Miles de almas bailaron al ritmo de las chacareras

La Banda fue escenario de una nueva edición del cumpleaños de dona María Luisa Paz de Carabajal. Asistieron 10.000 personas. Imágenes y Video.

ENCUENTRO. El cumpleaños de doña María Luisa Paz reunió a todos sus hijos y nietos. LA GACETA / DAVID CORREA
ENCUENTRO. El cumpleaños de doña María Luisa Paz reunió a todos sus hijos y nietos. LA GACETA / DAVID CORREA
17 Agosto 2009
Este fin se semana la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, se vistió de chacarera para conmemorar una nueva edición del tradicional cumpleaños de doña María Luisa Paz de Carabajal, que el sábado 15 habría festejado sus 108 años.

La popular fiesta se realizó ayer en el barrio Los Lagos, situado a cinco minutos del centro bandeño. Mucho antes de llegar al patio de la casa en donde doña María Luisa y don Rosario Francisco Carabajal criaron a sus 12 hijos varones, se advertía por qué el lugar se convirtió en "La Meca" de los amantes del folclore.

El silencio (hijo de siesta) abandonó por unas horas el lugar y trocó por un ir y venir de grandes y chicos de ojos negros y pelos duros por la tierra que sobrevoló la zona, debido a la presencia permanente de miles de personas.  En los alrededores, las calles aún son de tierra -aseguran que por expreso pedido de los Carabajal-.

Este año, el encuentro tuvo su punto de partida el miércoles 12 porque Cuty logró un sueño: los Carabajal ingresaron al Libro Guiness de los Récords de la mano de la primera Maratón Nacional de la Chacarera, al interpretar 200 artistas, durante 36 horas ininterrupidas, temas del tradicional repertorio popular.

Los visitantes llegaron el domingo con las primeras horas del día. Al mediodía, era ya imposible caminar en la casa de doña María Luisa y don Rosario, cuna de 365 Carabajal. Del otrora patio de tierra, el solar sólo conserva un inmeso ejemplar de chañar rodeado de apenas dos metros de piso natural. El resto fue convertido en un inmeso comedor en donde se ofrecieron exquisitos platos tradicionales, como chivito al horno, empanadas y asado.

Otro singular hecho fue la inauguración del museo familiar "Don Francisco Rosario Carabajal", en donde Cuty y Graciela oficiaron de guías a los embelezados curiosos que siguieron sus relatos e historias con mucha atención. La habitación está cubierta de tapas de discos de vinilo, fotos antiguas, trajes de los primeros grupos, pergaminos, placas y pinturas de Peteco realizadas por él mismo.

La llegada de éste al patio se asemejó al ingreso de una estrella, aunque de fuerte raigambre nacional y popular. Todos querían un autógrafo, una foto o simplemente un beso. El músico, amable, se sometió sin malestar a este ritual por el que antes pasó Roberto.

Fuera de la casa, las calles eran lo más parecido a un "hormiguero humano". En medio de puestos de ventas de artesanías, de baratijas y de comidas regionales (en cuyas parrillas se mezclaban el asado, el chivito, las empanadas, las milanesas y el pan casero), los santiagueños y amantes del folclore provenientes del Norte se fundieron con las rastas y los pelos largos de chicos y chicas en los que se advertían tonadas cordobesas, porteñas, santafesinas y hasta la de algún rubio extranjero. La fiesta los unió.

A las 17.30 el lugar estalló. A esa hora subió la familia al escenario. Encabezados por Peteco, Cuty, Roberto, Graciela, Roxana, Demi y Musha, desgranaron un frenesí de chacareras que deliraron a las casi 10.000 almas presentes. El ritual, lejos de un tradicional festival, se asemejó más al entusiasmo de los encuentros de bandas de rock.

El clímax del encuentro se produjo minutos antes de que se cumpliera la hora exacta de permanencia en el escenario, cuando comenzaron a sonar los acordes del casi un himno de esta fiesta. "Nadie bailó la zamba de ayer / como lo hacía mi abuela / si me parece verla / pañuelo al aire volar / si me parece verla / en las trincheras..."

Todos las voces todas, manos y pañuelos en alto, acompañaron "Mi abuela bailó la zamba" de Peteco y su padre Carlos, recientemente fallecido. Cuando finalizó nadie se movió y le arrancaron algunas chacareras más a la familia. Luego la noche fue apagando lentamente la fiesta que se extendió hasta la madrugada. Sólo en ese momento, el silencio y la tranquilidad pudieron regresar. LA GACETA ©

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