02 Agosto 2009 Seguir en 
A esta altura estoy ya convencido de que la categoría genérica "espectador de teatro" no existe. Existen sí distintos espectadores, así como existen distintas personas y personalidades.
Lo que sí puedo afirmar en nueve años trabajando aquí es que el público tucumano promedio, a riesgo de incurrir en generalizaciones que me contradicen, tiene una buena frecuentación en materia de artes y cultura y una afinada formación crítica.
En nuestro espectáculo actual ("Coser para afuera, un oficio de alto riesgo"), entregamos un volantito con el comprobante de la entrada.
Allí recordamos la necesidad de que se apaguen los celulares (el enemigo principal de toda obra) y desde junio no hemos tenido una sola interferencia. Mi sensación es que son los mismos espectadores los que más se ocupan de preservar su propio ámbito de escucha y goce.
Los pocos comentarios que a veces nos llegan desde la platea, lejos de perturbarnos, nos estimulan. Por otra parte, hemos experimentado que el respeto de los espectadores por lo que ocurre en la escena lo generamos nosotros, con el interés que seamos capaces de suscitar y mantener.
Cuando la gente decide venir, se prepara, se moviliza, llega, paga una entrada, recibe el programa de mano y se ubica, está sellando un pacto. Consiste en renovar nada menos que un ritual de comunión que lleva milenios.
¿Cómo nos puede molestar si emiten signos que nos recuerdan su condición de seres vivos? Así nos sentimos nosotros, cada noche, gracias a ellos. Si tuviéramos menos pudor, besaríamos a cada espectador y le tomaríamos la mano. Como en la iglesia. Si bien hay diferencias, no han de ser tantas porque el teatro, a despecho de crisis y pandemias, sigue convocando fieles todavía.
Lo que sí puedo afirmar en nueve años trabajando aquí es que el público tucumano promedio, a riesgo de incurrir en generalizaciones que me contradicen, tiene una buena frecuentación en materia de artes y cultura y una afinada formación crítica.
En nuestro espectáculo actual ("Coser para afuera, un oficio de alto riesgo"), entregamos un volantito con el comprobante de la entrada.
Allí recordamos la necesidad de que se apaguen los celulares (el enemigo principal de toda obra) y desde junio no hemos tenido una sola interferencia. Mi sensación es que son los mismos espectadores los que más se ocupan de preservar su propio ámbito de escucha y goce.
Los pocos comentarios que a veces nos llegan desde la platea, lejos de perturbarnos, nos estimulan. Por otra parte, hemos experimentado que el respeto de los espectadores por lo que ocurre en la escena lo generamos nosotros, con el interés que seamos capaces de suscitar y mantener.
Cuando la gente decide venir, se prepara, se moviliza, llega, paga una entrada, recibe el programa de mano y se ubica, está sellando un pacto. Consiste en renovar nada menos que un ritual de comunión que lleva milenios.
¿Cómo nos puede molestar si emiten signos que nos recuerdan su condición de seres vivos? Así nos sentimos nosotros, cada noche, gracias a ellos. Si tuviéramos menos pudor, besaríamos a cada espectador y le tomaríamos la mano. Como en la iglesia. Si bien hay diferencias, no han de ser tantas porque el teatro, a despecho de crisis y pandemias, sigue convocando fieles todavía.
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