Un mágico escritor de trato cautivante

Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.

UNA CHARLA AL EMPEZAR EL MILENIO. Tomás Eloy Martínez con Carlos Páez de la Torre (h) en LA GACETA, el 17 de julio de 2000.
UNA CHARLA AL EMPEZAR EL MILENIO. Tomás Eloy Martínez con Carlos Páez de la Torre (h) en LA GACETA, el 17 de julio de 2000.
02 Febrero 2010
Cuando empecé con el periodismo, allá en el feroz verano de 1962, ya Tomás Eloy Martínez vivía en Buenos Aires. Lo conocería recién cuatro años más tarde. Vino enviado por "Primera Plana", para realizar el gran informe "Tucumán: reportaje al caos", que apareció el 24 de mayo de 1966, en la edición 178 de la famosa revista. No he repetir la historia -que ya conté un par de veces aquí- de cómo oficié de abrepuertas para que entrevistara a cierta prestigiosa "pájara de la noche" que residía frente a los jardines del Lillo.

Sí repetiré el embeleso que me produjo verlo desplegar su talento para el reportaje. Cómo lograba que la reticente entrevistada entrara en confianza. Cómo la dejaba planear por todos los temas, mientras la conducía hábilmente al que le interesaba. Además, se manejaba con el grabador, aparato que rechazábamos por entonces los periodistas tucumanos. Y finalmente, el resultado. Una soberbia nota, amasada con perfecta información y armada con destreza y lenguaje de cuentista.

Nos hicimos amigos desde entonces. No íntimos, pero sí buenos amigos. Varias veces me invitó -al comenzar los 70- a su departamento de Buenos Aires. Y en sus frecuentes viajes a Tucumán nos vimos mucho, en mi casa o en las inolvidables comidas de Daniel Alberto Dessein, donde llegaba el amanecer sin que nos diéramos cuenta. Más tarde, en su época de "La Opinión", me encargó un largo artículo, "Los años tempranos de Paul Groussac". Con ilustración de Isaías Nougués, lo puso en la tapa del suplemento cultural y lo compiló luego en el libro "Ocho escritores por ocho periodistas". En ese tomo -único que imprimió Timmerman Editores, en 1976- tuve el orgullo de firmar junto a pesos pesados del periodismo de esa época: Ramiro de Casasbellas, Osiris Troiani, Jorge B. Rivera, Andrés Avellaneda, Agustín Mahieu, Jorge Miguel Couselo y Diego Barracchini.

Tomás tenía un trato cautivante. Con todo lo definido y valiente que era en sus opiniones políticas cuando escribía, en la conversación, al menos conmigo, no le oí tocar esos temas. Era un hombre distinguido, educado, bien vestido, lo que no suele ser frecuente en los grandes escritores. Sabía escuchar con mucha atención y sonriente. Como ocurría con Víctor Massuh, cautivaba a las mujeres porque atendía sus intervenciones y se las comentaba, sin interrumpirlas para colocar su bocado.

Tenía una risa franca, contagiosa. Revelaba sus dotes de hombre de mundo en la pizca de frivolidad que tenía en la conversación de amigos, y en esa disposición a interesarse por todo donde residía no poco de su encanto. Había conocido a los grandes de la literatura y, a pesar de eso, jamás fue un name droper. Pero tenía una colección de vívidas anécdotas que fluían naturalmente de su charla en confianza. Las vertía con esa facilidad elegante de palabra que, al regresar del exilio, se coloreaba con algún modismo caraqueño.

Cuando hablaba de su experiencia con Perón en Puerta de Hierro, a uno le parecía estar en presencia del personaje y de López Rega. Recuerdo el deleite con que mi mujer y yo escuchamos buena parte de sus cintas grabadas, en Buenos Aires, sentados en el suelo sobre los almohadones que eran el único asiento disponible al iniciarse su segundo -y breve- matrimonio.

Ahora lamento no haber anotado los detalles de algunos de sus fascinantes testimonios. Aquella primera visión de Gabriel García Márquez antes de la fama, en Buenos Aires, cargando una humilde valija de cartón, y ansioso por "comer caliente" alguna vez. O la maratón que debía correr el último día del mes en un diario de Caracas, creo, porque solamente cobraban su sueldo los que conseguían llegar primero a la caja. O los vericuetos de la patológica tendencia de Mario Vargas Llosa a enamorarse de sus parientas, para dar algunos ejemplos entre decenas. Era un lector incansable y muchas veces gozaba con el hallazgo de textos insólitos. Como ese folleto decimonónico "Cien respuestas al que pide una prueba de amor", cuyo contenido escarbaba entre carcajadas, recuerdo.

Sería lugar común repetir que fue uno de los escritores mayores del mundo que habla castellano. No dudo que es así. Pero lo creo sobre todo un enorme periodista. Sus mejores libros, a mi juicio, fueron los que se asentaban sobre esa base. Lo admiré siempre, y nuestros salteados encuentros fueron siempre una fiesta para mí. Su muerte, como la de Julio Ardiles Gray primero y la de Félix Luna después, hacen que se vaya despoblando tristemente ese pequeño universo de personas grandes y queridas que me honraron con su amistad.

Comentarios