De manera general y tal como se la vive en esta parte del mundo, la victoria deportiva genera un estado de optimista tal que los errores, los defectos, las complicaciones que se debieron superar antes de llegar al objetivo se convierten en anécdota. La derrota, en cambio, no sólo deja la dureza del resultado, sino también una cadena de críticas por el pasado y de consecuencias por el futuro. La oportunidad perdida por el equipo argentino de tenis de conquistar la Copa Davis pareció abrir el camino hacia esto último, lamentablemente, ya aún antes de haberse consumado.
Lejos están el deporte argentino y sus deportistas de asimilar un resultado negativo. Sucedió históricamente con otras disciplinas, sobre todo en el fútbol. Peor aún: cuando se le coloca a un equipo un rótulo de favorito, al no lograr su objetivo, la caída se torna en más drástica, más dolorosa. En el caso de la Davis, un sueño histórico del tenis argentino, esa meta se convirtió en obsesión. Y es en ese contexto donde se cometen errores.
Mucho se dijo antes de la final ante España que el escenario que se presentaba era óptimo: se jugaba por primera vez en condición de local; frente a un rival presuntamente diezmado por la ausencia de su mejor jugador, Rafael Nadal; con un equipo supuestamente sólido a partir del espíritu copero de David Nalbandian y del rendimiento superlativo de Juan Martín del Potro en los últimos tiempos. Hasta se consideró atinada la elección de la superficie donde debía jugarse, para restarle posibilidades al contricante. Pero aún con todas esas cuestiones a favor el resultado final no fue el esperado.
Las razones se pueden encontrar en lo deportivo, en lo anímico, y en el trabajo técnico y táctico previo. Hay verdades, a esta altura de las circunstancias, que asoman como irrefutables: una de ellas es que España no contó con Nadal, pero presentó un equipo, integrado por hombres que, más allá de sus posiciones en el ranking mundial, supieron seguir a rajatabla las directivas brindadas por el capitán, Emilio Sánchez Vicario. Este también aportó lo suyo, con una lectura casi perfecta de las posibilidades de sus jugadores, pero también de los rivales.
Habrá que considerar, asimismo, que el capitán argentino, Alberto Mancini, jugó una carta temeraria pero necesaria al incluir a Del Potro, que venía muy cansado por la maratón de partidos de los últimos meses y lesionado. Esas complicaciones -acentuadas por su decisión de ir a jugar el Masters en China una semana antes de la final-, más un factor emocional, conspiraron contra el tandilense en el partido que perdió con Feliciano López. Mancini también decidió poner a Nalbandian en el dobles, con la intención de potenciar la defensa de ese punto; y le fue mal, porque el cordobés no jugó según se esperaba de él.
A partir de esa derrota se comenzó a hablar de peleas en el plantel, de acusaciones entre sus integrantes, de actitudes poco profesionales y lejanas al espíritu de equipo que debe imperar en competencias de este tipo. Y fue así como todo lo que pareció ser una sólida estructura detrás de un objetivo quedó convertido en un tembladeral.
El futuro asoma incierto en lo referido a la conformación del equipo y a la continuidad del cuerpo técnico. Sin embargo, siempre queda la esperanza que de duras experiencias como la vivida se saquen las mejores enseñanzas, bajo la consigna que de las derrotas sirven para mejorar. No fue la primera vez que Argentina perdió una final de la Davis, ni será la última que juegue. Levantarse después de la caída es una obligación que involucra ahora a todos los estamentos del tenis nacional.
24 Noviembre 2008 Seguir en 







