Un verdadero anticlímax

Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción de LA GACETA.

TENSION. González, Norry, Cambón y Di Lullo, en una escena de la pieza.
TENSION. González, Norry, Cambón y Di Lullo, en una escena de la pieza.
21 Agosto 2009

En 1983 habíamos conformado con Carlos Olivera el Teatro del Centro, una cooperativa teatral que en esa temporada concretó dos estrenos en la sala de la Biblioteca Alberdi: "La fiaca", de Ricardo Talesnik, y "Trampa para un hombre solo", de Robert Thomas. Esta última es una pieza policial inteligentemente construida, en la que poco a poco se le van revelando al espectador los elementos de la trama que conducen a un sorprendente final. Olivera había insistido mucho durante los ensayos en ese crescendo dramático y había trabajado cuidadosamente todos los aspectos de la puesta en escena para que el público fuera descubriendo cada uno de los detalles en el momento preciso.
Trabajábamos en una vistosa escenografía que había diseñado Alberto Lombana, a la que Alberto Díaz había enriquecido con una gran cantidad de lujosos elementos de utilería. La acción transcurre en una cabaña ubicada en los Alpes, por lo que otra de nuestras preocupaciones fue la de presentar un vestuario acorde con el buen pasar económico de los personajes. Tuvimos la suerte de conseguir algunos de los trajes a préstamo del vestuario del Teatro Estable de la Provincia, por lo que pudimos proponer un espectáculo muy pulcro en el aspecto visual.
En una de las escenas, Corban (el personaje que yo interpretaba) está a solas en el escenario, de cara al público; por una puerta en el fondo de la escenografía ingresa el personaje que encarnaba Mara Norry; esta es una misteriosa mujer que pretende ser la esposa de Corban, a quien este ha denunciado como desaparecida. En la puesta de Olivera, Mara avanzaba en silencio, con aire amenazador, hacia mi personaje, que no podía verla hasta que estaba a un par de pasos. La tensión debía ir en aumento hasta que Corban giraba la cabeza y la mujer cambiaba instantáneamente su actitud para asumir la de una esposa amante y afligida.
En una de las funciones, Mara avanzaba hacia mí y el silencio que reinaba en la platea marcaba claramente la tensión del público... hasta que una señora que estaba en una de las primeras filas exclamó: "¡Qué hermosos zapatos!", en referencia al vistoso calzado de la actriz. El murmullo y algunas risas ahogadas que se escucharon en la sala nos hicieron pensar que tal vez nos habíamos excedido con el lujoso vestuario.

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