Con la obra "Acassuso" las maestras se hacen una fiesta

En una entrevista con este diario, Rafael Spregelburd habló sobre su extensa producción.

RAFAEL SPREGELBURD. El director y actor reveló que en su dramaturgia trata lo banal y lo maravilloso como si fueran la misma cosa.
RAFAEL SPREGELBURD. El director y actor reveló que en su dramaturgia trata lo banal y lo maravilloso como si fueran la misma cosa.
22 Agosto 2009
"Los temas cotidianos no son un signo muy omnipresente en mi dramaturgia. Sí hay un tratamiento de lo banal y de lo maravilloso como si se trataran de la misma cosa, a la vuelta de la esquina. Lo raro en mis obras es tratado igual que lo cotidiano. La mezcla es inquietante. Es la cercanía de lo ?otro? lo que me preocupa", señala Rafael Spregelburd cuando se le pregunta por su vasta producción.
Director, autor, actor y traductor, pertenece a la generación que ha abordado el teatro desde otra mirada, y ha podido posicionarlo a nivel internacional, alejado tanto del costumbrismo como del realismo, en un terreno de experimentación permanente. Por eso sostiene que los problemas que enfrenta en su producción "suelen ser casi siempre propuestas formales (y no temáticas): nuevas maneras de dar forma a lo que es pura intuición, territorio del sentido, mapa de lo no conocido. Quiero que mis mundos me sorprendan. Soy el primer espectador incauto atrapado por aquello que pasa en mis obras".
Spregelburd es uno de los autores más representados en el país, y esta noche, en la apertura de la Fiesta Provincial del Teatro (a las 22 en el teatro San Martín) se pondrá la obra "Acassuso", escrita y dirigida por él. Precisamente, en la entrevista con este diario, la primera pregunta giró en torno a esta historia.

-En tus decenas de trabajos, ¿qué lugar ocupa "Acassuso"?
- Uno bastante atípico. Ultimamente he podido optar por una alternativa curiosa: diversifico mi trabajo. Dado que creo en muchas soluciones diferentes a la vez para los problemas que me presenta el teatro, me he visto en muchos casos escribiendo o dirigiendo hasta cinco espectáculos a la vez (todos muy lentos y con largos procesos de ensayos) y en todos ellos he intentado probar algún mecanismo singular y diferente. Frente al supuesto hermetismo que a veces ha sobrevolado como una acusación medio provisoria sobre algunas obras mías, como "Raspando la cruz" o "La paranoia", "Acassuso" ha terminado representando azarosamente una salida muy popular, tremendamente eficaz en su tono de comedia, y al mismo tiempo -para muchos- una pesadilla por el horror de lo que plantea en términos más inmediatos o sociales. No hubo en "Acassuso" ninguna intención a priori de bosquejar una crítica al sistema educativo argentino, que como todo el mundo sabe, está en ruinas. Pero ante la presión de miles de espectadores que creen que la obra es eso, me disculpo diciendo que tal vez lo que haya en esta obra sea una exacerbación del concepto de la "utopía negativa". La escuela en el mundo real y la escuela en esta obra pelean una batalla ontológica: alguna de las dos debe ser falsa. Porque si la escuela es eso que la obra pinta (con tanta crudeza y tanto humor, es cierto) entonces habrá que hacer algo para que este monstruo no ocupe el lugar de la escuela. La obra ha venido haciendo las delicias de muchos maestros y maestras, que ríen un buen rato y después se angustian hasta el llanto. Hemos recibido cartas conmovedoras de espectadores anónimos que manifiestan que la obra les ha abierto los ojos para volver a verse, ya que el arduo cotidiano los tiene acostumbrados a un horror que no admite reflexión. Yo me asombro mucho ante estas reacciones, ya que sólo nos propusimos algo mucho más chico: crear buen teatro. Pero a ninguno de nosotros nos dejan intactos estas devoluciones, que vienen siempre desde el alma de algo que para nosotros es un problema a ser resuelto fuera del ámbito del teatro. Nuestra humilde obra no va a cambiar el curso de las cosas en materia de educación pública. Así que -por lo menos- seremos feroces y desarrapados. Ya otros harán -quizás movidos por la urgencia de responder a esta utopía negativa- lo que haya que hacer en el ámbito preciso.

