25 Mayo 2009 Seguir en 
El corazón de la hinchada sufrió otra puñalada; de las que duelen. Perder de nuevo frente a un rival directo y caer otra vez en zona de descenso no le hizo gracia a nadie. Miles, con la cabeza gacha, se fueron de La Ciudadela sin encontrar respuestas, casi rozando el desasosiego. Ellos saben que todavía quedan cuatro fechas y que San Martín sigue dependiendo de sí mismo. Pero algo había fallado.
Desde muy temprano las tribunas ardían. Los hinchas sabían que había mucho más que un partido de fútbol en juego. Por eso, el recibimiento una vez más fue espectacular. Pero en la cancha eran 11 contra 11.
Mirar la tabla desde abajo debe ser la peor sensación deseable para hincha argentino. Y el de San Martín no quiere acostumbrarse, por nada del mundo.
Cuando empezó el juego todos apuntaron las miradas hacia el árbitro Gustavo Bassi. Sin embargo, la impotencia transmitida por el equipo hizo tambalear a más de uno arriba del paraavalanchas.
Ahí aparecieron los primeros reclamos, sobre todo de la supuesta falta de "actitud", que se transformó en la marca registrada del simpatizante insatisfecho, que vio ayer cómo su querido San Martín se deshilachó de a poco debido a sus propias limitaciones. Los más efusivos pidieron un par de cabezas mientras que la gran mayoría fue más cauta, se retiró con la mirada errante, sin encontrar los argumentos para comprender esta nueva caída en casa.
Previsores, los encargados de controlar la seguridad en el vestuario visitante, pegadito al de los árbitros, vallaron durante el segundo tiempo la zona y partieron el estacionamiento en dos. Pero había tanta desazón que ni siquiera había ánimos para acercarse al cordón policial.
Del otro lado, sólo un puñado esperó la salida de los jugadores "santos", que dejaron La Ciudadela con unos cuantos aplausos. "Vamos, vamos...", fue el grito que los acompañó, en una tibia muestra de apoyo. Saben que no todo está perdido y que la compañía seguirá siendo incondicional. Pero esperaban más de su equipo, el único que les puede devolver la felicidad absoluta quedándose en Primera.
Desde muy temprano las tribunas ardían. Los hinchas sabían que había mucho más que un partido de fútbol en juego. Por eso, el recibimiento una vez más fue espectacular. Pero en la cancha eran 11 contra 11.
Mirar la tabla desde abajo debe ser la peor sensación deseable para hincha argentino. Y el de San Martín no quiere acostumbrarse, por nada del mundo.
Cuando empezó el juego todos apuntaron las miradas hacia el árbitro Gustavo Bassi. Sin embargo, la impotencia transmitida por el equipo hizo tambalear a más de uno arriba del paraavalanchas.
Ahí aparecieron los primeros reclamos, sobre todo de la supuesta falta de "actitud", que se transformó en la marca registrada del simpatizante insatisfecho, que vio ayer cómo su querido San Martín se deshilachó de a poco debido a sus propias limitaciones. Los más efusivos pidieron un par de cabezas mientras que la gran mayoría fue más cauta, se retiró con la mirada errante, sin encontrar los argumentos para comprender esta nueva caída en casa.
Previsores, los encargados de controlar la seguridad en el vestuario visitante, pegadito al de los árbitros, vallaron durante el segundo tiempo la zona y partieron el estacionamiento en dos. Pero había tanta desazón que ni siquiera había ánimos para acercarse al cordón policial.
Del otro lado, sólo un puñado esperó la salida de los jugadores "santos", que dejaron La Ciudadela con unos cuantos aplausos. "Vamos, vamos...", fue el grito que los acompañó, en una tibia muestra de apoyo. Saben que no todo está perdido y que la compañía seguirá siendo incondicional. Pero esperaban más de su equipo, el único que les puede devolver la felicidad absoluta quedándose en Primera.











