18 Octubre 2009 Seguir en 
Shakespeare y García Lorca, pero también Brecht y Molière. En ese orden, han sido los autores más adaptados en estas tierras, y si se tiene en cuenta el carácter de sus obras, ello nos informa que la comedia y el drama se han repartido -casi por igual- los escenarios tucumanos. Cuánto seducen los clásicos y por qué, son interrogantes que no han tenido una única respuesta en la historia. El diccionario afirma que "el autor o la obra que se tiene como modelo a imitar" acepta esta calificación. Asegurar que los clásicos tienen vigencia, es una generalidad; porque, en rigor, debiera afirmarse que se tratan de textos que siguen hablando en nuestra época; de diferentes modos, claro está. En un caso, pueden murmurar, susurrar casi, y en otros, hasta gritarnos; allí radicaría su vigencia. Lo clásico es lo que permanece, porque todavía tiene algo que decirnos, y hacernos decir. El tema es tan crucial, que uno de los grandes del teatro contemporáneo, como Bob Wilson, ha señalado que "la vanguardia consiste a menudo en redescubrir los clásicos". "Vivimos en una España que no nos deja ser", se escucha en la obra "Doña Rosita la soltera" (escrita en 1935), que tuvo, en 2006, una particular adaptación de Oscar Barney Finn en el Teatro San Martín. En la versión (que desató polémica), el director incorpora a la puesta al mismo García Lorca, como un personaje que comparte con Doña Rosita miedos y angustias en una sociedad que los ahoga. También la puesta escenográfica levantó polvareda, cuando el artista Alberto Negrín colocó una enorme plataforma en plano inclinado, ubicada en medio de un escenario absolutamente despojado de todo elemento decorativo. La puesta de "Doña Rosita la soltera" es, tal vez, el ejemplo más ilustrativo en los últimos tiempos de lo que estamos hablando. Un clásico de García Lorca que se desarrolla en una sociedad opresiva, que el director adapta libremente, al punto que incorpora un personaje (al autor) para que dialogue con su creación. Aquí sí se puede hablar de "Doña Rosita la soltera", de Barney Finn. Otras adaptaciones se recuerdan desde las puestas, que ciertamente prestaron a la obra un valor agregado, como fueron "Yerma" y "O", dirigidas por Jorge Gutiérrez; o el caso de "Las sirvientas" (de Jean Genet) a cargo del ya desaparecido grupo El Laboratorio. Igualmente, es obvio que no puede montarse un clásico como si se viviera en su tiempo, porque cada época lo interpreta y le otorga su sentido; si nos detenemos en este verbo, interpretar, se hace evidente que la puesta de una obra de Shakespeare o de García Lorca, no es una representación ni una traducción de ella, sino su transformación. Es que finalmente, con las artes en vivo, por más que se insista la repetición es imposible.
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