23 Abril 2002 Seguir en 
"Las mujeres tenemos fama de enamorarnos más del amor que del hombre que lo encarna, o más incluso de ese sentimiento extraño que, al aparecer en nuestra vida, sobresalta la imaginación y nos penetra en el alma casi sin nuestro permiso. Pero además, dicen los que estudian nuestra forma de comportarnos en el amor, también tenemos tendencia a buscar modelos de hombres con los cuales soñar, es decir, a hacer nuestros los mitos que pululan en la cultura que nos acoge, y exigir que así sea el hombre que amamos o decimos amar, el hombre que habrá de convertirse en nuestra pareja. O más alambicado aún, durante los primeros tiempos de la relación somos capaces incluso de atribuirle aquellas indispensables cualidades del mito.
De ahí que muchas veces, si nos tomáramos la molestia de mirarlo a él y olvidáramos esas cualidades que estamos empeñadas en exigirle, nos daríamos cuenta a primera vista de que, muy a pesar nuestro, no es lo que buscamos. En la naturaleza del hombre, en cambio, parece dominar la realidad; y para él no hay mito literario ni cinematográfico que resista la competencia de una mujer de carne y hueso.
Estos tópicos acompañan la vida sentimental y emocional de los humanos, tal como nos han sido transmitidos y tal como de un modo u otro los creemos y a nuestra vez los transmitimos porque, sin que nos demos cuenta ni los analicemos, ya han tomado carta de naturaleza. Como el mito de la exigencia doméstica de la mujer frente a la del hombre, o su necesidad de comentar, analizar, en una palabra, de hablar con la persona que comparte su vida. Pues bien, a partir de esos tópicos, y de muchos otros, Shirley Abbott se adentra con perspicacia y finura investigadora en su propio comportamiento para desbrozar el enmarañado acontecer de la realidad y de la fantasía en la larga y variada vida de las emociones de una mujer, no necesariamente una heroína, sino simplemente una mujer.
Amor, amoris arranca con el despertar del ansia mitificadora en los años más jóvenes, con las primeras lecturas que nutren la imaginación y conforman el gusto y vagamente el deseo, y con el despertar de la sexualidad; la misma sexualidad y sus inacabables posibilidades, vividas con el feroz apasionamiento con que cuenta la adolescente para desprenderse del armazón de la niñez. ¿Cómo entender, cómo interpretar ese sentimiento de atracción por lo desconocido que nos agobia hasta tal punto que confundimos el placer con el dolor? A los quince años, la vida entera gira en torno a una emoción tan desproporcionada y confundida en nuestro corazón que el rostro del ser amado está demasiado cerca para que podamos saber cómo es. Y ¿cómo soportar su ausencia cuando se va y desaparece para siempre lo único que hasta la fecha ha colmado nuestras incipientes ansias y apetitos? Nos queda mucho por descubrir, pero a esa edad adolescente no lo sabemos aún, y el mundo se nos viene abajo porque estamos seguras de que ya nada podrá consolarnos de la pérdida de esa experiencia con la que, y de la que habíamos extraído todo el jugo que la vida podía darnos. Y no se trata, no todavía por lo menos, del amor real con el que queremos compartir la cotidianeidad. No. Se trata del primer estadio de la pasión, de una pasión sin delimitar, sin definir, sin darle aún un lugar en nuestra vida".
De ahí que muchas veces, si nos tomáramos la molestia de mirarlo a él y olvidáramos esas cualidades que estamos empeñadas en exigirle, nos daríamos cuenta a primera vista de que, muy a pesar nuestro, no es lo que buscamos. En la naturaleza del hombre, en cambio, parece dominar la realidad; y para él no hay mito literario ni cinematográfico que resista la competencia de una mujer de carne y hueso.
Estos tópicos acompañan la vida sentimental y emocional de los humanos, tal como nos han sido transmitidos y tal como de un modo u otro los creemos y a nuestra vez los transmitimos porque, sin que nos demos cuenta ni los analicemos, ya han tomado carta de naturaleza. Como el mito de la exigencia doméstica de la mujer frente a la del hombre, o su necesidad de comentar, analizar, en una palabra, de hablar con la persona que comparte su vida. Pues bien, a partir de esos tópicos, y de muchos otros, Shirley Abbott se adentra con perspicacia y finura investigadora en su propio comportamiento para desbrozar el enmarañado acontecer de la realidad y de la fantasía en la larga y variada vida de las emociones de una mujer, no necesariamente una heroína, sino simplemente una mujer.
Amor, amoris arranca con el despertar del ansia mitificadora en los años más jóvenes, con las primeras lecturas que nutren la imaginación y conforman el gusto y vagamente el deseo, y con el despertar de la sexualidad; la misma sexualidad y sus inacabables posibilidades, vividas con el feroz apasionamiento con que cuenta la adolescente para desprenderse del armazón de la niñez. ¿Cómo entender, cómo interpretar ese sentimiento de atracción por lo desconocido que nos agobia hasta tal punto que confundimos el placer con el dolor? A los quince años, la vida entera gira en torno a una emoción tan desproporcionada y confundida en nuestro corazón que el rostro del ser amado está demasiado cerca para que podamos saber cómo es. Y ¿cómo soportar su ausencia cuando se va y desaparece para siempre lo único que hasta la fecha ha colmado nuestras incipientes ansias y apetitos? Nos queda mucho por descubrir, pero a esa edad adolescente no lo sabemos aún, y el mundo se nos viene abajo porque estamos seguras de que ya nada podrá consolarnos de la pérdida de esa experiencia con la que, y de la que habíamos extraído todo el jugo que la vida podía darnos. Y no se trata, no todavía por lo menos, del amor real con el que queremos compartir la cotidianeidad. No. Se trata del primer estadio de la pasión, de una pasión sin delimitar, sin definir, sin darle aún un lugar en nuestra vida".