-Sonará antiguo, pero ¿hay musas que te inspiran?
-Siempre hay musas, claro, pero el problema es que no dan la cara. Por eso uno no tiene más opción que formarse con mucho rigor en una dirección más o menos "técnica". Eso que vos llamás aquí "musa" es tal vez un matiz, un generador de inquietud, una sutileza de comprensión, de significado, que -por no poder ser expresado en términos racionales- genera en los espíritus artísticos la necesidad de dar con una forma que lo exprese. A veces con más éxito, a veces con menos.

-¿Tenés un programa de construcción dramática, de escritura?
-No tengo uno, tengo mil. Tantos como obras vaya a escribir en lo corta que es la vida.

Un actor que se tienta y se escapa hacia la dirección

Rafael Spregelburd confiesa que lo que más le gusta es actuar, y a renglón seguido cuenta la cantidad de películas en las que ha participado en estos últimos años. De las más recientes, vale recordar su trabajo en "Música en espera", que fue protagonizada por Natalia Oreiro y Diego Peretti. También relata que cuando actúa y dirige en la misma obra, el resto del equipo le tiene que tener un plus de paciencia. Igualmente, se refirió al denominado "teatro fractal".

-¿Cómo marcás a tus actores en la tarea de dirección?
- Huy, "marcar" suena a yerra, o a restaurante de minutas. "¡Tengo a Pilar Gamboa ya marcada para la mesa cuatro! ¡Marche una Emma Rivera a punto para la catorce". No, no sé. El trabajo de las marcaciones del actor no es el más importante. La marca es apenas la prisión dentro de la cual el actor (por su técnica) podrá ser libre para atravesarse hacia otras dimensiones y hacer de su actuación un medio de cosas desconocidas. Tal vez la única marcación que reconozca es aquella que machaca sobre lo que es orgánico: lo que debe organizarse de manera vital, no coreográfica. El orden no es producto de la marca que proviene de afuera, sino de las necesidades internas que pactamos con los intérpretes. Después, los actores -cuando son sensibles- saben comprender solos, y los tiempos, ritmos y escenas se arman solos si uno es muy respetuoso de las reglas complejas de lo "vivo" sobre el escenario.

-¿Dónde te encontrás más cómodo: como autor, como actor, como director o como traductor?

-¿Cómodo? De vacaciones en el Brasil. Pero si debo elegir entre las cuatro formas de tortura autoinfligidas que me proponés, creo que lo que más me gusta es actuar. El desplazamiento reciente que vengo realizando hacia el cine (donde he venido actuando asiduamente en muy diversas películas de otros: "La ronda", "Historias extraordinarias", "Agua y sal", "Floresta, "El hombre de al lado", "Música en espera") es sobre todo producto de mis ganas de actuar sin tener que hacerme cargo de la abrumadora totalidad, que es lo que me ocurre en los trabajos donde dirijo y escribo.

-En tus obras, en las que actuás y dirigís, ¿cómo es tu proceso de trabajo?
-Es igual que en las que no actúo. Sólo que los demás actores me deben tener un plus de paciencia. A veces me salgo de la obra, pongo a un asistente a hacer "mi parte", para poder ordenar aspectos más o menos objetivos de la escena, pero luego vuelvo a meterme en mi rol, y todos hacemos lo que podemos. Lo hago sobre todo en el enorme espíritu de confianza que me significa mi grupo, El Patrón Vázquez (Andrea Garrote, Mónica Raiola, Pablo Seijo, Alberto Suárez).

-¿Qué es el teatro fractal?
-Ya me gustaría saberlo. Por ahora es un buen título cada vez que doy un taller. Pero no hago más que tratar de investigarlo con cada nuevo movimiento. En principio tiene que ver con un concepto prestado de la mal llamada "teoría del caos". El fractal es una forma geométrica que (a diferencia de las formas de la geometría euclidiana -el círculo, el triángulo, etc.-) posee dos cualidades fabulosas: el infinito detalle y la autosimilitud en diferentes escalas.

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