sorbona. Luego sacudió la cabeza. Yo temía que dijera algo como: ¡Soy demasiado viejo!
Se puso a reflexionar. Por último, con esa voz aguda, un poco vacilante, en la que la rapidez del pensamiento sofocaba las palabras:
-Sí, hay que hablar de la sabiduría, fundamento de las virtudes; reencontrar las fuentes esenciales. Hacerlas surgir.
Vaciló. Luego continuó con fuerza:
-Pero hoy, ya no se puede imponer. Hay que interesar y despertar una esperanza. Mostrar la virtud como un bello paisaje: una montaña nevada, la salida o la puesta del sol, como esta tarde en el Luxemburgo. ¡La belleza! En el fondo, la belleza y la bondad son la misma cosa. Yo he vivido para eso.Y continuó:
-Un libro pequeño que no pretenda enseñar nada, pero que despierte los espíritus a esa sabiduría, sin la cual no hay felicidad, ni siquiera existencia.Yo me entusiasmaba.
¡Un libro de futuro! A través de la presentación de una sabiduría olvidada, exponer los problemas apasionantes de este tercer milenio, que sólo es sombrío para los que renuncian por anticipado.
El continuó:
-Estamos saturados de información, como nunca se lo ha estado. Esta excesiva información termina por desestabilizar la mente. Lo que falta es el juicio, el discernimiento, la capacidad de decir qué está bien y qué está mal".

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