24 Abril 2002 Seguir en 
Por Juan Manuel Asis
El mirandismo constituye una forma de ejercer el poder en Tucumán. Actúa en el límite de la legalidad, saca provecho político al aparato social del Estado, explota la estructura partidaria que domina y negocia hábilmente los espacios de poder jugando con las debilidades de propios y de extraños. Ayer tuvo la ocasión de mostrarse, pero por reacción. Acorralado por los hechos, golpeado políticamente por la oposición y debilitada su imagen de gestión decidió responder con el arma que mejor maneja desde que está en el poder: la movilización.
Es la anécdota, pero sirve para descubrir su juego. Siempre trata de mostrar que puede, que está por encima de todo, de la crítica, de la investigación, de la oposición, de la necesidad de votos y de la Justicia. Tiene las mejores excusas de su lado, como la legitimidad del voto, que lo puso en el Gobierno en el 99, o la legalidad del número en la Legislatura para justificar leyes y reformas.
Ese esquema de poder, que avanza atropellando al borde de la legalidad permitida y cometiendo errores que dan pie a acciones judiciales, generó un movimiento opositor que cobró fuerza el lunes, en la plaza Independencia. Allí nació la nueva síntesis de la sociedad, reflejada en dos apellidos: Miranda versus Jerez. El mirandismo dividió a la sociedad y les dio a todos los grupos políticos, opositores e independientes, una opción para reflejarse: el fiscal anticorrupción, Esteban Jerez.
En la Casa de Gobierno algunos creen que esta división entre mirandistas y antimirandistas los favorecerá electoralmente en 2003. Entienden que el voto opositor se dispersará entre los partidos políticos tradicionales y los nuevos grupos independientes que quieren erradicar a la dirigencia actual. Esa estrategia les dio frutos en octubre de 2001.
Hoy se trata del juego de las plazas para debilitar o fortalecer imágenes. La plaza Independencia es un símbolo para el poder de turno. Llenarla es decir que se gobierna, que se tiene la razón, que sus consignas son legítimas. El peronismo la considera propia y ayer la quiso recuperar de las manos de la oposición, no sólo por una cuestión de pertenencia sino, además, para alentar a un gobernador que anda con el ánimo por el piso. La movida es para decirle que no está solo y que puede -y debe- seguir al frente del Poder Ejecutivo.
El hecho es que, por un aluvión de circunstancias, provocadas o fortuitas, Jerez se ha convertido en una bandera de lucha en contra del mirandismo. El tiempo dirá si estamos frente a un paladín de la Justicia o frente a un futuro político. Sólo Jerez sabe a qué plaza va a representar.
El mirandismo constituye una forma de ejercer el poder en Tucumán. Actúa en el límite de la legalidad, saca provecho político al aparato social del Estado, explota la estructura partidaria que domina y negocia hábilmente los espacios de poder jugando con las debilidades de propios y de extraños. Ayer tuvo la ocasión de mostrarse, pero por reacción. Acorralado por los hechos, golpeado políticamente por la oposición y debilitada su imagen de gestión decidió responder con el arma que mejor maneja desde que está en el poder: la movilización.
Es la anécdota, pero sirve para descubrir su juego. Siempre trata de mostrar que puede, que está por encima de todo, de la crítica, de la investigación, de la oposición, de la necesidad de votos y de la Justicia. Tiene las mejores excusas de su lado, como la legitimidad del voto, que lo puso en el Gobierno en el 99, o la legalidad del número en la Legislatura para justificar leyes y reformas.
Ese esquema de poder, que avanza atropellando al borde de la legalidad permitida y cometiendo errores que dan pie a acciones judiciales, generó un movimiento opositor que cobró fuerza el lunes, en la plaza Independencia. Allí nació la nueva síntesis de la sociedad, reflejada en dos apellidos: Miranda versus Jerez. El mirandismo dividió a la sociedad y les dio a todos los grupos políticos, opositores e independientes, una opción para reflejarse: el fiscal anticorrupción, Esteban Jerez.
En la Casa de Gobierno algunos creen que esta división entre mirandistas y antimirandistas los favorecerá electoralmente en 2003. Entienden que el voto opositor se dispersará entre los partidos políticos tradicionales y los nuevos grupos independientes que quieren erradicar a la dirigencia actual. Esa estrategia les dio frutos en octubre de 2001.
Hoy se trata del juego de las plazas para debilitar o fortalecer imágenes. La plaza Independencia es un símbolo para el poder de turno. Llenarla es decir que se gobierna, que se tiene la razón, que sus consignas son legítimas. El peronismo la considera propia y ayer la quiso recuperar de las manos de la oposición, no sólo por una cuestión de pertenencia sino, además, para alentar a un gobernador que anda con el ánimo por el piso. La movida es para decirle que no está solo y que puede -y debe- seguir al frente del Poder Ejecutivo.
El hecho es que, por un aluvión de circunstancias, provocadas o fortuitas, Jerez se ha convertido en una bandera de lucha en contra del mirandismo. El tiempo dirá si estamos frente a un paladín de la Justicia o frente a un futuro político. Sólo Jerez sabe a qué plaza va a representar.







