Un confesionario en el que no existe lo privado

La muerte ante las cámaras del "Malevo" Ferreyra exige profundizar el debate acerca de cuáles son los límites que se deben fijar los medios de comunicación. Por Nora Lía Jabif - Editora de Cultura.

28 Noviembre 2008

"Estamos en una sociedad confesional donde cada vez más se difumina con mayor intensidad la frontera entre lo público y lo privado", ha escrito Zygmunt Bauman, el sociólogo que en sus obras afirma que la sociedad actual es "líquida". Según el pensador polaco, lo "líquido" es aquello que no permanece, en una sociedad vertiginosa en la que todo es consumo.
En ese contexto, la sociedad confesional son los medios de comunicación, en particular la televisión, convertida en un gran confesionario en el que no hay mayor pecado que no ser visto. Impulsados por esta exacerbación del "ser visto" ( trasladable al Facebook y a YouTube, entre otras modalidades de comunicación por la red), referentes de distintas religiones que se han nucleado en la Mesa Nacional de Televisión y Valores acaba de emitir un documento en el que manifiesta su preocupación por los actuales contenidos de la pantalla chica.
"La manipulación creciente de audiencias y televidentes, particularmente de aquellos más vulnerables, es una acción grave y disolvente del tejido social", afirmaron. El grupo decidió opinar como reacción al avance mediático de las colas, las lolas y demás partes ex pudendas de los cuerpos femeninos y masculinos que, de tan expuestos, ya han perdido su atávico carácter erótico, y ante la avalancha de programas de índole diversa en los que el idioma cervantino aparece cada vez más depreciado.
La propuesta de cambiar el Horario de Protección al Menor y la exigencia de que el Consejo Federal de Radiodifusión (Comfer) cumpla con su trabajo de auditar y sancionar a los canales transgresores son algunos de los reclamos que la mesa interreligiosa dejó por escrito.
Sin embargo, si bien válidas, las situaciones originarias que motivaron el malestar de los religiosos quedaron empalidecidas al lado de la que suscitó la televisación del suicidio del ex comisario
Mario "Malevo" Ferreyra y la posterior transmisión del hecho como si fuera un partido de fútbol ("ahí llega el balazo", anticipaba el canal que trasmitió el suicidio ) para una audiencia de las edades más diversas que siguió el drama como si fuera un folletín por entregas. Allí tiene sentido la reflexión de Bauman de que esta es una sociedad confesional en la que se ha perdido la frontera entre lo público y lo privado. Ferreyra eligió confesarse en público.
Después de ese suicidio televisado (y pasado en diferido, lo que indica que no hubo sorpresa en la trasmisión), la pregunta obligada que se les plantea a los medios es: después de haber asistido a una muerte ante las cámaras ¿qué más queda por ver? Así como el erotismo se convierte en procacidad cuando lo tamiza la televisión, la muerte -que es la experiencia más privada que una persona pueda atravesar, porque es intransferible- pierde su gravedad.
No es necesario hilar demasiado fino para sospechar que Ferreyra ya había decidido morir en escena, en un final a pura exposición, acorde con lo que había sido su mediática vida. Lo que asombra es que, de alguna manera, eso haya parecido algo así como "un suicidio acordado". Una suerte de eutanasia mediática.
Ante esa situación, la agrupación Fopea, que nuclea a periodistas y a profesionales de la comunicación, fijó postura acerca de qué es periodismo (la obligación de contar la realidad) y qué amarillismo. En sintonía con lo que dijeron los religiosos, la agrupación opinó que la reiterada reproducción del hecho implica "la vulneración de principios reconocidos e indiscutidos en la tarea de una cobertura informativa y de pautas legales específicas referidas a la protección del menor". El debate está abierto, y excede los intereses sectoriales, dada la influencia que hoy tienen los medios en esta sociedad en la que al decir de Bauman, todo es consumo que después se convierte en residuo.

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