Todos somos locos

El desequilibrio emocional nunca se sabe cuándo y dónde explota. La terapia de reírse de uno mismo. Por Luis Sueldo - Redacción LA GACETA.

23 Noviembre 2008

Un personaje de las tiras de Rep reflexiona: "¿podría vivir sin celular? sí; ¿podría vivir sin internet? sí; ¿podría vivir sin comidas rápidas? sí; ¿podría vivir sin amor? no. Ah, entonces soy un antiguo". ¿Cuando uno supone que está enamorado como un loco, correspondería decir como un imbécil? (igual, es fantástico). En el amor siempre hay algo de trastorno y en este siempre hay algo de lógica. El desequilibrio emocional (la mente) nunca se sabe cuándo ni dónde explota, mucho menos en una sociedad con los valores cruzados, en la que la escasez de interacción humana es moneda corriente (salvo, paradójicamente, para hablar de plata) y en donde la competencia por aparentar nos crea una imagen cuasi patológica. Existe un costado psiquiátrico que suele desdeñarse, en el que el rival más peligroso resulta ser uno mismo. En culturas remotas, a la pérdida de la cordura se le atribuían causas sobrenaturales, tanto desde el punto de vista popular como desde la práctica médica. Los griegos quitaron velos al tema, pero luego se retornó a una etapa de oscurantismo que se prolongaría en toda la Edad Media. Corrió mucha agua hasta que Freud abrió las compuertas y explicó que no existe en nuestro código moral ni en nuestro pensamiento una manifestación totalmente pura, sino que se hallan condicionados por acontecimientos del pasado, reprimidos y arrojados al fondo de nuestro inconsciente. La OMS estima que más de 500 millones de personas sufren algún tipo de desorden psicológico. Pero este es un terreno para especialistas. Ingresemos en otro menos comprometedor. Por ejemplo: si se supone que los genios son locos, ¿la gran mayoría de la humanidad ingresa en la categoría de "normal"? o ¿cómo es posible que muchas personas inteligentes puedan actuar retorcidamente? Por supuesto que siempre es "el otro" el que no está en sus cabales. Habitualmente pretendemos que la sociedad sea la que se adecue con cualquier delirio que le presentemos. "Si la gente nos leyera los pensamientos, pocos escaparíamos a estar encerrados" (Jacinto Benavente). Uno puede entender problemáticas diversas, pero es peligroso hacer abstracción de las responsabilidades (o irresponsabilidades) de base. A menudo es en los temas socialmente menores donde se provocan las significaciones socialmente mayores. Claro que hay paranoias que valdrían la pena de ser vividas, aunque fuera por un rato. Imaginemos un Quijote contemporáneo que, cuando recobra la cordura, se encuentra que su sueño de educación y de salud para todos, sin discriminaciones, es una realidad. Tal vez serviría como placebo para no caer en alteraciones del ritmo biológico, como puede suceder leyendo que se destinaron U$S 700.000 millones al plan de rescate de los bancos, aseguradoras y grandes industrias americanas. Un dinero -según un experto de la ONU- con el que se podrían hacer tantas inversiones productivas en los países más pobres que el hambre desaparecería. La exclusión es un camino de ida que conduce ya se sabe adónde. Ahí está el detalle: las locuras de solidaridad y de utopías son las que no tienen rango. "La verdadera demencia quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, adquirió la inteligente resolución de volverse loca" (Heinrich Heine). No es una panacea, pero reírse de uno mismo, intentar comprender antes que condenar y aventar presuntuosidades conllevan terapias que prescinden de psicofármacos. Locos somos todos, pero -deslizó alguien- el que analiza la locura es llamado filósofo.

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