"Cualquier adicto puede terminar como mi hijo"
La madre de Walter Santana, el joven al que mataron en Navidad cuando fue a comprar "paco", relató la pesadilla que vive desde hace años. La mujer es una de las que lucha contra la presencia de dealers en la zona de la Costanera. Hay cuatro detenidos por el crimen.
El quería salir. Había tomado la decisión de rehabilitarse fuera de la provincia. Pero su adicción, la misma que había conocido cuando era un chico, otra vez le jugó una mala pasada. Graciela Toro, la mamá de Walter Santana, todavía no puede creer que perdió a su hijo durante la madrugada de Navidad, cuando el joven de 23 años fue a comprar droga y se peleó con un dealer.
Ahora Graciela sabe que no puede bajar los brazos, porque todavía no pudo desterrar la droga de su casa y, mucho menos, del barrio en el que crecen sus otros hijos y sus nietos, la Costanera.
"Lo único que quiero es que la muerte de mi hijo no sea en vano, que se investigue lo que está pasando aquí. Cualquier adicto puede terminar como mi hijo; esto es un peligro y tenemos que hacer algo entre todos", reflexiona la mujer, de 41 años.
Tras la muerte de Santana, en la esquina del pasaje Próspero García y Costanera, las madres del barrio se unieron para luchar contra la droga. Denunciaron que los "transas" (vendedores de estupefacientes) se adueñaron de la zona y están destruyendo a los chicos y a lo jóvenes. Además, tras el homicidio, los vecinos incendiaron la casa del presunto autor del crimen.
Prisión preventiva
Según la investigación, la víctima recibió un disparo en el pecho porque le faltaban unos centavos para comprar droga y el dealer no quería entregársela. Por el hecho, hay cuatro personas detenidas, para quienes el fiscal de feria Carlos Sale requirió prisión preventiva, imputados de homicidio y encubrimiento. El juez de feria Víctor Manuel Pérez tiene 10 días hábiles para resolver la situación procesal de los acusados.
Toro intenta ser fuerte. Pero se quiebra en varios pasajes de la entrevista. Llora mientras mira la foto de Walter. Y recuerda: "dejó la escuela cuando tenía 13 años; él quería trabajar, ir a lustrar zapatos. Yo lo dejé. Al poco tiempo descubrí que se drogaba. Le aconsejé que no lo hiciera, pero él se enojaba conmigo, se ponía muy malo cuando consumía". Graciela relata que el primer contacto que su hijo tuvo con la droga fue el mismo que tiene la mayoría de los adolescentes que vive en el barrio. "Le ofrecieron en la calle, mientras jugaba con sus amigos", dice la mujer.
Al poco tiempo y luego de reiteradas peleas con su mamá, Walter se fue a vivir con su abuela. Pero no dejó de visitar a Graciela todos los días. "Jamás le di la espalda. Le compraba de todo y le daba de comer. El, de a poco, me fue sacando lo poco que tenía en la casa para cambiarlo por droga. Pero nunca se lo recriminé porque lo quería mucho", cuenta.
Santana se enamoró y tuvo una hija, que ahora tiene cuatro años. "El quería recuperarse, pero no podía manejar su adicción. Tomaba mucho alcohol y se drogaba; incluso varias veces cayó preso porque robaba para comprar drogas", detalla. Y añade que, entre otras sustancias, últimamente también Walter había consumido "paco". "Eso lo tenía mal, se le notaba en el cuerpo; estaba deteriorado", describe.
En los primeros días de diciembre, una luz de esperanza se había encendido para Graciela después de muchos años de dolor. "Estaba decidido a rehabilitarse. Habíamos conseguido que viajara a Buenos Aires a internarse en un centro especializado", comenta, casi con el mismo entusiasmo que sintió cuando se enteró de que Walter iba a intentar curarse.
"Sin embargo, su adicción le costó la vida y lo más grave es que muchos chicos de acá se exponen a tener el mismo final porque esto está plagado de gente mala que está haciendo un grave daño, que está destruyendo familias enteras", concluye. Y cierra los ojos. "Perdí a mi hijo", repite. Su luz se apaga. Ahora sabe que sólo la iluminará la lucha contra la droga.











