22 Abril 2002 Seguir en 
"Hace más de 2.000 años que los judíos son perseguidos y nadie, ni siquiera sus perseguidores, sabe por qué. Ni los cristianos, que después de diecisiete siglos de exacciones han renunciado al pretexto del ?pueblo deicida?, y, proclamando a los judíos inocentes de un asesinato, se acusan ellos mismos, retrospectivamente, de cientos de miles de asesinatos gratuitos, pretendiendo disculparse en unos pocos párrafos. Tampoco los nazis y sus detestables herederos, cuyos discursos racistas no invocaban y no invocan, como motivo para el odio al judío, más que el concepto, científicamente necio de la pureza de la raza. Pues no existe una raza alemana, ya que Alemania, como todos los países del mundo, ha sufrido repetidas invasiones a través de los siglos. Además, la ciencia ha demostrado que una raza pura, lamentablemente, habría degenerado como consecuencia del empobrecimiento de su pool genético. Sólo hay una raza humana, una e indivisible. Una raza pura sería una raza de cretinos. Quizás los defensores de ese concepto tengan razón al sostener que ellos son de raza pura... Nadie ha podido aportar un comienzo de explicación al odio fundamental, visceral, hacia el judío.
Los textos antisemitas del siglo XX, asombrosamente numerosos pero felizmente hundidos en la vergüenza, a la primera lectura aparecen como un desafío a la verdad histórica, y luego, como un pesado legajo de pruebas del carácter patológico de sus autores. Cualquier lector que maneje rudimentos de psicología pronto encuentra en ellos los rasgos dominantes del delirio lógico, que pretende negar la evidencia por el razonamiento; en este caso, la reinterpretación histórica. La retórica no es en ellos más que un disfraz de la paranoia.
Los hechos y documentos sobre la persecución de los judíos son cuantiosos. Jamás se encontrará, entre ellos, uno solo que permita negar la realidad más de dos veces milenaria del antisemitismo. Se ha denunciado mucho el carácter negativo del revisionismo, pero no se ha destacado suficientemente su asombrosa frivolidad. El antisemitismo existe hace cerca de dos mil años, ha sido la causa de millones de muertes, ¡y hay quienes pretenden que precisamente sus representantes más virulentos, los nazis, no han hecho ningún mal a los judíos! La inanidad de la tesis justificaría por sí sola un encogimiento de hombros. El fenómeno antisemita, que es claramente patológico, parecería no interesar más que a quienes concierne -los judíos-, luego a los historiadores y a todos aquellos para quienes el combate incesante contra el absurdo es una exigencia vital. No es esa mi convicción: concierne también, aun sin saberlo, a todo ser humano civilizado y deseoso de seguir siéndolo. En efecto, es su misma naturaleza, la imagen que él se hace de su persona, la confianza que se concede a sí mismo y a su prójimo, su fe en la posibilidad de vivir una existencia diferente de la de una bacteria o de una fiera salvaje, lo que se cuestiona".
Los textos antisemitas del siglo XX, asombrosamente numerosos pero felizmente hundidos en la vergüenza, a la primera lectura aparecen como un desafío a la verdad histórica, y luego, como un pesado legajo de pruebas del carácter patológico de sus autores. Cualquier lector que maneje rudimentos de psicología pronto encuentra en ellos los rasgos dominantes del delirio lógico, que pretende negar la evidencia por el razonamiento; en este caso, la reinterpretación histórica. La retórica no es en ellos más que un disfraz de la paranoia.
Los hechos y documentos sobre la persecución de los judíos son cuantiosos. Jamás se encontrará, entre ellos, uno solo que permita negar la realidad más de dos veces milenaria del antisemitismo. Se ha denunciado mucho el carácter negativo del revisionismo, pero no se ha destacado suficientemente su asombrosa frivolidad. El antisemitismo existe hace cerca de dos mil años, ha sido la causa de millones de muertes, ¡y hay quienes pretenden que precisamente sus representantes más virulentos, los nazis, no han hecho ningún mal a los judíos! La inanidad de la tesis justificaría por sí sola un encogimiento de hombros. El fenómeno antisemita, que es claramente patológico, parecería no interesar más que a quienes concierne -los judíos-, luego a los historiadores y a todos aquellos para quienes el combate incesante contra el absurdo es una exigencia vital. No es esa mi convicción: concierne también, aun sin saberlo, a todo ser humano civilizado y deseoso de seguir siéndolo. En efecto, es su misma naturaleza, la imagen que él se hace de su persona, la confianza que se concede a sí mismo y a su prójimo, su fe en la posibilidad de vivir una existencia diferente de la de una bacteria o de una fiera salvaje, lo que se cuestiona".







