09 Septiembre 2009 Seguir en 
Mientras golpeaba y asesinaba a su esposa, Pablo Antonio Amín seguía las órdenes de voces alojadas adentro de su cabeza. Eso es lo que sugirió el psicólogo Luis Seiffe, ex jefe del Instituto de Criminología del penal de Villa Urquiza, al declarar esta mañana en la tercera jornada del juicio oral que se le sigue al santiagueño.
Ante los jueces Emilio Herrera Molina, Alberto Piedrabuena y Emilio Páez de la Torre, el experto manifestó que el 27 de octubre de 2007, cuando se produjo el crimen, Amín sufrió una psicosis paranoica. "Estaba bajo el influjo de unas voces que le decían lo que tenía que hacer", detalló.
Seiffe fue más allá: señaló que la enfermedad mental diagnosticada al homicida no se modifica con el paso del tiempo. Consideró, empero, que el asesinato se podría haber evitado si se advertían las conductas extrañas que mostró antes de ultimar a María Marta Arias. "Creo que Amín no está simulando", afirmó.
Interminables desvaríos
Durante la instrucción, Amín le relató a la fiscala Adriana Reinoso Cuello lo que pasó el día del crimen. El 27 de octubre llegó a la provincia con su mujer para participar de un congreso de la firma Herbalife, para la que ambos trabajaban. Ese sábado, el hombre tuvo un comportamiento errático: subió y bajó compulsivamente de vehículos, tomó agua bendita de una jarra en la Catedral, pretendió que lo bautizaran, corrió entre los autos en inmediaciones de la plaza Independencia y luego se tiró sobre el capot de una camioneta de la Policía.
Los agentes lo llevaron al Hospital Centro de Salud y desde allí, luego de ser examinado por un médico, regresó al hotel. A las 2 subió a la habitación 514 y se acostó junto a su mujer. Como él no quiso declarar, se leyó lo que le había dicho Amín a la fiscala. "Mientras estaba acostado me puse sobre ella y comencé a apretarle el cuello con las manos con todas mis fuerzas", relató en esa oportunidad. Luego, mientras Arias agonizaba, la cortó los párpados con un bisturí y después le arrancó los ojos con las manos. Tras esto sacó el cuerpo de la habitación y lo arrastró hasta el primer piso, donde lo descubrieron los empleados del hotel.
El lunes pasado, durante los 20 minutos que duró la lectura de los hechos Amín, demostró que sabía de lo que se hablaba. Al menos dos veces se paró de su asiento y sin dejar de gesticular dijo "yo hice esto". Incluso cuando se describió el estrangulamiento, hizo el típico gesto con las manos como apretando un cuello. "¡Si señor!", casi gritó cuando remarcaron que no dejaba de patear el cuerpo exánime de su compañera. Continuamente les hablaba a sus abogados Roberto Flores y Martín Zottoli y refutaba por lo bajo la opinión de los fiscales Marta Jerez de Rivadeneira y Daniel Marranzino, y del representante de la querella, Mario Leiva Haro.
Ayer, en la segunda jornada de las audiencias, Amín amenazó de muerte a un hermano de la víctima; balbuceó un sinfín de palabras (en inglés y en español) e interrumpió a abogados y testigos con sus interminables desvaríos.
Luego de echarlo del recinto otra vez, tal como había sucedido el lunes, los miembros de la sala II de la Cámara Penal se abocaron a tratar de dilucidar qué harán con él. Se dieron cuenta que ni en el penal de Villa Urquiza ni en el Hospital Psiquiátrico Obarrio, dos posibles destinos del imputado, quieren (o pueden) hacerse cargo.
En el Obarrio no tienen infraestructura para contenerlo, y en la cárcel no hay especialistas suficientes. Eduardo Núñez Campero, director del Instituto de Criminología del penal, y Nélida Romano, directora del nosocomio, difirieron en sus consideraciones acerca de la salud mental del imputado. Núñez Campero dijo que está loco, y Romano lo negó.
