"Me destruyeron la vida". Jesús Darío Aragón tiembla cuando habla. Mueve las manos permanentemente, y tanto cuando recibe al periodista y a la fotógrafa como cuando los despide se cuida de cruzar la verja de entrada de su vivienda. "Tengo miedo de salir", dice.
Aragón regresó a su casa a la 1.30 del viernes. Pasó dos años y cinco días preso (la cuenta es suya) por un delito que no cometió. "La ?cana? me tiene de punto. Ya me habían detenido cuando era menor. Le voy a hacer caso a la jueza (María del Pilar Prieto) y me voy a ir a vivir a otro lado. Aquí no me van a dejar en paz", dice mientras fuma. El joven, hoy de 24 años, tiene puesta una remera blanca y una bermuda de igual color. Tiene el brazo izquierdo lacerado. "Un día no aguanté y me empecé a cortar. Estaba destruido. Creía que me iba a morir. Me había peleado de mi novia; mi mamá no podía ir a verme porque estaba enferma. Después empecé a hablar con la psicóloga del penal, y otros presos me ayudaron, me contuvieron", relata.
Un poco más tranquilo, cuenta que cuando se dio cuenta de que tenía que hacer cosas útiles para que pasara el tiempo más rápido aprendió pintura, albañilería, y cocina dentro del penal. "Quiero ser primero ayudante de cocinero y después cocinero. Soy muy bueno en eso. Ojalá que consiga trabajo", dice bajo atenta la mirada de su madre Tránsito y de su hermano Pablo. "Lo que más sufrí fue por estar lejos de ellos, de mi familia. Son lo único que tengo, los únicos que me apoyaron siempre", afirma. Tránsito es ama de casa, y su marido, Antonio Aragón, es panadero. Además de Jesús y de Pablo tienen otros siete hijos. Todos viven en el barrio Lincoln, al suroeste de la capital. Aragón teme que vuelvan a detenerlo. "Yo sé que si hay un robo por aquí, al primero que van a buscar va a ser a mí", advierte.
Todo el tiempo que estuvo en la cárcel, el muchacho permaneció en la celda 246 de la sección E de la Unidad 2 de procesados. Durante los últimos 11 meses compartió el encierro con Julio Carrizo, quien debe ser juzgado por robo de ganado mayor. "El también es inocente. Lo involucraron en algo que no tiene nada que ver. Va a salir libre", sostiene. Otro al que recuerda con aprecio es Darío Abregú, un condenado que lo ayudó en momentos de desesperación.
Cuando mira hacia atrás, Aragón se ve como escolta en la escuela del barrio. "Por un punto no fui el abanderado. Soy muy bueno dibujando. Me gusta estudiar. Ahora que estoy afuera voy a aprender muchas cosas", piensa en voz alta. Según él, los dos años que pasó en Villa Urquiza fueron los peores de su vida. "Nadie que no haya estado adentro sabe lo que realmente se siente. No digo que los que hicieron las cosas mal no tienen que estar ahí, pero es un lugar horrible. Hay mucha miseria", cuenta. Su primera noche en la casa casi no durmió. "Tenía miedo de que fuera un sueño. Estaba en mi cama, con mi familia. Me la pasé hablando con ellos. Miraba el cielo, prendía las luces, iba a la heladera, abría las canillas. Son cosas que adentro no se puede hacer todo el tiempo", relata.
Aragón asevera que nunca robó nada. "Mis viejos me dieron siempre lo que necesitaba. Cuando el cana le decía al colectivero que yo era el que lo había asaltado no entendía nada. Nadie me creyó hasta que se hizo el juicio. Estaba tranquilo. Sabía que los jueces me iban a soltar. Ahora quiero trabajar. Nadie me va a devolver los dos años de vida que me quitaron injustamente", admite. Y mira cómo le quedó el brazo hasta que su madre lo abraza, y él recuesta la cabeza en su hombro. Ahora se siente otra vez protegido.
30 Noviembre 2008 Seguir en 
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