Cuando escuchó las palabras del fiscal las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Lo que había soñado durante interminables noches estaba por concretarse. Esperó con paciencia que los jueces deliberaran. A esa altura estaba seguro de que el fin se acercaba. Se puso de pie y escuchó atentamente: "el tribunal, por unanimidad, decide absolverlo y ordenar su inmediata libertad".
El 25 de noviembre de 2006 a las 9 Jesús Darío Aragón estaba sentado frente a la puerta de un local de pool, a tres cuadras de su casa. Había pasado toda la noche en el Hospital Padilla, cuidando a su novia y a su madre, que estaban enfermas. Para despejarse, había decidido pasar por los videojuegos un rato. Así comenzaría su pesadilla. Antes de que terminara de darse cuenta qué estaba pasando, un policía lo tiró al piso, lo pateó, lo subió a la rastra en una moto y lo llevó hasta una celda, donde quedó detenido. A los minutos escuchó la sentencia de parte de uno de los policías: "ese fue el que te asaltó".
Veinte minutos antes de la detención de Aragón, Miguel Francisco Toledo manejaba el interno 4 de la línea 12 por calle Américo Vespucio; al llegar a la intersección de calle Pablo Rojas Paz, un pasajero se levantó de su asiento y, tras ponerle un cuchillo en la garganta, le robó $ 120, bajó corriendo y escapó. A Aragón le imputaron ese delito en la Fiscalía VIII, y luego la Justicia dictó prisión preventiva en su contra hasta que fue juzgado, el jueves pasado.
Los jueces de la Sala IV de la Cámara Penal, Silvia Raquel Castellote, María del Pilar Prieto y Horacio Villalba no dudaron cuando, tras el veredicto, afirmaron: "desde la primera acta, la instrucción del caso fue pésima". Por eso, Prieto, luego de que se absolvió a Aragón no tuvo reparos en ponerse de pie y solemnemente pedirle disculpas al joven. "Lo que se hizo con usted no tiene nombre", dijo.
Durante la audiencia, que fue muy corta, Toledo sorprendió con su declaración. En la denuncia que había confeccionado la Policía en la seccional 8a, se advertía que el chofer había podido describir al delincuente ("contextura física delgada, de 1,75 metro de estatura, cabello corto color castaño claro, con barbita en la quijada, con una cicatriz en la nariz a la par del ojo derecho; de entre unos 20 a 25 años; llevaba puesto un jean, remera color verde oscuro con un logotipo a la altura del pecho y otro en la espalda, y calzaba unas zapatillas color azul con vivos blancos), además de describir perfectamente el cuchillo: tenía el cabo de madera color marrón, y estaba atado con alambres, tipo carnicero. Pero, cuando declaró, el colectivero negó todo esto. "No sé de dónde sale; yo no vi al delincuente, así que no puedo haberlo descripto, y menos aún al cuchillo, ya que tampoco lo vi". Cuando los jueces le preguntaron por qué a fojas cuatro él ratificaba su declaración, dijo que los policías le habían pedido que firmara un papel pero que él no lo había leído.
Los jueces, además, constataron que en las actuaciones no había firmas de testigos que avalaran el procedimiento, tal como dice la ley, por lo que llegaron a la conclusión de que algunas de las actas habían sido fraguadas.
Ante esto y, al momento de los alegatos, el fiscal de Cámara Edmundo Botto tomó la palabra y fue concluyente: "teniendo en cuenta todas las irregularidades descubiertas y la falta de pruebas contra el imputado, sería de mi parte una inmoralidad pedir que sea condenado. Por eso solicito la absolución", dijo. El defensor de Aragón, Roberto Flores, se adhirió.
Aragón, antes de la sentencia, había afirmado ser inocente.
Los jueces, entonces, absolvieron al imputado. "Yo quiero agradecerles por lo que hicieron", comenzó a decir Aragón luego de la lectura del fallo, pero la vocal Prieto lo cortó en seco: "no, señor. Nosotros tenemos que pedirle disculpas a usted por lo que pasó". "En criminología se sabe que no hay crímenes perfectos, sino investigaciones imperfectas, y esta es un claro ejemplo de esto", sentenció la camarista. Aragón no podía dejar de llorar.








