Mostrar las cosas como nos parece que son

Por Leonardo Goloboff - Dramanturgo y Director.

18 Octubre 2009
En mis más de 50 años de actividad sólo me atreví a faltar el respeto a cuatro clásicos: "Historia de Vascó", de Shéhadé; "Tío Vania", de Chèjov; "Don Chicho", de Novión; y "Babilonia", de Armando Discépolo. Y digo "faltar el respeto" porque sigo pensando -a pesar de muchos y de mí mismo- que para adaptar un clásico debería hacérselo al mismo nivel de creatividad y de belleza con que fue concebido el original. Este, por cierto, no habrá sido mi caso.
Lo que me hizo acercar a esos textos fue, en general, la atracción por la vigencia de sus contenidos. Así, por ejemplo, en una carta que dirigía al elenco de "Tío Vania", allá por 2000, decía a los actores: "¿por qué elegí 'Tío Vania' y qué quiero expresar a través de la obra? Yo quisiera contar, gracias a Chèjov, de la mano de Chèjov, la sencilla historia de una clase social en extinción, pero contarla con piedad, con la misma comprensión, la misma mirada dolorida y el desgarrado afecto que yo quisiera para cuando -dentro de cien años, como dice uno de los personajes- alguien se acuerde de lo que fuimos, de lo que no pudimos... o de lo que no supimos ser, también nosotros, como clase".
Tímidamente, también en este ejemplo, sólo me atreví a transformar en acción los soliloquios (para mí un recurso envejecido), a reemplazar alguna página por un conjunto de imágenes equivalentemente expresivas y a trasladar el tú o la mayestática propia de las traducciones españolas a nuestro mucho más coloquial y comunicativo voseo. Esto último, a algunos les produjo cierto ruido, pero la mayoría lo celebró y lo agradeció.
A mi juicio, lo fundamental pasa no por la posibilidad de servirme de un clásico para exhibir un ejercicio de estilo, sino por la producción de sentido. Y este, en un clásico, viene dado. Quizás sea por esto por lo que ha permanecido como tal. Lo único que intento hacer yo es reforzar determinadas líneas, echar alguna luz sobre las relaciones causales y, siguiendo a Brecht, "mostrar no cómo son las cosas en la realidad sino cómo nos parece que son en realidad". Por otra parte, debo decir que jamás encaro un texto, clásico o contemporáneo, que no sienta que me representa, que me expresa, que podría suscribir y que me encantaría poder firmar si no hubiese sido ya creado por otro de quien, no sin cierta envidia, finalmente siempre termino por ser instrumento alborozado.

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