23 Abril 2002 Seguir en 
Ayer fue el peor día del gobernador Julio Miranda. El 7 de junio de 1999 su llegada al Poder Ejecutivo fue festejada por los peronistas que se entusiasmaron con el regreso del PJ a la Casa de Gobierno. También lo aplaudieron aquellos que no entendían que un general del Proceso gobernara en democracia a una provincia golpeada.
En poco más de dos años dilapidó todo. Confundió valores, desconoció respaldos y creyó que las instituciones de la provincia podían ser manejadas a su capricho. La democracia tucumana fue sufriendo una metamorfosis. Lentamente cayó en una autocracia (sistema de gobierno en que la voluntad de una sola persona es la suprema ley).
Alrededor del primer mandatario se fueron sentando figuras que nada tenían que ver con el mirandismo vernáculo. Adulones que fueron incapaces de entender críticas, de respetar oposiciones y a los que la perinola del poder siempre les caía en "toma todo".
La autocracia tucumana se tradujo en que o se era mirandista o antimirandista. En ese mar de confusiones, la proa del barco tomó ese rumbo y hoy el capitán se siente en el Titanic. Grandes sectores de la sociedad también se embarcaron en esa antinomia sin comprender que, si el barco se hunde, se ahogan todos.
La corte de adulones le hizo decir al gobernador que todo lo que vive Tucumán es producto de una gran conspiración desestabilizadora. Lo apuntan a Ricardo Bussi, a José Ricardo Falú y a Julio César Aráoz. También responsabilizan a la prensa.
Los mismos obsecuentes sostienen que hay que salir a defender a Miranda a cualquier precio y a despotricar contra todos. Incluso llegaron a proponer que había que hacer una fuerza de choque y convocar una marcha a la misma hora y en el mismo lugar que aquellos que salieron a defender al fiscal Esteban Jerez. En realidad fueron por lo menos 10.000 almas (datos oficiales de la Policía) que salieron a decirle basta a un Gobierno vestidos con la Bandera argentina y no dejaron que ningún político capitalice sus reclamos. Le dijeron basta a un equipo que debe corregir conductas para sobrevivir. Las antinomias derivan en violencia inútil.
El consenso, el debate, el respeto por el prójimo y por la libertad le fueron exigidos al mirandismo desde distintos sectores y siempre los desoyó y los disfrazó de campañas en su contra.
Ayer, el emperador de Tucson vivió su peor día. Un importante sector de la sociedad perdió el miedo y el respeto, como en la antigua Roma, cuando se empezaron a ver las primeras llamas.
En poco más de dos años dilapidó todo. Confundió valores, desconoció respaldos y creyó que las instituciones de la provincia podían ser manejadas a su capricho. La democracia tucumana fue sufriendo una metamorfosis. Lentamente cayó en una autocracia (sistema de gobierno en que la voluntad de una sola persona es la suprema ley).
Alrededor del primer mandatario se fueron sentando figuras que nada tenían que ver con el mirandismo vernáculo. Adulones que fueron incapaces de entender críticas, de respetar oposiciones y a los que la perinola del poder siempre les caía en "toma todo".
La autocracia tucumana se tradujo en que o se era mirandista o antimirandista. En ese mar de confusiones, la proa del barco tomó ese rumbo y hoy el capitán se siente en el Titanic. Grandes sectores de la sociedad también se embarcaron en esa antinomia sin comprender que, si el barco se hunde, se ahogan todos.
La corte de adulones le hizo decir al gobernador que todo lo que vive Tucumán es producto de una gran conspiración desestabilizadora. Lo apuntan a Ricardo Bussi, a José Ricardo Falú y a Julio César Aráoz. También responsabilizan a la prensa.
Los mismos obsecuentes sostienen que hay que salir a defender a Miranda a cualquier precio y a despotricar contra todos. Incluso llegaron a proponer que había que hacer una fuerza de choque y convocar una marcha a la misma hora y en el mismo lugar que aquellos que salieron a defender al fiscal Esteban Jerez. En realidad fueron por lo menos 10.000 almas (datos oficiales de la Policía) que salieron a decirle basta a un Gobierno vestidos con la Bandera argentina y no dejaron que ningún político capitalice sus reclamos. Le dijeron basta a un equipo que debe corregir conductas para sobrevivir. Las antinomias derivan en violencia inútil.
El consenso, el debate, el respeto por el prójimo y por la libertad le fueron exigidos al mirandismo desde distintos sectores y siempre los desoyó y los disfrazó de campañas en su contra.
Ayer, el emperador de Tucson vivió su peor día. Un importante sector de la sociedad perdió el miedo y el respeto, como en la antigua Roma, cuando se empezaron a ver las primeras llamas.







