La ley y la trampa

Los controles del IPLA y la orden de cerrar los boliches a las 4 crearon nuevos hábitos, pero no cambiaron el problema de fondo. El consumo de alcohol se mantiene. Por Roberto Delgado -Prosecretario de Redacción.

OPERATIVO. Bebidas decomisadas por el IPLA, el 28 de diciembre de 2007. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
OPERATIVO. Bebidas decomisadas por el IPLA, el 28 de diciembre de 2007. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
25 Noviembre 2008

Poco a poco, los inspectores del IPLA y los policías detenidos por la golpiza a un comerciante infractor de Alderetes van quedando en libertad. Ahora seguirá la causa judicial por la agresión y el exceso de los responsables de hacer cumplir la ley. Pero nada está resuelto. Volvieron los debates entre quienes piden que se tire abajo la ley de las 4 de la mañana y se disuelva el llamado Comando Antidiversión creado por el Gobierno, y quienes dicen que esto sirvió para terminar con los excesos de la nocturnidad. En el medio, los inspectores protestan y afirman que ahora requerirán más apoyo policial, porque ya la gente no los respetará.
Precisamente, ninguno de los involucrados trató esta cuestión desde la óptica del respeto. El comerciante se negó -según los testimonios- a que se labrara el acta de infracción en su negocio que, de acuerdo con los funcionarios de Alderetes, no estaba habilitado. Y los inspectores y los policías directamente se excedieron en el supuesto cumplimiento de su deber, a tal punto que, rezan las denuncias, usaron látigos y lo arrastraron por la calle. Por eso están detenidos, y no es una cuestión menor. Se trata del centro mismo del trabajo del Comando Antidiversión. "Nuestra tarea es muy arriesgada. Siempre nos encontramos a la madrugada con gente alcoholizada y que nos falta el respeto", dijo el vocero de los empleados del IPLA, José Luis Salina. De allí viene el debate sobre qué entienden los inspectores y los policías por respeto: ¿cómo debe ser controlada una persona alcoholizada o agresiva? ¿Creen que la única forma es el método del que se enorgullecía el "Malevo" Ferreyra, es decir, el látigo? Si a dos años del lanzamiento de la campaña de controles del IPLA (que hoy cuenta con más de 100 inspectores y llegó a cubrir 300 denuncias de infracciones por fin de semana) aún no se sabe cómo se debe trabajar y termina habiendo policías detenidos por agredir personas, ¿en qué han mejorado las cosas? ¿Acaso no recibieron capacitación para saber cómo aplicar la ley?
Quizá de esto discutan ahora en el IPLA y en el Gobierno, porque está en tela de juicio la posibilidad de que los agentes del Estado se vean tentados a excederse discrecionalmente, según la cara del infractor, con la excusa de que parece un delincuente y que, en teoría, merece el mal trato. Y no es así.
Otra cuestión es la efectividad de estos controles. Fue llamativo que muchos boliches hayan respetado la prohibición este fin de semana, pese a que los jóvenes y los adultos pensaban prolongar diversión hasta que saliera el sol. Sin embargo, quedó la impresión de que, aunque se acató la ley, hasta ahora ni la norma ni los controles han servido para un cambio cultural: los testimonios de los jóvenes muestran que alrededor de la prohibición se armó toda una estructura paralela de diversión semitolerada por policías e inspectores: los after programados por mensajes de celular; el aumento -lento pero seguro- de los vendedores de alcohol por delivery después de las 20 o de las 22 los fines de semana -algunos reparten volantes, tarjetas y hasta anuncian en guías barriales-; el ingenio de algunos drugstores para asegurar la entrega de alcohol con un empleado que pone una bolsa con las botellas a través de la ventanilla de los autos de los compradores; y hasta el singular método de seguir con una moto a los inspectores del IPLA para advertir -vía celular- a los infractores.
Hecha la ley, hecha la trampa, como se dice, con el aditamento de que el ejército de comandos antidiversión que ahora dicen que no saben cómo harán su tarea -porque no tienen garantías- está pagado por todos los ciudadanos, incluso por los mismos infractores.
Habría que preguntarse cuál es la forma de lograr el cambio cultural. Porque es cierto que la tarea de inspectores y policías es dura, y que, como los varitas, deben enfrentarse con hábitos que mucha gente no quiere cambiar -y a veces se niega a hacerlo violentamente-. El consumo de alcohol es un problema; la venta a menores de edad, otro. ¿Se debe exigir que se cobre mucho más por las bebidas, como hacen los boliches de Bariloche, para evitar el descontrol de los egresados? ¿Se debe formar un equipo de inspectores insospechables e insobornables, como hizo Eliot Ness con los "Intocables", para combatir la mafia de Al Capone? ¿Y cómo se creará este equipo, si un gran problema de nuestra comunidad es que no confiamos en la ley ni en las instituciones?
Este episodio de policías e inspectores detenidos por agresión infringe un grave daño al respeto por esas instituciones. Acaso, del debate salga un replanteo de la forma de trabajo y se erradique, por lo pronto, el uso del látigo como elemento disuasivo.

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