Las integrantes de una junta médica afirmaron que Amín sufre trastornos de personalidad que no le impiden saber lo que está bien y lo que está mal. "Es consciente de sus actos", indicó la psicóloga Gabriela Serrano. LA GACETA ©
Ante los jueces Emilio Herrera Molina, Alberto Piedrabuena y Emilio Páez de la Torre, el experto manifestó que el 27 de octubre de 2007, cuando se produjo el crimen, Amín sufrió una psicosis paranoica. "Estaba bajo el influjo de unas voces que le decían lo que tenía que hacer", detalló.
Seiffe fue más allá: señaló que la enfermedad mental diagnosticada al homicida no se modifica con el paso del tiempo. Consideró, empero, que el asesinato se podría haber evitado si se advertían las conductas extrañas que mostró antes de ultimar a María Marta Arias. "Creo que Amín no está simulando", afirmó.
Interminables desvaríos
Durante la instrucción, Amín le relató a la fiscala Adriana Reinoso Cuello lo que pasó el día del crimen. El 27 de octubre llegó a la provincia con su mujer para participar de un congreso de la firma Herbalife, para la que ambos trabajaban. Ese sábado, el hombre tuvo un comportamiento errático: subió y bajó compulsivamente de vehículos, tomó agua bendita de una jarra en la Catedral, pretendió que lo bautizaran, corrió entre los autos en inmediaciones de la plaza Independencia y luego se tiró sobre el capot de una camioneta de la Policía.
Los agentes lo llevaron al Hospital Centro de Salud y desde allí, luego de ser examinado por un médico, regresó al hotel. A las 2 subió a la habitación 514 y se acostó junto a su mujer. Como él no quiso declarar, se leyó lo que le había dicho Amín a la fiscala. "Mientras estaba acostado me puse sobre ella y comencé a apretarle el cuello con las manos con todas mis fuerzas", relató en esa oportunidad. Luego, mientras Arias agonizaba, la cortó los párpados con un bisturí y después le arrancó los ojos con las manos. Tras esto sacó el cuerpo de la habitación y lo arrastró hasta el primer piso, donde lo descubrieron los empleados del hotel.
El lunes pasado, durante los 20 minutos que duró la lectura de los hechos Amín, demostró que sabía de lo que se hablaba. Al menos dos veces se paró de su asiento y sin dejar de gesticular dijo "yo hice esto". Incluso cuando se describió el estrangulamiento, hizo el típico gesto con las manos como apretando un cuello. "¡Si señor!", casi gritó cuando remarcaron que no dejaba de patear el cuerpo exánime de su compañera. Continuamente les hablaba a sus abogados Roberto Flores y Martín Zottoli y refutaba por lo bajo la opinión de los fiscales Marta Jerez de Rivadeneira y Daniel Marranzino, y del representante de la querella, Mario Leiva Haro.
Ayer, en la segunda jornada de las audiencias, Amín amenazó de muerte a un hermano de la víctima; balbuceó un sinfín de palabras (en inglés y en español) e interrumpió a abogados y testigos con sus interminables desvaríos.
Luego de echarlo del recinto otra vez, tal como había sucedido el lunes, los miembros de la sala II de la Cámara Penal se abocaron a tratar de dilucidar qué harán con él. Se dieron cuenta que ni en el penal de Villa Urquiza ni en el Hospital Psiquiátrico Obarrio, dos posibles destinos del imputado, quieren (o pueden) hacerse cargo.
En el Obarrio no tienen infraestructura para contenerlo, y en la cárcel no hay especialistas suficientes. Eduardo Núñez Campero, director del Instituto de Criminología del penal, y Nélida Romano, directora del nosocomio, difirieron en sus consideraciones acerca de la salud mental del imputado. Núñez Campero dijo que está loco, y Romano lo negó.
Las integrantes de una junta médica afirmaron que Amín sufre trastornos de personalidad que no le impiden saber lo que está bien y lo que está mal. "Es consciente de sus actos", indicó la psicóloga Gabriela Serrano. LA GACETA ©









