21 Agosto 2009 Seguir en 
Es tan alto que dan ganas de ir en cóndor. Por encima de los picos montañosos del cerro Muñoz, en Tafí del Valle, el ave más grande del mundo se pasea señorial como un sereno guardián del cielo, mientras abajo, un mantel congelado se forma al pie de la cascada como una mesa servida por la naturaleza.
Los carámbanos (bloques de hielo) adquieren formas puntiagudas en las paredes rocosas, a los costados de la caída de agua, que se muestra más vanidosa todavía en medio de las montañas. Ni siquiera el sol del mediodía puede derretir el hielo que parece obstinado en mantener tanta belleza acumulada.
Muy pocos tucumanos conocen el lugar, que puede visitarse incluso en esta época invernal, aunque es preferible elegir los días soleados para emprender la caminata y no tener que cruzarse con las nubes espumosas a 2.700 metros sobre el nivel del mar.
Los europeos son mayoría entre quienes se deciden a esta excursión que requiere un esfuerzo físico y no es recomendable para los niños. El afán por llegar se siente en las pantorrillas, se percibe en los pulmones, se puede palpar en la planta de los pies, se oye en la respiración y se nota hasta en el sudor de la frente.
Con argucia literaria, los guías suelen decirles a los turistas: "mucho tiempo después recordarán aquella tarde remota en Tucumán, donde los llevamos a conocer el hielo". En el trayecto a la cascada es posible cruzarse con guanacos que forman rebaños de cinco a ocho hembras con sus crías y un solo macho. De repente saltan por las rocas las tarucas (venados andinos) que clavan sus pezuñas adaptadas para marchar por los terrenos ríspidos. Son fácilmente reconocibles porque poseen cuernos de unos 30 centímetros que concluyen en una bifurcación. El territorio también es apto para los chinchillones (roedor del tamaño de un conejo, pero con una cola peluda), aunque es más difícil hallarlos porque aparecen y se pierden con la velocidad de un relámpago.
El más pintoresco es el carpintero andino, que vive en las cuevas de piedra; lo mismo que la víbora de la cruz, una especie parecida a la yarará, pero con una cruz en la cabeza a la que debe su nombre popular. La travesía sigue en ascenso hasta llegar a lo más alto de la cascada, pero de pronto la naturaleza se guarda una sorpresa para los aventureros: arriba de la cascada hay otra más y, por encima de esta, otra más, como los eslabones de una cadena unidos por un hilo de agua helada.
Donde el oxígeno escasea, sólo crece un árbol llamado "quiñoa", que posee una corteza rojiza que se descascara como una cebolla.
La travesía dibuja un semicírculo. No se repite el camino y en cada kilómetro se descubre un paisaje nuevo. En la cumbre es el momento de disfrutar de una "picadita" de quesos y frutas para recuperar fuerzas. Después del mediodía comienza el descenso por la zona conocida como Santa Cruz hasta llegar a la escuela, cerca de Rodeo Grande. Deslumbrados, pero extenuados, algunos quisieran bajar en cóndor.
Al regresar de la cascada, rumbo a la villa de Tafí el paisaje se transforma. Queda atrás la selva rocosa y se abre un extenso valle que atesora el menú de las ovejas y de los equinos, que deambulan por "El Puestito" hasta un rato antes de que caiga el sol.
Casi en el aire
Los guías ofrecen rápel (sistema de descenso por medio de cuerdas) a los visitantes. De ese modo es posible ver la cascada desde las alturas, casi suspendido en el aire. Carlos Juárez, profesor de Geografía, es un experto escalador que ayuda a perder el miedo para animarse a la aventura de experimentar la sensación de volar en la superficie vertical de las montañas.
El señor de los atajos
Un baqueano del cerro Muñoz avanza por los senderos de la montaña como si estuviese caminando por una peatonal. A unos 2.700 metros sobre el nivel mar no demuestra cansancio y su sonrisa es una prueba de que se puede llegar a la cascada. "Nada más hay que tenerle respeto a la montaña", aconseja.
Los carámbanos (bloques de hielo) adquieren formas puntiagudas en las paredes rocosas, a los costados de la caída de agua, que se muestra más vanidosa todavía en medio de las montañas. Ni siquiera el sol del mediodía puede derretir el hielo que parece obstinado en mantener tanta belleza acumulada.
Muy pocos tucumanos conocen el lugar, que puede visitarse incluso en esta época invernal, aunque es preferible elegir los días soleados para emprender la caminata y no tener que cruzarse con las nubes espumosas a 2.700 metros sobre el nivel del mar.
Los europeos son mayoría entre quienes se deciden a esta excursión que requiere un esfuerzo físico y no es recomendable para los niños. El afán por llegar se siente en las pantorrillas, se percibe en los pulmones, se puede palpar en la planta de los pies, se oye en la respiración y se nota hasta en el sudor de la frente.
Con argucia literaria, los guías suelen decirles a los turistas: "mucho tiempo después recordarán aquella tarde remota en Tucumán, donde los llevamos a conocer el hielo". En el trayecto a la cascada es posible cruzarse con guanacos que forman rebaños de cinco a ocho hembras con sus crías y un solo macho. De repente saltan por las rocas las tarucas (venados andinos) que clavan sus pezuñas adaptadas para marchar por los terrenos ríspidos. Son fácilmente reconocibles porque poseen cuernos de unos 30 centímetros que concluyen en una bifurcación. El territorio también es apto para los chinchillones (roedor del tamaño de un conejo, pero con una cola peluda), aunque es más difícil hallarlos porque aparecen y se pierden con la velocidad de un relámpago.
El más pintoresco es el carpintero andino, que vive en las cuevas de piedra; lo mismo que la víbora de la cruz, una especie parecida a la yarará, pero con una cruz en la cabeza a la que debe su nombre popular. La travesía sigue en ascenso hasta llegar a lo más alto de la cascada, pero de pronto la naturaleza se guarda una sorpresa para los aventureros: arriba de la cascada hay otra más y, por encima de esta, otra más, como los eslabones de una cadena unidos por un hilo de agua helada.
Donde el oxígeno escasea, sólo crece un árbol llamado "quiñoa", que posee una corteza rojiza que se descascara como una cebolla.
La travesía dibuja un semicírculo. No se repite el camino y en cada kilómetro se descubre un paisaje nuevo. En la cumbre es el momento de disfrutar de una "picadita" de quesos y frutas para recuperar fuerzas. Después del mediodía comienza el descenso por la zona conocida como Santa Cruz hasta llegar a la escuela, cerca de Rodeo Grande. Deslumbrados, pero extenuados, algunos quisieran bajar en cóndor.
Al regresar de la cascada, rumbo a la villa de Tafí el paisaje se transforma. Queda atrás la selva rocosa y se abre un extenso valle que atesora el menú de las ovejas y de los equinos, que deambulan por "El Puestito" hasta un rato antes de que caiga el sol.
Casi en el aire
Los guías ofrecen rápel (sistema de descenso por medio de cuerdas) a los visitantes. De ese modo es posible ver la cascada desde las alturas, casi suspendido en el aire. Carlos Juárez, profesor de Geografía, es un experto escalador que ayuda a perder el miedo para animarse a la aventura de experimentar la sensación de volar en la superficie vertical de las montañas.
El señor de los atajos
Un baqueano del cerro Muñoz avanza por los senderos de la montaña como si estuviese caminando por una peatonal. A unos 2.700 metros sobre el nivel mar no demuestra cansancio y su sonrisa es una prueba de que se puede llegar a la cascada. "Nada más hay que tenerle respeto a la montaña", aconseja.
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