En apenas cuatro días de gobierno, Barack Obama ha tocado puntos ultrasensibles que dejó la administración anterior, tanto en el frente interno como en el externo. En los casos de Guantánamo, Irak, Afganistán y de Cercano Oriente (el conflicto palestino-israelí), sus primeras decisiones apuntan a reparar la imagen de Estados Unidos en el exterior, en particular entre los países que quedaron fuera del círculo de amigos de su antecesor. Sin embargo, se trata de cambios difíciles de conseguir en el corto plazo. Incluso se presentan problemas para su implementación. Ya se dijo que para concretar el cierre del recinto de presidiarios terroristas es necesario definir dónde se los pondrá. Es uno, y no el menor, de los muchos peros que tiene esta iniciativa. Sobre Irak, la posibilidad de cumplir con el retiro de las tropas en el plazo previsto -16 meses-, ahora es considerada como “una opción más” puesta sobre la mesa.
La presa de Bush
Respecto de Afganistán, la decisión de Obama fue enviar más tropas. La pregunta es si el objetivo es estabilizar de una buena vez el país asiático o iniciar una cacería entre las intrincadas montañas de la frontera entre Afganistán y Pakistán hasta conseguir lo que no pudo Bush: atrapar a Osama bin Laden. Otra promesa electoral que, como la de Guantánamo, presenta serios inconvenientes, más aún cuando se sabe que la red Al Qaeda reproduce natural, y rápidamente, sus múltiples cabezas.
Y para el conflicto entre israelíes y palestinos sólo ha practicado en un primer momento una ofensiva diplomática por teléfono; ahora ha designado un enviado especial, tal como hicieron Bush, y también Naciones Unidas, sin resultados.
La llamada “luna de miel”, de la que gozan todos los mandatarios durante los primeros 100 días de gobierno, puede extenderse para Obama por más tiempo que lo habitual, teniendo en cuenta la gran popularidad de la que goza el líder afroamericano. Pero, de acuerdo con múltiples encuestas, los contribuyentes estadounidenses, con otras urgencias, quieren ver pronto si el chorro de dinero que proviene de sus bolsillos podrá apagar el incendio financiero y económico que sofoca al país. Congelar sueldos de funcionarios y cortar con el tráfico de influencias en el gobierno son medidas con fuerte impacto psicológico, que llega al corazón pero no a los bolsillos, menos aún en tiempos de vacas flacas para la gran potencia.






